# Alcances, límites y malentendidos del Peirce contemporáneo

## Un autor citado por muchas disciplinas

Una fotografía se llama icónica, el humo se presenta como índice del fuego y una palabra se clasifica como símbolo. De un diagnóstico se dice que es una abducción, de una cadena de interpretaciones que es semiosis ilimitada, de un sistema de inteligencia artificial que es una máquina semiótica y de una teoría útil que es pragmática. Es posible relacionar todas estas formulaciones con Charles S. Peirce y ninguna garantiza que su teoría se esté utilizando correctamente. Su obra se ha vuelto influyente en semiótica, filosofía de la ciencia, lógica, comunicación visual, teoría del diseño, estudios de medios y biosemiótica y, más recientemente, en las discusiones sobre cognición e inteligencia artificial.

Esa amplitud tiene un costo, porque las categorías peirceanas suelen extraerse de su sistema para transformarse en etiquetas simples. *Icono, índice y símbolo* puede convertirse en una taxonomía de imágenes, la *abducción* en sinónimo de intuición, el *pragmatismo* en utilidad y la *semiosis ilimitada* en libertad interpretativa. El problema se agrava porque Peirce no dejó una obra sistemática definitiva. Publicó relativamente poco respecto del enorme volumen de manuscritos que produjo, modificó su terminología durante décadas y diseñó varias clasificaciones de signos. Sus textos dan materia para reconstruir un sistema muy fértil y dificultan al mismo tiempo hablar de *la* teoría peirceana como si hubiera quedado fijada en un manual final. Este texto, que cierra el recorrido de los textos «Arquitectura general de la semiótica de Charles S. Peirce» a «Pragmaticismo, investigación y fijación de la creencia», evalúa qué hace posible hoy la obra de Peirce, dónde empiezan las extrapolaciones y cuáles son los errores que más deforman su pensamiento, sin proponer una doctrina nueva.

## Una obra en movimiento y el problema editorial

Una de las dificultades de fondo es que Peirce trabajó durante más de medio siglo y que sus teorías de 1868, 1878, 1903 y 1908 muestran continuidades y diferencias (Fisch, 1986). Cambian sus categorías del interpretante, sus taxonomías de signos, su manera de describir la abducción y el vocabulario del pragmatismo. En la etapa madura ganan centralidad algunos problemas metafísicos. Una reconstrucción responsable debe fechar las afirmaciones importantes. Decir *Peirce distingue tres interpretantes* es correcto si se especifica a qué clasificación se alude, porque en distintos textos aparecen el interpretante inmediato, dinámico y final, la división en emocional, energético y lógico y otra terminología tardía.

Combinar elementos procedentes de periodos diferentes puede ser filosóficamente productivo, pero el resultado no debe presentarse como si Peirce hubiera publicado una única tabla que los integrara de manera definitiva. La inestabilidad terminológica es la propia de un sistema en desarrollo y no demuestra incoherencia.

Durante décadas, buena parte de la recepción de Peirce dependió de los *Collected Papers*, publicados entre 1931 y 1958 (Peirce, 1931-1958). La colección hizo accesible una obra que de otro modo habría permanecido aún más fragmentaria, aunque su organización temática mezcló textos de periodos distintos y una misma sección podía reunir párrafos escritos con años de diferencia. Las ediciones cronológicas posteriores, en particular *The Essential Peirce* (Peirce, 1992, 1998) y el proyecto de edición crítica de sus escritos, han facilitado la reconstrucción de ese desarrollo. La cuestión editorial tiene consecuencias teóricas, porque cuando una filosofía cambia durante décadas el orden de los fragmentos modifica su interpretación. Peirce es un caso paradigmático de que la historia textual forma parte de la filosofía.

## Icono, índice y símbolo como modos de relación

Suele llamarse icono a una fotografía, índice a una huella y símbolo a una palabra. La clasificación es útil como introducción y se vuelve engañosa cuando se la transforma en ontología. Para Peirce, icono, índice y símbolo describen modos de relación entre un signo y su objeto. Un mismo vehículo sígnico puede participar de más de uno. La fotografía tiene propiedades icónicas porque algunas relaciones visuales preservan semejanzas con el objeto, puede funcionar indicialmente porque la luz reflejada por una escena produjo físicamente la imagen y puede adquirir funciones simbólicas mediante convenciones culturales. Ninguna esencia fotográfica obliga a elegir exactamente una casilla. Para clasificar un signo hay que especificar qué relación se analiza.

