# Cognición mínima, señales y fronteras de la semiosis

Una bacteria de *Escherichia coli* atraviesa un medio acuoso. La disponibilidad de ciertas sustancias cambia a lo largo de su recorrido y el sistema molecular que regula su movimiento modifica la frecuencia de reorientación. Vista desde fuera, la trayectoria puede parecer una búsqueda deliberada de alimento. Vista desde la bioquímica, se explica por la interacción entre receptores, proteínas y estructuras motrices. Queda por decidir si afirmar que la bacteria interpreta una señal esclarece el fenómeno y si basta para hablar de cognición.

La pregunta parece sencilla hasta que se intenta fijar el criterio. Un termómetro también cambia de estado ante una diferencia ambiental. Una piedra se dilata con el calor y un circuito electrónico responde a variaciones de voltaje. Si toda relación regular entre una condición y un efecto se convirtiera en signo, la semiótica cubriría prácticamente cualquier proceso físico. En el extremo opuesto, exigir lenguaje articulado o experiencia consciente excluiría gran parte de las conductas animales y todos los procesos celulares.

La discusión sobre cognición mínima ocupa el espacio entre esas definiciones y examina qué capacidades justifican describir un sistema como capaz de detectar diferencias, conservar información sobre su historia y ajustar su actividad a condiciones relevantes. La biosemiótica, desde otra tradición conceptual, plantea una pregunta próxima, la de cuándo una diferencia puede funcionar como signo para un sistema organizado. Las respuestas convergen a veces, pero cognición, señalización y semiosis no son términos intercambiables.

## Causalidad, información y contenido

La primera distinción es entre la influencia causal y el contenido de una señal. Si la temperatura aumenta, el mercurio de un termómetro se dilata. Esa relación convierte al instrumento en un indicador útil para quien lo observa. La descripción física de la dilatación no requiere atribuir al mercurio una lectura de la temperatura. La interpretación pertenece, en ese ejemplo, al usuario que ha construido o aprendido una práctica de medición.

La palabra *información* introduce otra ambigüedad. Shannon (1948) la definió matemáticamente en términos de probabilidades. En esa formulación, un acontecimiento poco probable contiene más información estadística que uno esperable. Esta medida se calcula sin atribuir comprensión a un receptor. Una cadena de caracteres aleatorios puede tener alta entropía y carecer de contenido semántico para quienes la reciben. La información de Shannon y el significado no coinciden. En biología, decir que una hormona «informa» sobre el estado energético, o que una neurona «codifica» cierta dirección, puede referirse a varias relaciones. La variable puede covariar con otra, participar en un mecanismo seleccionado evolutivamente o formar parte de un sistema que utiliza esa diferencia para orientar una acción. Godfrey-Smith (2007) examinó la diversidad de usos de información en biología y las dificultades de pasar de correlación a contenido intencional sin justificar el paso.

Dretske (1981) desarrolló una teoría de la información vinculada con relaciones indicativas y procesos de aprendizaje. Millikan (1984), por otra vía, relacionó el contenido con las funciones biológicas de los mecanismos que producen y consumen representaciones. Ninguna propuesta convierte toda correlación en significado, pero ambas intentan explicar cómo algunas relaciones informativas adquieren condiciones de acierto y error. El humo puede ser un indicio natural de fuego, aunque también aparezca sin él. Una alarma diseñada para detectar indicios de incendio puede dispararse equivocadamente. En la alarma existe un estándar de funcionamiento establecido por su función y diseño. El ejemplo muestra que hablar de representación exige atender a la organización del sistema. La falsa alarma es un fallo respecto de aquello para lo que sirve el dispositivo, algo distinto de un simple evento improbable. La cuestión biológica consiste en averiguar si las funciones evolutivas o la autonomía de un organismo pueden establecer normas análogas sin que medie un diseñador.

