# Metáfora, cuerpo y experiencia psicopatológica

Una mujer intenta explicar una tristeza que no reconoce en la palabra *tristeza*. Dice que se despierta como si tuviera una losa sobre el pecho. Aclara enseguida que respira bien y que no siente dolor en ningún punto preciso; la losa aparece cuando piensa en levantarse, en el día que tiene por delante y en actividades que antes hacía sin esfuerzo. En otra consulta, un hombre describe su ansiedad como «un motor que sigue encendido aunque yo ya me haya detenido». Ambas expresiones dan una idea bastante exacta de la experiencia, aunque ninguna sea una descripción anatómica. La primera traslada a un estado afectivo la relación entre peso y esfuerzo. La segunda toma el funcionamiento de una máquina para hablar de una activación que persiste. Un entrevistador que entendiera la losa como otra manera de decir «estoy triste» y el motor como un sinónimo decorativo de «estoy ansioso» perdería parte de lo que estas personas intentan transmitir.

Aquí la psicopatología se encuentra con un problema lingüístico bien delimitado. Muchas de las vivencias que estudia son difíciles de describir incluso para quien las tiene. Se alteran la familiaridad del mundo, el tiempo vivido, la relación con el propio cuerpo o con los demás, la sensación de ser autor de los propios actos. Con frecuencia el hablante toma un vocabulario pensado para experiencias más corrientes y lo desplaza hacia aquello que quiere comunicar. Aparecen así palabras de movimiento, profundidad, distancia, temperatura, presión, oscuridad, vacío o fragmentación. El recurso puede ser convencional o idiosincrásico, deliberadamente poético o casi inadvertido. En todos los casos pide una interpretación cuidadosa.

La metáfora interesa a la psiquiatría en dos sentidos. En el plano epistemológico permite estudiar cómo una experiencia llega a formularse en palabras y qué rasgos de ella conserva o transforma esa formulación. En el plano clínico ayuda a entender lo que una persona quiere que se comprenda, siempre que su elección verbal no se convierta de inmediato en síntoma o en prueba de un mecanismo psicológico. Como ambos problemas están muy próximos, el análisis de las metáforas tiene que recurrir a la lingüística cognitiva, a la fenomenología, a la pragmática y a la psicopatología descriptiva. Ninguna de estas tradiciones resuelve sola todas las dificultades.

## De la comparación literaria a la estructura conceptual

La retórica tradicional suele presentar la metáfora como una sustitución expresiva, en la que una palabra se usa fuera de su empleo habitual para designar algo que se le parece. La descripción sigue siendo útil para analizar ciertas imágenes literarias. Resulta escasa, en cambio, frente a expresiones cotidianas como *estoy hundido*, *me cuesta salir de esto*, *la discusión avanzó* o *necesito tomar distancia*. Rara vez se pronuncian con intención ornamental. Aparecen porque el hablante dispone de un repertorio conceptual que organiza una experiencia abstracta con relaciones tomadas de experiencias más concretas.

Lakoff y Johnson (1980) propusieron estudiar la metáfora como una correspondencia sistemática entre dominios de experiencia. En su formulación más conocida, un dominio de origen aporta las relaciones con que se conceptualiza otro dominio, llamado dominio de destino. La expresión *salir de una depresión* puede activar una organización espacial en la que hay una situación envolvente con un adentro y un afuera; el cambio favorable se describe entonces como un desplazamiento. En *llevo meses cargando esto*, el peso da estructura a la persistencia del sufrimiento. En *mi vida quedó detenida*, la posibilidad de moverse organiza la relación entre el tiempo y la acción.

Estas correspondencias son parciales. Quien dice que la depresión es un pozo probablemente no cree que tenga paredes ni una profundidad medible. La metáfora selecciona las propiedades pertinentes para una situación comunicativa determinada. Un mismo estado puede presentarse como peso, encierro, niebla o inmovilidad, según la dimensión que el hablante necesite destacar. Las alternativas no son equivalentes. La niebla dificulta ver lo que está alrededor, mientras la carga vuelve pesado cada paso, de modo que cada imagen conduce a preguntas clínicas distintas.

La recurrencia de una expresión figurada documenta un patrón de uso. Atribuirle una organización cognitiva compartida es un paso diferente, que necesita argumentos de otra clase, como tareas experimentales, análisis de corpus, comparaciones entre contextos y estudios sobre el modo en que las expresiones se interpretan efectivamente. Esta cautela impide que una propuesta teórica fértil se convierta en una explicación universal imposible de contrastar.