La definición popular del icono como signo que se parece a su objeto es insuficiente. Peirce desarrolla una noción más amplia de iconicidad, basada en cualidades o relaciones compartidas, según la cual un diagrama algebraico puede ser icónico sin parecerse visualmente al fenómeno que representa. Un mapa conserva relaciones espaciales, una fórmula puede preservar relaciones estructurales y un gráfico, proporcionalidades. La idea de que la iconicidad puede residir en una estructura ha sido muy fértil en el estudio de diagramas, modelos científicos y visualización de datos. Reducirla al parecido visual elimina justamente una de sus dimensiones más productivas.

El humo es índice del fuego porque existe una conexión factual o causal, pero de ahí no se sigue que todo índice garantice una inferencia correcta. Una fiebre puede indicar una infección y tener otras causas, una huella puede haber sido producida de múltiples maneras y un pronombre demostrativo funciona indicialmente sin aportar una relación causal semejante a la del humo. La indicialidad establece una conexión existencial o de contigüidad relevante y la inferencia hecha a partir de esa conexión sigue siendo falible. Confundir el índice con una prueba concluyente convierte una categoría semiótica en una garantía epistemológica que Peirce no da.

La relación simbólica, cuyos ejemplos paradigmáticos son las palabras, depende de leyes, reglas o hábitos. Afirmar que los símbolos son arbitrarios es útil para contrastarlos con formas más directamente icónicas, pero la arbitrariedad no capta toda la teoría. Un símbolo funciona gracias a una regularidad general que hace posible interpretarlo. Las convenciones tienen historia, estructura y restricciones. La palabra *perro* no se parece acústicamente a un perro y tampoco puede significar cualquier cosa en cualquier momento para un hablante individual, porque su funcionamiento depende de hábitos sociales. En Peirce, el símbolo es inseparable de la terceridad, de la generalidad y de la regla.

## Categorías, interpretante y semiosis ilimitada

Primeridad, segundidad y terceridad están en la base de la filosofía de Peirce. La primeridad se vincula con la posibilidad, la cualidad y la inmediatez, la segundidad con la reacción, la resistencia y la existencia factual y la terceridad con la mediación, la ley y el hábito. Una lectura apresurada puede convertirlas en una secuencia psicológica según la cual «primero sentimos, luego actuamos y finalmente pensamos». Peirce propone algo mucho más ambicioso y mucho más discutible. Sus categorías pretenden describir estructuras fenomenológicas y metafísicas generales y no son etapas experimentales establecidas por la psicología cognitiva. Cabe una analogía con procesos perceptivos o cognitivos, pero convertirla en una teoría empírica exige evidencia adicional.

Otro error frecuente es sustituir *interpretante* por *persona que interpreta*. El intérprete produce o experimenta interpretantes, pero los dos conceptos son distintos. Un interpretante es el efecto semiótico que un signo determina respecto de su objeto y corresponde según los casos a una comprensión, una emoción, una acción, una regla o una disposición. Con este concepto se analiza la significación sin introducir necesariamente una persona consciente en cada relación. Esa propiedad explica el interés de quienes estudian sistemas no humanos por la semiótica de Peirce y abre también controversias sobre hasta dónde puede ampliarse la noción de semiosis.

El texto «Semiosis ilimitada y hábito interpretativo» mostró que un interpretante puede convertirse en un signo nuevo. Esa apertura se ha transformado a veces en una teoría del relativismo interpretativo, según la cual, si cada interpretación produce otra y nunca hay una interpretación final, ninguna lectura podría ser incorrecta. La conclusión no se sigue. El objeto, los hábitos y los códigos restringen la semiosis y hay inferencias mejores y peores. Una interpretación puede contradecir información establecida, ignorar el texto o fracasar en la práctica. La ilimitación describe la posibilidad de seguir interpretando y no elimina las condiciones de corrección.