## Organización viva y normatividad

Los organismos mantienen condiciones internas compatibles con su persistencia. Intercambian materia y energía, reparan estructuras y regulan numerosas variables dentro de márgenes viables. Esta organización es un punto de partida para distinguir perturbaciones según sus consecuencias para el propio sistema. Un cambio de concentración puede favorecer la regulación; otro puede interrumpirla. En las teorías enactivas y organizacionales, esa capacidad de mantener una identidad es necesaria para comprender cómo aparece la relevancia. Maturana y Varela desarrollaron en la década de 1970 la noción de *autopoiesis* (Maturana y Varela, 1980) para caracterizar sistemas que producen y sostienen la red de componentes que los constituye. La teoría no equivale sin más a la homeostasis. Una célula, por ejemplo, mantiene su organización mediante procesos metabólicos que también participan en la producción y conservación de su frontera.

Di Paolo (2005) vinculó la autonomía con la adaptividad, la capacidad del organismo de modificar su actividad respecto de condiciones que favorecen o amenazan su viabilidad. Thompson (2007) propuso que el *sense-making*, la producción de sentido, aparece en el encuentro regulado entre organismo y ambiente. Desde esta perspectiva, la significación mínima se apoya en la existencia de normas surgidas de la organización viva. El argumento necesita un examen cuidadoso. Un termostato mantiene una temperatura en torno a un punto fijado desde fuera y tiene estados correctos e incorrectos desde la perspectiva de su diseñador. La tesis enactiva exige algo adicional, una organización cuya viabilidad establezca condiciones de funcionamiento para el sistema mismo. Esta diferencia entre metas asignadas y condiciones de autoconservación merece atención, aunque no produce por sí sola una definición universalmente aceptada de cognición.

La regulación celular comprende procesos numerosos y heterogéneos. Algunas rutas muestran ajuste histórico, integración de señales y capacidad de compensación. Otras son secuencias químicas relativamente rígidas. Llamarlas a todas cognitivas por el hecho de pertenecer a una célula borraría diferencias importantes. La normatividad biológica es una condición candidata. Queda por averiguar qué formas de mediación, flexibilidad o memoria deben añadirse.

## El laboratorio natural de la quimiotaxis

La quimiotaxis bacteriana es uno de los casos mejor estudiados para discutir cognición mínima. En condiciones habituales, *E. coli* alterna desplazamientos que tienden a ser relativamente rectos con reorientaciones producidas por cambios en la actividad flagelar. Cuando ciertas sustancias atractivas aumentan a lo largo de su recorrido, se modifica la probabilidad de reorientación y la trayectoria tiende a prolongarse en una dirección favorable. El sistema trabaja con diferencias temporales y con el historial reciente de exposición. No hace falta atribuir a la bacteria un mapa del entorno, porque la red de receptores y procesos de adaptación molecular responde a concentraciones que cambian con el tiempo. Ese mecanismo proporciona una forma de memoria bioquímica, en la que el estado actual depende de exposiciones anteriores y modifica la conducta futura. Su explicación mecanicista no debe reemplazarse por la frase «la bacteria sabe dónde está la comida».

La descripción cognitiva se vuelve defendible cuando fija una propiedad específica que vale la pena comparar, como la integración temporal, la discriminación flexible o la adaptación de la respuesta a la historia de estímulos. La descripción semiótica pregunta, además, si la señal química funciona para ese sistema como indicio de una condición relevante que puede, en circunstancias desfavorables, estar ausente. Supongamos que una sustancia activa el receptor habitual pero no proporciona el recurso al que la respuesta estaba adaptada. La bacteria podría desplazarse en una dirección que ya no da la ventaja esperada. Para una teoría teleosemántica, el desajuste aporta un candidato a error representacional. Una explicación bioquímica puede describir exactamente la misma trayectoria mediante activación de receptores sin postular representación. La elección entre los análisis depende de qué inferencias nuevas aporta el vocabulario y de si esas inferencias se dejan poner a prueba.