## El cuerpo como fuente de relaciones

Buena parte del vocabulario afectivo procede de la experiencia corporal. El esfuerzo muscular vuelve comprensible la idea de carga y la orientación vertical permite hablar de estar *arriba* o *abajo*. La distancia física se traslada a la cercanía social, la temperatura a expresiones de frialdad, calidez u hostilidad. Kövecses (2000) mostró que las metáforas emocionales se apoyan en regularidades corporales y culturales que no se reducen a un origen único.

Es útil separar tres niveles. El primero es la sensación corporal efectivamente vivida, como la presión torácica, la fatiga, la agitación o los cambios en la respiración. El segundo es la conceptualización de esa sensación con las categorías disponibles. El tercero es la expresión lingüística que se elige para comunicarla. Los tres están relacionados y pueden, sin embargo, divergir. Una persona dice *tengo un nudo en la garganta* porque siente una tensión concreta; otra emplea la misma expresión sin percibir nada semejante. La imagen aparece igualmente en una novela y en la entrevista de un paciente con un trastorno depresivo.

La cognición corporizada, o *embodied cognition*, reúne programas de investigación diversos. Algunos ponen el acento en las simulaciones perceptivo-motoras que acompañarían la comprensión del lenguaje. Otros destacan la historia de interacción corporal con el ambiente o la participación de los sistemas sensoriomotores en operaciones abstractas. Desde la psiquiatría enactiva, de Haan (2020) inscribe estas relaciones corporales en formas más amplias de interacción con el entorno. Las afirmaciones empíricas de cada programa difieren. Que el cuerpo contribuya a formar conceptos no obliga a suponer que cada metáfora active una simulación motora completa. Tampoco permite leer en una frase como *me siento atrapado* el indicio de una anomalía neurológica particular.

La cuestión pesa en psiquiatría porque el cuerpo es a la vez algo que se vive y un medio para comunicar lo vivido. Quien dice *mi cuerpo pesa una tonelada* puede estar describiendo fatiga real, pérdida de iniciativa, abatimiento afectivo o una mezcla de todo ello. Preguntar cómo aparece ese peso en la vida diaria informa más que asignarlo de inmediato a una categoría.

## De la sensación localizada al mundo vivido

La fenomenología distingue las sensaciones que pueden localizarse en el cuerpo de las modificaciones generales en el modo en que el mundo se presenta. Alguien puede señalar el dolor de una rodilla. Mucho más difícil es indicar dónde está una pérdida general de familiaridad, o por qué actividades que antes eran accesibles ahora parecen imposibles. Ratcliffe (2015) estudió la depresión precisamente como una transformación que puede afectar el campo de posibilidades que la persona experimenta, además del estado de ánimo descrito en términos habituales.

Pensemos en *el futuro se cerró*. La oración admite lecturas muy distintas. Quizá signifique que se perdió un empleo y con él ciertas oportunidades concretas. También puede expresar desesperanza respecto de proyectos antes deseados. Hay casos en que intenta comunicar algo más difícil de decir, que el futuro dejó de sentirse como un horizonte de posibilidades aunque el hablante sea capaz de enumerar alternativas objetivas. El clínico necesita averiguar qué relación hay entre el sentido práctico de la frase y la modificación vivencial a la que apunta.

La distinción ayuda a entender la utilidad de expresiones en apariencia vagas. *Todo está lejos* puede aludir a una distancia espacial, a desapego afectivo, a desrealización o a una sensación general de inaccesibilidad. El contexto resuelve buena parte de la interpretación. A veces, sin embargo, la frase encierra una indeterminación auténtica, porque la persona todavía no ha encontrado una manera más precisa de describir lo que le ocurre. Exigirle una traducción inmediata a un término técnico puede empobrecer el relato. Sería igualmente imprudente suponer que toda ambigüedad oculta una experiencia extraordinaria.

La fenomenología tampoco concede un privilegio automático a cualquier imagen que use el paciente. La persona tiene una autoridad especial sobre lo que vive y, aun así, duda, modifica su relato, usa palabras aprendidas y adopta explicaciones que circulan socialmente. El entrevistador, por su parte, carece de acceso directo a la experiencia ajena. Entre ambos se construye una descripción que mejora a medida que se comparan y se aclaran sus términos. Con frecuencia es una metáfora del propio paciente la que pone en marcha ese trabajo.