## Hábito, abducción e inferencia a la mejor explicación

El término *hábito* puede sugerir una conducta repetitiva adquirida por condicionamiento, pero en Peirce tiene un alcance más amplio e incluye disposiciones generales para actuar, inferir o interpretar bajo determinadas condiciones. Una persona puede adquirir el hábito intelectual de pedir una fuente antes de aceptar una afirmación, un científico modificar el de considerar irrelevante cierta variable y una comunidad estabilizar una convención lingüística. Como el hábito tiene una estructura general y contrafáctica que va más allá de la repetición de una misma conducta observable, es incorrecto reducir el pragmaticismo peirceano a una forma simple de conductismo.

Cuando de alguien que llega inmediatamente a una conclusión se dice que *abdujo* la respuesta, la palabra pierde casi toda precisión. La abducción requiere una relación explicativa en la que hay un hecho que necesita explicación y una hipótesis que, si fuera correcta, lo haría esperable. La hipótesis puede aparecer intuitivamente, pero su origen psicológico no define la inferencia. Una intuición sin estructura explicativa no es abducción por ser rápida, del mismo modo que una conjetura puede ser abductiva aunque haya requerido horas de cálculo.

La filosofía contemporánea usa con frecuencia como equivalentes la *abducción* y la *inferencia a la mejor explicación*. El texto «Abducción, deducción e inducción» mostró la diferencia. En Peirce, la abducción tiene principalmente la función de introducir hipótesis dignas de consideración y prueba. La inferencia contemporánea a la mejor explicación suele presentarse, en cambio, como una regla para aumentar la credibilidad de la explicación que mejor satisface ciertos criterios. Ambas tradiciones se solapan sin ser históricamente idénticas. Presentar a Peirce como autor de cualquier versión moderna de la inferencia explicativa borra la evolución de la idea.

## Pragmaticismo, falibilismo y comunidad

El malentendido más extendido es probablemente el que resume el pragmaticismo en la fórmula «si funciona, es verdad». Una intervención puede funcionar y apoyarse en una explicación causal falsa, una mentira puede ser útil y una superstición llega a reducir transitoriamente la ansiedad. Ninguna de estas consecuencias convierte automáticamente la creencia en verdadera. El pragmaticismo no identifica la verdad con la conveniencia. La máxima pragmática relaciona el contenido de una concepción con sus consecuencias concebibles, en tanto que la teoría de la verdad de Peirce se conecta con la investigación y con una realidad independiente de nuestras preferencias (Misak, 2013).

Otra inferencia incorrecta pasa de la premisa de que todas nuestras creencias son revisables a la conclusión de que todas valen aproximadamente lo mismo. La primera premisa pertenece al falibilismo y la conclusión la contradice. Las creencias están respaldadas por grados de evidencia radicalmente diferentes. Una teoría confirmada por miles de resultados independientes no queda epistemológicamente empatada con una ocurrencia recién formulada porque ambas sean revisables. El falibilismo introduce la posibilidad de corrección sin eliminar la jerarquía de justificaciones.

La comunidad de investigación tampoco es una encuesta en la que una afirmación se vuelva verdadera al superar el 50 % de apoyo, porque la mayoría es un hecho sociológico y la verdad es una cuestión distinta. El consenso científico importa porque puede condensar mucha investigación distribuida, pero su autoridad depende de cómo se produjo. Un consenso construido por convergencia de métodos independientes tiene una fuerza distinta de la de otro mantenido por coerción, censura o dependencia de una fuente común errónea. Peirce vincula la comunidad con la posibilidad de investigación prolongada y autocorrectiva.

## Peirce frente a Saussure y el atractivo de la triadicidad

Los manuales suelen presentar a Saussure y a Peirce como dos fundadores opuestos de la semiótica, comparación útil que puede volverse caricaturesca. Saussure analiza el signo lingüístico mediante la relación entre significante y significado dentro de un sistema de valores diferenciales. Peirce construye una semiótica triádica que incluye objeto e interpretante y que aspira a abarcar signos mucho más allá del lenguaje. De esa comparación suele derivarse la fórmula que atribuye a Saussure un signo diádico y lingüístico y a Peirce un signo triádico y universal.

Esa diferencia general existe, pero las tradiciones son más complejas. La semiología posterior a Saussure amplió muchísimo sus objetos y la semiótica peirceana, por su parte, necesita teorías específicas para explicar el lenguaje. Las dos perspectivas responden a preguntas diferentes y pueden complementarse.