El caso también cuestiona el prejuicio según el cual un sistema pequeño necesariamente opera de manera simple. La complejidad molecular puede ser considerable, aunque no basta para atribuir conciencia, deliberación o intención en el sentido psicológico humano. El tamaño del organismo y el número de pasos bioquímicos son datos, pero el estatuto cognitivo es una cuestión teórica adicional.

## Plantas, aprendizaje y memoria sin sistema nervioso

Las plantas detectan cambios de iluminación, gravedad, humedad, contacto y disponibilidad de recursos. Ajustan el crecimiento, regulan la apertura de estomas y activan defensas frente a daños o herbívoros. Algunas respuestas dependen de exposiciones previas, de ritmos endógenos o del estado de desarrollo. Estos fenómenos justifican estudiar la plasticidad vegetal con herramientas experimentales exigentes. La controversia comienza al hablar de memoria y aprendizaje. En un sentido funcional, existe memoria cuando una exposición deja un cambio persistente que influye en la respuesta posterior. Esa definición cubre procesos celulares diversos y no requiere recuerdos conscientes. Para afirmar aprendizaje es necesario establecer que el cambio depende de la experiencia y posee propiedades discriminables frente a fatiga, lesión, agotamiento de recursos o maduración espontánea.

La habituación ilustra el problema. Una respuesta puede disminuir ante presentaciones repetidas de un estímulo. Para reconocer habituación, los investigadores examinan la recuperación espontánea, la especificidad, la sensibilidad a la intensidad y otros criterios que la distinguen de un simple deterioro de la capacidad de responder. Atribuir habituación sin tales controles equivale a llamar aprendizaje a cualquier disminución progresiva.

Las relaciones asociativas plantean un requisito mayor. El sistema tendría que modificar su respuesta a partir de una contingencia aprendida entre eventos. Los experimentos sobre plantas y otros organismos sin neuronas deben descartar explicaciones alternativas de orden fisiológico o temporal. El interés del fenómeno no disminuye cuando se exige esa disciplina. Al contrario, una demostración sólida de aprendizaje en un sistema sencillo tiene un valor teórico mayor que una analogía atractiva basada en pocos ensayos. También aquí la palabra *decisión* puede describir, de manera funcional, la selección entre respuestas alternativas bajo restricciones. Si se utiliza, debería indicarse qué variables controla el sistema, cómo las integra y qué margen de flexibilidad muestra. La deliberación consciente pertenece a otro conjunto de problemas.

## Señalización interna y códigos biológicos

Dentro de un organismo circulan señales hormonales, eléctricas, inmunológicas y químicas. Un ligando puede activar un receptor, desencadenar una cascada intracelular y modificar procesos de transcripción. La descripción molecular identifica participantes y mecanismos. Una lectura semiótica pregunta cuándo esas relaciones exhiben las condiciones necesarias para hablar de códigos, mediación o interpretación. El código genético es un caso interesante porque la correspondencia entre codones y aminoácidos depende de una maquinaria de traducción. Los ARN de transferencia y las enzimas implicadas median entre secuencias nucleotídicas y componentes proteicos. Barbieri (2008) concedió un lugar destacado a los códigos orgánicos, distinguiéndolos de cadenas causales simples. La mediación permite describir relaciones relativamente estabilizadas entre clases de elementos.

La analogía con una lengua humana debe mantenerse dentro de sus límites. Un codón carece de intención comunicativa y la síntesis proteica está gobernada por interacciones moleculares sometidas a restricciones evolutivas y químicas. La relación codón-aminoácido tampoco es arbitraria de la misma manera que la relación entre una palabra y su significado en una comunidad lingüística. Las llamadas excepciones del código estándar muestran, además, que existen variaciones biológicas concretas de esas correspondencias.

El debate biosemiótico no desaparece con una explicación bioquímica completa. Para una posición, describir la arquitectura de traducción da razones para tratarla como una relación de código. Para la otra, la palabra «código» es una formulación instrumental útil que no demuestra una semiosis general de todos los procesos celulares. La diferencia entre ambas posiciones tiene consecuencias sobre qué entidades se consideran signos, dónde se localiza el interpretante y qué contaría como error de interpretación.