## Peso, profundidad y agotamiento en la depresión

Las imágenes de gravedad y descenso son tan frecuentes en el habla ordinaria sobre los afectos que su presencia aislada dice poco. *Estoy por los suelos* puede acompañar una frustración pasajera, una depresión clínica o una simple costumbre expresiva. La lectura gana interés cuando se examina la red completa de expresiones y su relación con lo que la persona hace y con el modo en que se describe a sí misma.

Imaginemos que alguien combina *todo me pesa* con *levantarme es como subir una montaña* y *cada decisión es arrastrar algo*. Las imágenes convergen en el esfuerzo. Otra persona describe un periodo de sufrimiento intenso diciendo *no encuentro salida*, *estoy dentro de un túnel* y *nadie puede entrar aquí*. En este segundo conjunto domina el espacio cerrado, junto con una posible dificultad para vivir los vínculos o imaginar alternativas. Los dos conjuntos pueden coexistir en un mismo relato. Nada obliga, además, a que dos personas con el mismo diagnóstico usen la misma configuración metafórica.

El análisis puede revelar dimensiones que una escala sintomática agrupa bajo una sola etiqueta. *No tengo energía* nombra a veces cansancio y otras veces anergia, apatía o dificultad para iniciar. *No puedo moverme* intensifica el enunciado anterior o alude a una vivencia de bloqueo. En la entrevista resulta útil pedir un ejemplo concreto, con preguntas del tipo «¿Qué ocurre cuando intenta empezar una tarea?». Si la persona responde que los movimientos son físicamente posibles y que no encuentra motivo para hacerlos, la metáfora empieza a vincularse con la motivación y con la experiencia del valor. Si describe un enlentecimiento motor observable, el problema cambia en parte.

Ni la variedad de las imágenes ni su densidad permiten estimar la gravedad de una depresión. Las personas con mayor formación verbal disponen a menudo de un repertorio más amplio; otras prefieren describir directamente lo que sienten. La cultura, la edad y el género discursivo modifican también el repertorio. Una vez establecido el contexto, la metáfora ayuda a precisar el fenómeno, a condición de no confundir la riqueza verbal con la intensidad clínica.

## Ansiedad, amenaza y dinámica de fuerzas

En las descripciones de la ansiedad aparecen con facilidad nociones de presión, aceleración, pérdida de control y amenaza inminente. Alguien puede decir *la cabeza no para*, *voy a estallar* o *algo se me viene encima*. Cada expresión sitúa de otro modo al cuerpo y al pensamiento frente al ambiente. *La cabeza no para* pone en primer plano la continuidad involuntaria de una actividad mental. *Voy a estallar* sugiere acumulación y un umbral temido. *Algo se me viene encima* sitúa fuera del hablante una amenaza que avanza hacia él.

Ninguna de estas metáforas corresponde de manera estable a un trastorno particular. La imagen de un motor acelerado aparece en la ansiedad, en la excitación normal, en la privación de sueño, en ciertos efectos farmacológicos o en estados de ánimo expansivos. Su valor depende de lo que la persona atribuye al motor, sean pensamientos, palpitaciones, energía, vigilancia o urgencia de actuar. A veces el lenguaje da una descripción muy exacta del síntoma predominante. Otras veces la expresión reúne aspectos que todavía no se han diferenciado.

La teoría de la dinámica de fuerzas, formulada por Talmy (1988), describe cómo ciertas expresiones distribuyen el control, la resistencia y el movimiento. En *me empujan los pensamientos*, los pensamientos aparecen como una fuerza externa que actúa sobre el sujeto. En *intento contenerlos*, la persona ocupa el lugar de quien resiste. Estas formulaciones merecen atención porque ubican la agencia en posiciones distintas. Con todo, que la gramática presente una fuerza externa no significa que la persona atribuya literalmente sus pensamientos a otro agente. La lengua permite hablar de impulsos, emociones y recuerdos como si fueran entidades autónomas sin que ello suponga una creencia delirante.

Una entrevista cuidadosa explora la atribución efectiva con preguntas como «Cuando dice que lo empujan, ¿se refiere a que aparecen sin querer o siente que alguien los produce?». La pregunta conserva la imagen del paciente y abre una distinción clínica importante. Sustituirla desde el comienzo por una pregunta sugestiva sobre influencia externa aumentaría el riesgo de imponer al relato una interpretación que no estaba en él.

## Extrañeza corporal, límites y experiencia del yo

La psicopatología de la esquizofrenia y de otras condiciones ha descrito fenómenos de extrañeza corporal y alteraciones de la experiencia básica de sí. Stanghellini (2004) examinó cómo ciertas transformaciones de la relación corporal con el mundo afectan al sentido común práctico. Para hablar de estas experiencias, los hablantes recurren a imágenes de separación, vaciamiento, mecanización, exposición o pérdida de límites.