La mayor fuerza de Peirce quizá resida en su resistencia a dos reducciones, la que hace del signo una propiedad física del vehículo y la que lo convierte en una representación mental privada. En la relación triádica, que conecta un vehículo, un objeto y un efecto interpretativo, el significado aparece como relación y proceso. Esa concepción es especialmente útil cuando un mismo signo cambia de función según el contexto. Una cifra de laboratorio significa cosas distintas aislada, dentro de un rango de referencia o dentro de una decisión clínica. El vehículo permanece y la relación semiótica cambia.

## Multimodalidad, diagramas y razonamiento

Ante una comunicación contemporánea que combina texto, imagen, sonido, diseño, gesto y animación, las categorías de Peirce ayudan a preguntar cómo contribuye cada modo. En una misma interfaz se combinan las tres relaciones. El mapa puede usar relaciones icónicas, el marcador de ubicación funciona indicialmente y los nombres de las calles dependen de convenciones simbólicas. La teoría evita obligar a clasificar el artefacto completo bajo una única etiqueta. En este terreno Peirce conserva mucha utilidad como gramática conceptual para distinguir modos de significación, sin reemplazar las teorías contemporáneas de multimodalidad.

La importancia que Peirce concedió a los diagramas anticipa problemas actuales de visualización científica. La función de un gráfico excede la de decorar unos resultados, porque puede hacer visibles relaciones difíciles de detectar en una tabla. Manipular un diagrama puede revelar consecuencias. Con interfaces gráficas, mapas causales, esquemas moleculares y redes matemáticas se razona mediante representaciones externas. La noción peirceana de iconicidad estructural da un marco potente para comprender por qué, sin demostrar cómo procesa el cerebro los diagramas, pregunta que pertenece a la psicología cognitiva y a la neurociencia.

## Ciencia como semiosis, filosofía de la ciencia y bayesianismo

Un instrumento convierte un fenómeno en señal, la señal se transforma en datos, los datos se organizan en una figura, la figura se interpreta mediante modelos, el modelo produce predicciones y las predicciones conducen a nuevos experimentos. Descrita así, la ciencia es una extensa cadena semiótica. Esa lectura recuerda que el dato y el fenómeno no son idénticos, porque entre ambos median instrumentos, convenciones, calibraciones y transformaciones. Reconocer esa mediación no vuelve subjetiva a la ciencia y permite analizar dónde pueden introducirse errores.

Varias ideas peirceanas conservan resonancia directa en la filosofía de la ciencia. Según ellas, la ciencia procede mediante hipótesis revisables, el descubrimiento requiere algo diferente de la deducción, las predicciones tienen que poner las hipótesis en contacto con la experiencia, la comunidad hace posible una corrección distribuida y el conocimiento es falible sin reducirse a opinión. Estas tesis encajan bien con una concepción contemporánea de la investigación, aunque no autorizan a concluir que Peirce anticipó cada teoría posterior. Peirce no formuló el contraste de hipótesis moderno, los valores *p*, los intervalos de confianza, los modelos bayesianos contemporáneos ni la ciencia de la replicación actual. Sus principios son filosóficos y los métodos actuales necesitan justificarse por sus propios fundamentos matemáticos y empíricos.

Se pregunta con frecuencia si Peirce era bayesiano, porque trabajó intensamente en probabilidad y porque su ciclo de hipótesis y evidencia recuerda la actualización probabilística. Hay afinidades entre ambas perspectivas, que reconocen inferencias no deductivas y grados de apoyo, pero la identificación completa es anacrónica. La abducción peirceana se ocupa sobre todo de la introducción de hipótesis, un problema que el teorema de Bayes no resuelve por sí solo. Las concepciones de probabilidad tampoco son idénticas. Cabe comparar a Peirce con el bayesianismo sin reconstruirlo retrospectivamente como si hubiera desarrollado el marco contemporáneo.