La comunicación intracelular exige, por tanto, un cuidado terminológico particular. «Transmisión de señal», «codificación», «información» y «signo» vienen de tradiciones diferentes y su convivencia en un artículo no establece automáticamente que las teorías implicadas sean equivalentes. La coordinación dentro de un organismo suele estar distribuida. En animales con sistema nervioso, la regulación también involucra señales periféricas, mecanismos endocrinos y procesos inmunológicos. En organismos sin neuronas, redes bioquímicas, mecánicas y eléctricas sostienen cambios de estado que afectan al conjunto. Llamar cognición distribuida a todos estos procesos sería una decisión teórica amplia. La descripción más informativa identifica qué partes mantienen memoria, dónde convergen señales y cómo se coordinan respuestas que ninguna parte produciría aisladamente.

Una red distribuida puede tener propiedades globales sin contener un centro que «comprenda» el estado completo. Esta posibilidad interesa a la biosemiótica porque la noción de interpretante no tiene que traducirse automáticamente en un sujeto situado en un punto del organismo. Aun así, el análisis necesita identificar una relación concreta, su función y sus condiciones de realización.

## Signos peirceanos, representación y posibilidad de error

Las categorías peirceanas de icono, índice y símbolo han inspirado numerosos análisis biológicos. Una huella química puede indicar la presencia de un organismo, un patrón mimético puede relacionarse con otro mediante semejanza y determinadas asociaciones aprendidas pueden adquirir estabilidad social dentro de una población animal. La analogía abre preguntas, aunque cada relación necesita una descripción precisa. El índice peirceano no se reduce a cualquier correlación física y su análisis requiere atender a cómo la relación participa en una semiosis. La semejanza icónica, por su parte, depende de qué propiedades se preservan y de qué organismo las distingue. En el símbolo intervienen hábitos o reglas interpretativas. La convencionalidad humana es una versión especialmente elaborada, cuya extrapolación al mundo biológico exige demostrar la clase de estabilidad y aprendizaje que se atribuye.

Las tres categorías se refieren a tipos de relación. Sería un error ordenarlas como estadios evolutivos que van desde una biología inferior hasta la inteligencia humana. Un mismo episodio puede incorporar componentes indiciales e icónicos. La presencia de una relación simbólica no resuelve por sí sola el problema de la conciencia.

La posibilidad de representación errónea concentra buena parte de la discusión. Una polilla que, según una hipótesis clásica, usa señales celestes para orientarse puede comportarse de manera inadecuada ante una fuente luminosa artificial. Se puede describir el mecanismo sensorial y la conducta sin contenido intencional. También se puede sostener que el sistema trata ciertos patrones como señales de una referencia de orientación cuya fiabilidad ha cambiado. La segunda lectura necesita identificar la función que fijaría el contenido representado. Las teorías teleosemánticas de Millikan (1984) y Papineau (1987) apelan a historias de selección y a funciones normales. Una señal puede fallar respecto de aquello que su sistema receptor fue seleccionado para utilizar. Esta estrategia explica una forma de normatividad, aunque enfrenta el problema del contenido indeterminado. Si un mecanismo responde a pequeños puntos oscuros móviles, queda abierto si representa presas, movimientos, manchas retinianas o alimento potencial. La historia funcional debe justificar la elección entre correlatos.

La intencionalidad filosófica, entendida como la propiedad de ser acerca de algo, puede discutirse sin atribuir experiencia consciente. Los seres humanos poseen procesos representacionales que no alcanzan la conciencia. Ese hecho muestra que ambas propiedades son conceptualmente separables, pero no autoriza a concluir que cualquier regulación bacteriana sea representación. Del mismo modo, negar conciencia a una bacteria no resuelve su posible estatuto informacional o funcional.