## Biosemiótica y cognición

La biosemiótica es una de las extensiones más ambiciosas de la obra de Peirce. En ella las señales químicas entre células, las respuestas de organismos a su entorno y los procesos genéticos se analizan mediante conceptos semióticos (Sebeok, 2001). La ventaja de ese enfoque es que evita una frontera demasiado estrecha entre el lenguaje humano y la significación. Un organismo responde de manera diferencial a señales que tienen efectos funcionales. El problema es determinar cuándo conviene llamar *semiosis* a esa relación y cuándo basta con hablar de causalidad, información o regulación. La biosemiótica necesita criterios adicionales, porque si toda relación causal se convierte en signo la categoría pierde poder discriminativo. Los textos «Biosemiótica, signo y vida» a «Cognición mínima, señales y fronteras de la semiosis» retomarán este problema de manera específica.

Algo semejante ocurre en las ciencias cognitivas cuando se llama signo a una representación neuronal, una predicción perceptiva o un estado interno. La terminología peirceana sirve para organizar el análisis, pero no es todavía una explicación mecanística. Decir que un estado neuronal es un interpretante no identifica las neuronas, los cálculos ni las dinámicas con que se produce, porque la semiótica atiende a relaciones funcionales y la neurociencia necesita mecanismos. Confundir los niveles produce explicaciones que solo rebautizan el fenómeno.

## Inteligencia artificial e interpretante artificial

Los sistemas contemporáneos de inteligencia artificial han reactivado preguntas peirceanas. Un modelo recibe signos y produce signos. Es capaz de interpretar una fotografía, generar una descripción, traducir un texto y responder a una corrección. Sus salidas modifican hábitos humanos y circulan dentro de cadenas semióticas. Todo esto admite un análisis semiótico legítimo, pero no resuelve si el sistema tiene comprensión, conciencia, intencionalidad o interpretantes en exactamente el mismo sentido que un organismo humano. Afirmar *el modelo usa signos; por tanto comprende* introduce una conclusión que la semiótica no garantiza, porque la teoría del signo no contiene ninguna prueba de conciencia.

Supóngase que un sistema recibe la fotografía de una señal vial y genera *Pare*. La salida puede funcionar como interpretante del signo visual para un usuario y, en ese sentido funcional, el sistema participa en la cadena semiótica. La pregunta más fuerte sería si dentro del sistema hay algo que corresponda al interpretante como efecto genuino de significación. Para responderla hacen falta una teoría del mecanismo computacional y una teoría filosófica de la cognición. Peirce da el vocabulario para formular el problema sin entregar una solución automática.

## Modelos generativos, hábito y agencia

Los modelos de lenguaje hacen visible otra propiedad. Una frase genera una respuesta que puede introducirse en otro modelo, este produce otra formulación y así indefinidamente. La semejanza superficial con la semiosis ilimitada es evidente, pero existe un riesgo. Una cadena de modelos puede reproducir una afirmación falsa durante cientos de transformaciones y su mera duración no mejora su relación con el objeto. La semiosis peirceana incluye la posibilidad de corrección mediante la resistencia de la realidad. Sin esa resistencia hay circulación de signos y no necesariamente investigación.

Quizá la aplicación contemporánea más interesante esté fuera del modelo, en la relación entre el sistema y sus usuarios. Un asistente modifica hábitos y puede cambiar el modo en que una persona escribe, busca información, formula preguntas, decide qué verificar y distribuye su atención. El efecto de una tecnología semiótica no se agota en el contenido de sus respuestas, porque crea nuevas disposiciones interpretativas. Una persona puede acostumbrarse a externalizar la primera formulación de una idea y otra adquirir mejores hábitos de contraste gracias a un sistema diseñado para mostrar fuentes. Desde Peirce, evaluar una tecnología comunicativa exige examinar qué hábitos produce.

La semiótica peirceana tampoco debe confundirse con una teoría de la agencia. Una señal puede funcionar como signo sin ser agente, una máquina puede producir signos sin que de ello se siga que tenga metas propias y un organismo puede responder a signos mediante mecanismos automáticos. La pregunta de si existe semiosis es distinta de la de si existe agencia, que a su vez difiere de la de si existe agencia consciente. Mantener estas distinciones será importante en los textos posteriores dedicados a la comunicación humano-IA.