## Comunicación y conflicto entre organismos

Las señales entre organismos plantean problemas diferentes de los de la regulación interna. Un canto territorial, una feromona sexual o una exhibición visual afectan a receptores cuya conducta puede beneficiar al emisor. La teoría evolutiva de la comunicación estudia por qué persisten esas relaciones y cómo influyen los conflictos de interés. Es necesario distinguir las señales que evolucionaron por sus efectos sobre otros organismos de las pistas incidentales que los receptores aprendieron o evolucionaron para aprovechar. Un depredador puede usar el ruido involuntario de una presa sin que ese ruido sea una señal producida para comunicarse. Una flor atrae polinizadores mediante rasgos cuyas historias evolutivas pueden incluir presiones de selección recíprocas. La distinción cambia la explicación sobre emisor, receptor y función. La confiabilidad también varía. Algunas señales se vinculan estrechamente con condiciones costosas de falsificar y otras admiten explotación mediante mimetismo. La coloración de un organismo puede desencadenar evitación en un depredador que aprendió a asociarla con una experiencia desagradable. Si otro organismo adquiere una apariencia similar, el receptor puede responder de manera adaptativa ante una clase de casos y equivocarse ante otra.

La teoría semiótica pregunta por la organización de la relación significativa para el receptor y la teoría evolutiva explica sus condiciones de estabilidad, conflicto o cambio. Estudiar ambas permite una interpretación más exigente que limitarse a afirmar que los animales «se comunican». Los ejemplos interespecíficos recuperan aquí la noción de *Umwelt*, porque el rasgo de un organismo adquiere funciones diferentes según qué receptores lo detectan y bajo qué condiciones.

## Dónde comienza la semiosis

Una célula aislada detecta sustancias, mantiene gradientes, regula su membrana y coordina procesos internos. Una biosemiótica amplia puede considerar que todo organismo vivo participa de semiosis porque su organización establece relaciones significativas con el entorno. Sebeok (2001), Hoffmeyer (2008) y Kull et al. (2011) han defendido aproximaciones que conceden a los signos un lugar constitutivo en la vida. Las posiciones restrictivas exigen demostrar un rasgo adicional. Algunas privilegian la mediación por códigos biológicos. Otras buscan condiciones de error representacional, aprendizaje o flexibilidad más allá de una transducción causal fija. El desacuerdo se vuelve preciso cuando se plantea qué casos cada teoría acepta y cuáles excluye.

Puede pensarse un conjunto de propiedades que aumentan la plausibilidad de una atribución semiótica, como sensibilidad diferencial, mediación interna, regulación de una identidad organizada, respuestas que admiten fallo funcional, dependencia de experiencia previa y capacidad de usar señales fuera de su contexto inmediato. Estas propiedades no forman necesariamente una escala única, porque un sistema puede mostrar memoria sin comunicación social, o coordinación distribuida sin representación de objetos ausentes.

Las hipótesis sobre el origen de la vida trasladan el problema hacia sistemas prebiológicos. Redes autocatalíticas, membranas experimentales y sistemas químicos autoorganizados pueden conservar estructuras y responder a condiciones ambientales. Si el criterio de semiosis es muy amplio, algunos procesos podrían calificarse de precursores. Cuando se habla de *protosemiosis*, el término debería indicar con precisión qué rasgos ya aparecen y cuáles dependen todavía de la organización viva. De lo contrario, la etiqueta promete explicar el paso a la vida sin identificar una transformación real.

La divergencia entre concepciones amplias y restrictivas no se resuelve mediante una definición impuesta al comienzo, pero cada teoría gana claridad al hacer visibles sus compromisos. Si afirma que toda vida es semiosis, debe explicar qué rasgos comunes justifican tal afirmación y por qué el vocabulario semiótico añade poder a la explicación mecanicista. Si atribuye semiosis solo a una parte de la vida, tendrá que presentar criterios que permitan reconocer esa parte y estudiar casos fronterizos.