## Peirce y la clínica

La entrevista clínica contiene signos en múltiples niveles. Las palabras del paciente son signos, la prosodia añade información, la conducta observada puede funcionar indicialmente respecto de estados fisiológicos o afectivos y las categorías clínicas funcionan simbólicamente dentro de una comunidad profesional. El médico produce interpretantes y los registra como signos nuevos en la ficha. Vista de este modo, la entrevista deja ver un problema habitual. El dato clínico no pasa intacto desde el paciente hasta el registro, porque atraviesa una cadena de transformaciones capaces de aclararlo, comprimirlo o distorsionarlo.

Entendida como legisign, una categoría como *delirio* funciona mediante una regla general dentro de una comunidad profesional y cada uso concreto en una ficha es una realización particular de ella. Pensarla así ayuda a distinguir la categoría general de sus instancias, aunque no implica que la nosología psiquiátrica pueda deducirse de la semiótica. La clasificación peirceana describe la estructura del signo. Para determinar si un paciente satisface una categoría se necesitan criterios clínicos y evidencia independiente. La semiótica es capaz de analizar la práctica diagnóstica sin sustituir a la psicopatología.

De ahí el peligro de transformar categorías semióticas en diagnósticos. Una conducta puede parecer fuertemente indicial, una expresión muy simbólica o un relato lleno de metáforas, pero nada de eso es, aislado, un signo psicopatológico. Una teoría general del signo no debe colonizar el juicio clínico. La semiótica describe relaciones de significación y la clínica evalúa patrones, funcionamiento, temporalidad, contexto y otras dimensiones. La misma cautela vale en sentido contrario, porque una categoría diagnóstica no agota el significado de las expresiones con que una persona describe su experiencia.

## Análisis cultural, poder e instituciones

La teoría de Peirce sirve también para examinar cómo un objeto adquiere interpretantes sucesivos a lo largo del tiempo. Una bandera tiene propiedades materiales relativamente estables y puede generar asociaciones políticas, históricas, emocionales y rituales diferentes. La semiosis histórica explica la acumulación de significados, pero para explicar por qué se estabiliza una interpretación particular la teoría necesita complementarse con sociología, historia y antropología. La concepción peirceana del signo no es una teoría completa del poder cultural, límite que será importante al pasar a Lotman, Barthes, Eco, Greimas y la semiótica social.

Una palabra puede estabilizarse porque una institución impone una clasificación. Un diagnóstico puede adquirir fuerza administrativa y una categoría jurídica determinar quién accede a un derecho. La terceridad peirceana permite reconocer el papel de reglas y hábitos, pero no especifica por sí sola cómo se distribuye el poder para establecer esas reglas. Las teorías críticas y la semiótica social hacen preguntas adicionales sobre quién define la categoría, quién puede cuestionarla, qué consecuencias distribuye y qué alternativas fueron excluidas. Peirce puede integrarse con esas perspectivas sin reemplazarlas.

## Universalidad semiótica, complejidad terminológica y clasificaciones tardías

Peirce aspiró a una teoría extremadamente general del signo, amplitud que es su fuerza y su riesgo. Una teoría capaz de describir una palabra, una fotografía, una inferencia científica, una señal animal y una representación matemática gana mucha capacidad comparativa, pero corre el riesgo de volverse demasiado abstracta para explicar las diferencias entre esos dominios. Decir que todos contienen signos es solo el comienzo. La lingüística necesita gramática, la comunicación visual necesita teorías perceptivas, la biología necesita mecanismos celulares y la interacción social necesita instituciones, normas y poder. La semiótica general organiza preguntas transversales y las disciplinas particulares explican los mecanismos específicos.

La teoría madura de Peirce tiene un aparato terminológico considerable, que incluye el representamen, el objeto inmediato y el dinámico, los interpretantes inmediato, dinámico y final, los interpretantes emocionales, energéticos y lógicos, los qualisigns, sinsigns y legisigns, los iconos, índices y símbolos, los rhemes, dicents y argumentos y clasificaciones todavía más extensas. Ese aparato hace posibles distinciones muy finas y crea al mismo tiempo el riesgo de una escolástica clasificatoria, en la que una investigación dedica páginas a decidir qué casilla ocupa un signo sin mostrar qué problema explica la clasificación. El uso de una categoría debe justificarse por el trabajo analítico que realiza, ya que la taxonomía es un instrumento al servicio de ese trabajo.

Peirce llegó a proponer sistemas con más de tres tricotomías y decenas de clases posibles de signos, cuya reconstrucción sigue siendo un campo especializado. Para una introducción general, las tres tricotomías clásicas son un punto de entrada razonable. Presentarlas como la teoría final y completa de Peirce sería históricamente incorrecto y desplegar todo el aparato tardío en cada análisis sería metodológicamente innecesario. La calidad de un análisis depende de que seleccione el nivel que responde a la pregunta y es independiente de la cantidad de terminología que use.

## Metafísica, ciencia y la figura del precursor

Peirce intentó integrar la semiótica en una metafísica mucho más amplia, de cuya arquitectura forman parte sus categorías fenomenológicas, su cosmología evolutiva, el azar objetivo o *tychism*, la continuidad o *synechism* y la tendencia a la formación de hábitos. Son propuestas de interés filosófico que no deben presentarse como resultados establecidos de la ciencia contemporánea. Que la evolución biológica implique azar no demuestra el *tychism* peirceano, como tampoco el uso de continuos en la física confirma automáticamente su *synechism*. Las analogías pueden ser fértiles, pero la confirmación exige predicciones y evidencia específica.

La historiografía tiene la tentación constante de describir a los grandes autores como precursores de cualquier idea contemporánea. Peirce anticipó aspectos de la lógica moderna, la teoría de signos, la filosofía de la ciencia y la lógica de la investigación, aunque no anticipó literalmente cada formalismo posterior. Decir que inventó el aprendizaje automático, el bayesianismo moderno o la inteligencia artificial porque habló de inferencia convierte semejanzas conceptuales en identidades históricas. Una lectura más interesante reconoce las continuidades sin borrar las discontinuidades. El valor de su obra no depende de haberlo predicho todo.

## Contribuciones vigentes, un ejemplo integrado y sus límites

Separados los excesos, conservan mucha fuerza seis contribuciones de Peirce. La primera es la concepción del signo como relación triádica y proceso y la segunda, la distinción de diferentes modos de relación entre signo y objeto que no se convierten en cajas mutuamente excluyentes. Siguen la idea de la interpretación como una cadena capaz de estabilizarse en hábitos y de volver a abrirse ante la sorpresa y la integración de abducción, deducción e inducción en una investigación autocorrectiva. A ellas se suman un falibilismo compatible con la objetividad y una comprensión del significado mediante consecuencias concebibles que no lo reduce a utilidad inmediata. Usar estas ideas no obliga a aceptar cada componente de su metafísica.

Supóngase un sistema médico que genera una alerta porque detecta un patrón anormal en datos clínicos. El valor numérico medido tiene una relación indicial con un proceso fisiológico, mediada por un instrumento, el gráfico que muestra su evolución usa relaciones icónicas y la etiqueta *alto riesgo* es simbólica y depende de una convención clínica. El sistema transforma estos signos y produce otro, la alerta. El médico genera un interpretante y considera una hipótesis explicativa. La abducción introduce una posibilidad, la deducción pregunta qué otros hallazgos deberían aparecer y la inducción compara esas expectativas con nuevos datos. El resultado modifica el hábito clínico y puede terminar documentado en una nota que se convierte en signo para otro profesional.

En esa sola secuencia aparecen casi todas las categorías desarrolladas en los textos «Arquitectura general de la semiótica de Charles S. Peirce» a «Alcances, límites y malentendidos del Peirce contemporáneo». Peirce no diseñó sistemas clínicos de inteligencia artificial, aunque con sus conceptos se analiza cómo circula la significación entre instrumentos, modelos, personas y decisiones. La teoría no determina, en cambio, si el algoritmo está bien calibrado ni cuál es el umbral clínico correcto, tampoco establece si la alerta mejora los desenlaces ni demuestra que el modelo comprenda y deja sin resolver quién es responsable de la decisión. Esos límites, que vuelven más útil la teoría cuando se conocen, remiten a preguntas que requieren estadística, medicina, ciencia de datos, psicología, ética y regulación.