## Máquinas, cognición funcional y normatividad externa

Un robot que modifica su ruta frente a obstáculos posee sensores, memoria operativa y mecanismos de selección de acciones. Un sistema de inteligencia artificial puede clasificar entradas, mantener contexto y producir respuestas apropiadas. Bajo definiciones funcionales amplias, ambos ejecutan operaciones comparables con algunas que se estudian en cognición biológica. El problema aparece al determinar el origen de las normas. En una máquina diseñada para alcanzar un objetivo, el criterio de éxito suele provenir de una tarea fijada por personas. En un organismo, ciertas condiciones de viabilidad dependen de mantener su propia organización. Esta diferencia es importante para enfoques que vinculan significado con autonomía metabólica. Otros enfoques pueden admitir semiosis artificial a partir de relaciones de representación, corrección y uso de signos, aun cuando los objetivos procedan de un diseñador.

La comparación permite separar preguntas que suelen mezclarse, a saber, si el sistema discrimina señales, si conserva información temporal, si puede equivocarse respecto de una variable, si sus criterios de funcionamiento son internos, externos o mixtos y si dispone de experiencia consciente. Responder afirmativamente una de ellas no decide las restantes.

Un termostato, el caso límite más conocido, regula una variable y ejecuta una respuesta dependiente de un sensor. Llamarlo cognitivo puede ser legítimo dentro de una definición funcional muy amplia, pero la etiqueta tendrá un rendimiento explicativo modesto si nada distingue después su operación de sistemas biológicos capaces de aprendizaje y adaptación. Un robot que replanifica rutas introduce nuevas capacidades; un agente conversacional incorpora regularidades lingüísticas y acciones institucionalmente reconocibles. La teoría debe explicar esos contrastes sin cubrirlos con una sola palabra. El antropomorfismo y la negación indiscriminada de continuidades biológicas son errores opuestos. Evitar el primero no exige negar propiedades medibles en organismos simples; evitar el segundo no exige atribuirles emociones, intenciones conscientes o deliberación.

## Cómo probar una hipótesis de cognición mínima

La primera obligación metodológica es describir el fenómeno sin depender del vocabulario que se quiere validar. Si una bacteria modifica su movimiento ante un gradiente, se pueden medir trayectorias, velocidades, frecuencias de reorientación, estados de receptores y efectos de manipulaciones experimentales. Llamar «decisión» a la modificación no agrega todavía una prueba de cognición. Para demostrar memoria debe observarse una dependencia de la historia previa después de controlar el estado actual. Para hablar de aprendizaje se necesita un cambio asociado a la experiencia, con controles de fatiga, daño, maduración o variación fisiológica espontánea. Para atribuir discriminación se deben presentar señales comparables que difieran en una dimensión relevante. Una hipótesis sobre anticipación requiere demostrar un ajuste ante una señal predictiva antes de que ocurra el evento anticipado.

El margen de error merece un experimento específico. Se puede separar una señal habitual del estado del mundo con el que suele correlacionar. Conviene prever controles de historia previa y de estado metabólico. Una respuesta aparentemente nueva puede depender de la intensidad acumulada de la exposición y otra puede desaparecer porque el organismo agotó recursos para ejecutarla. Se necesitan ensayos en los que la intervención afecte la información disponible manteniendo, en la medida de lo posible, constantes las oportunidades físicas de actuar. Sin esta separación, una correlación entre señal y movimiento se presta a interpretaciones demasiado generosas. Si el organismo continúa respondiendo a la señal y la conducta deja de cumplir su función acostumbrada, aparece una disociación interesante. La explicación necesitará además identificar la historia del mecanismo para decidir si se trata de un error en un sentido representacional o de una respuesta causal que ya no es ventajosa.

Una teoría biosemiótica debería producir predicciones que no se obtengan simplemente de renombrar los componentes de una vía molecular. Por ejemplo, puede proponer que un sistema emplea una relación aprendida entre señal y recurso y que alterarla provocará un patrón determinado de actualización. Si los resultados pueden explicarse igual de bien por un mecanismo rígido ya conocido, el vocabulario semiótico permanece como una interpretación adicional, cuyo alcance debe declararse.