## Peirce como caja de herramientas y el bloque peirceano como sistema

Puede ser más productivo tratar a Peirce como una arquitectura de problemas, cuyo vocabulario no hace falta aplicar completo. Ante un fenómeno semiótico cabe preguntar qué funciona como signo, respecto de qué objeto, qué interpretante produce, qué parte de la relación depende de semejanza, conexión o convención, qué hábito organiza la interpretación, qué hecho podría obligar a revisarla, qué hipótesis explicaría la anomalía y qué consecuencias permitirían contrastarla. No todas estas preguntas serán necesarias en cada caso, porque la teoría orienta la investigación sin exigir que todo objeto se clasifique exhaustivamente.

Los textos «Arquitectura general de la semiótica de Charles S. Peirce» a «Alcances, límites y malentendidos del Peirce contemporáneo» partieron de la concepción general de la semiótica de Peirce y descendieron después hacia sus componentes (véanse Hookway, 1985; Liszka, 1996; Short, 2007; Atkin, 2016). El signo apareció primero como relación triádica entre representamen, objeto e interpretante. La distinción entre objeto inmediato y dinámico mostró que aquello que el signo presenta no agota aquello a lo que remite, los distintos interpretantes separaron posibilidades, efectos efectivos y horizontes normativos de interpretación e icono, índice y símbolo describieron modos de relación con el objeto. Qualisign, sinsign y legisign distinguieron cualidad, acontecimiento y regla. Con rheme, dicent y argumento se introdujeron diferencias en la manera en que un signo presenta posibilidades, hechos e inferencias. La integración de las tricotomías mostró que las clasificaciones se cruzan.

La semiosis ilimitada hizo del interpretante el punto de partida de nuevas relaciones semióticas y el hábito explicó la estabilización. La abducción, la deducción y la inducción describieron la dinámica de la investigación. El pragmaticismo conectó el significado con consecuencias concebibles y la creencia con métodos de corrección. El resultado excede la teoría de los signos y es una filosofía en la que significado, inferencia, acción, realidad y comunidad forman partes de un mismo proceso.

## El paso hacia otra escala

Peirce describe cómo funciona un signo y cómo se desarrolla una interpretación. Los textos siguientes cambian de escala. Ya no parten de la relación entre un signo, un objeto y un interpretante y preguntan cómo una cultura completa organiza espacios de significación, fronteras, traducciones, memoria y códigos. Esa transición conduce a Yuri Lotman.

El texto «Lotman y la semiosfera» examina la *semiosfera*, noción que desplaza la atención desde los signos considerados individualmente hacia el espacio semiótico global que hace posible su funcionamiento. La pregunta deja de ser solamente cómo interpreta alguien un signo y pasa a ser qué entorno cultural permite que ciertos signos existan, circulen, se traduzcan y sean reconocidos como significativos.

## Referencias

Atkin, A. (2016). *Peirce*. Routledge.

Bergman, M. (2009). *Peirce's philosophy of communication: The rhetorical underpinnings of the theory of signs*. Continuum.

Eco, U. (1976). *A theory of semiotics*. Indiana University Press.

Fisch, M. H. (1986). *Peirce, semeiotic, and pragmatism: Essays by Max H. Fisch* (K. L. Ketner y C. J. W. Kloesel, Eds.). Indiana University Press.

Hookway, C. (1985). *Peirce*. Routledge & Kegan Paul.

Liszka, J. J. (1996). *A general introduction to the semeiotic of Charles Sanders Peirce*. Indiana University Press.

Misak, C. (2013). *The American pragmatists*. Oxford University Press.

Peirce, C. S. (1931-1958). *Collected papers of Charles Sanders Peirce* (C. Hartshorne, P. Weiss y A. W. Burks, Eds.; Vols. 1-8). Harvard University Press.

Peirce, C. S. (1992). *The essential Peirce: Selected philosophical writings. Volume 1, 1867-1893* (N. Houser y C. Kloesel, Eds.). Indiana University Press.

Peirce, C. S. (1998). *The essential Peirce: Selected philosophical writings. Volume 2, 1893-1913* (Peirce Edition Project, Ed.). Indiana University Press.

Sebeok, T. A. (2001). *Signs: An introduction to semiotics* (2.ª ed.). University of Toronto Press.

Short, T. L. (2007). *Peirce's theory of signs*. Cambridge University Press.