La comparación entre organismos es particularmente informativa cuando enfrenta capacidades específicas sin recurrir a una escala global de «inteligencia». Una bacteria, una planta y un insecto pueden mostrar formas distintas de sensibilidad, memoria y aprendizaje. Los mecanismos son diferentes y las funciones a veces comparables. La investigación progresa cuando logra describir esas semejanzas de manera operacional y encuentra dónde dejan de sostenerse. En este nivel se articulan función y mecanismo. Una descripción funcional indica qué problema resuelve la organización y la explicación mecanicista muestra cómo lo resuelve, pero ninguna reemplaza a la otra. La atribución de semiosis merece un lugar propio cuando ilumina relaciones normativas, mediaciones o condiciones de corrección que el inventario causal por sí solo no especificaba.

## El problema de aplicar significado fuera de su escala

En la clínica humana, una experiencia corporal puede adquirir significado biográfico, cultural y narrativo. Una variación autonómica tiene, además, una explicación fisiológica. Las dos descripciones pueden ser relevantes sin coincidir. Atribuir contenido simbólico a cualquier cambio vegetativo convertiría al mecanismo en un mensaje sin pruebas. Reducir todo relato personal a señalización biológica perdería propiedades propias de la experiencia y de la interacción.

La misma disciplina sirve para evaluar afirmaciones sobre inteligencia artificial. Decir que un modelo interpreta una instrucción puede describir una transformación funcional entre entrada y respuesta. Atribuirle por eso un mundo propio, necesidades intrínsecas o comprensión consciente sería otra tesis, que exige otros argumentos. La competencia para usar signos y la fenomenología se investigan con criterios diferentes.

La pregunta inicial sobre la bacteria admite, en consecuencia, varias respuestas coherentes y empíricamente exigentes. Es indiscutible que ciertas redes moleculares procesan diferencias del entorno y ajustan conductas. Puede denominarse cognición mínima a ese conjunto si se especifican las capacidades incluidas. Una teoría biosemiótica puede sostener que esas diferencias cumplen el papel de signos mediante funciones y normas biológicas. Otra puede reservar semiosis para organizaciones más complejas. Lo que no se justifica es pasar de la eficacia de una trayectoria al supuesto de que el sistema tiene pensamientos comparables a los humanos. El recorrido desde Peirce y Saussure hasta Uexküll deja un problema de fondo para la teoría semiótica, el de qué conserva el concepto de signo cuando se aplica a palabras, imágenes, prácticas culturales y mecanismos celulares. El texto «Qué cuenta como signo y los límites de la teoría semiótica» abordará esa cuestión general. Aquí queda establecido un criterio de trabajo. Cada ampliación del concepto debe especificar sus relaciones constitutivas, sus condiciones de error y aquello que la explicación gana al introducirla.

## Referencias

Barbieri, M. (2008). Biosemiotics: A new understanding of life. *Naturwissenschaften*, *95*(7), 577–599.

Di Paolo, E. A. (2005). Autopoiesis, adaptivity, teleology, agency. *Phenomenology and the Cognitive Sciences*, *4*(4), 429–452.

Dretske, F. I. (1981). *Knowledge and the flow of information*. MIT Press.

Godfrey-Smith, P. (2007). Information in biology. En D. L. Hull y M. Ruse (Eds.), *The Cambridge companion to the philosophy of biology* (pp. 103–119). Cambridge University Press.

Hoffmeyer, J. (2008). *Biosemiotics: An examination into the signs of life and the life of signs*. University of Scranton Press.

Kull, K., Emmeche, C., y Favareau, D. (2011). Biosemiotic questions. En C. Emmeche y K. Kull (Eds.), *Towards a semiotic biology: Life is the action of signs* (pp. 67–90). Imperial College Press.

Maturana, H. R., y Varela, F. J. (1980). *Autopoiesis and cognition: The realization of the living*. Reidel.

Millikan, R. G. (1984). *Language, thought, and other biological categories*. MIT Press.

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Sebeok, T. A. (2001). *Global semiotics*. Indiana University Press.

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