*Me siento fuera de mi cuerpo* pide una indagación especialmente cuidadosa. La frase puede designar distracción, agotamiento, un episodio disociativo, una alteración perceptiva del cuerpo, una figura convencional de sorpresa o una experiencia de despersonalización. Dentro de la despersonalización hay, a su vez, diferencias entre sentirse observador de las propias acciones, percibir el cuerpo como extraño y describir una pérdida de familiaridad afectiva. La frase aislada no permite elegir entre estas posibilidades.

*Vacío* y *fragmentado* plantean otro problema. En el uso cotidiano, *quedé destrozado* expresa un sufrimiento intenso. En algunos relatos clínicos la persona intenta describir, de un modo mucho menos convencional, una alteración de la unidad de su experiencia. La tarea consiste en averiguar cuánto pesa la metáfora en el relato y qué afirmaciones literales está dispuesto a sostener el hablante. Puede ser útil preguntar «¿Es una comparación o percibe realmente que su cuerpo está dividido?», siempre que la pregunta no sugiera cuál es la respuesta esperada.

Los límites del cuerpo organizan también la experiencia interpersonal. Se habla de invasión, de estar expuesto, de necesitar espacio o de ser absorbido por otros. Estas expresiones pueden aludir a malestar en la intimidad, a experiencias traumáticas, a sensibilidad sensorial o a relaciones de poder. Para interpretarlas hace falta saber cómo las ha usado la persona. Las mismas palabras tienen otro alcance cuando se pronuncian en una discusión familiar que cuando surgen en una exploración fenomenológica.

## Tiempo vivido y posibilidades de acción

En ciertas experiencias de sufrimiento, el problema central excede la intensidad afectiva. Cambia la forma en que la persona habita el tiempo. *El día no termina nunca* describe una duración que se siente interminable. *Hace meses que estoy congelado* acerca la inmovilidad al curso biográfico. *Voy detrás de todos* combina la temporalidad con la comparación social. Las metáforas espaciales dan recursos para hablar de un tiempo vivido que no coincide con el movimiento regular del reloj.

La pregunta clínica pertinente es qué clase de tiempo está en juego. Puede tratarse de aburrimiento, rumiación, enlentecimiento, anticipación amenazante, pérdida de proyectos o dificultad para dar continuidad narrativa a la propia vida. Ratcliffe (2015) insistió en que algunas experiencias depresivas modifican la posibilidad misma de anticipar un mundo deseable. La tesis es una hipótesis de escucha útil cuando la persona afirma que el futuro parece haberse evaporado, sin que de ella se siga una estructura fenomenológica idéntica en todo paciente deprimido.

El lenguaje de la acción introduce otras distinciones. *Estoy paralizado* puede significar temor ante una decisión. *No consigo arrancar* suele ubicar el problema en la iniciación. *Me arrastran las cosas* lo sitúa en la experiencia de control. Las tres expresiones son compatibles con un funcionamiento externo relativamente conservado. Evaluar por separado el desempeño observable y la experiencia subjetiva evita la falsa disyuntiva entre «solo una forma de hablar» y «un síntoma objetivo».

## La diferencia entre metáfora, literalidad y creencia

En la conversación clínica, una expresión figurada puede parecerse mucho a una afirmación extraordinaria sin que la forma gramatical permita distinguirlas. *Tengo un agujero en el pecho* puede comunicar duelo, una sensación corporal localizada o una creencia somática inusual. Hay que explorar en qué condiciones la persona considera verdadera la afirmación, cómo la justifica y con cuánta flexibilidad admite otras explicaciones.

La lectura literal admite grados. Una persona reconoce que *agujero* es una palabra inexacta, pero insiste en que hay una sensación corporal precisa que no logra nombrar de otro modo. Otra sostiene la convicción de una modificación física real. Separar ambos casos exige preguntas sucesivas sobre la sensación, el juicio, el grado de convicción, la persistencia y las consecuencias en la conducta. Preguntar si habla «en sentido figurado» resulta insuficiente, porque el propio paciente puede desconocer la clasificación metalingüística adecuada para su experiencia.

Las expresiones metafóricas aparecen también en ideas sobrevaloradas, pensamientos intrusivos, creencias religiosas o discursos compartidos por una comunidad. Su estatuto clínico depende de una organización más amplia de la experiencia y de la creencia. Un investigador que se limite a codificar palabras pierde estas diferencias, igual que el clínico que descarta las imágenes por considerarlas meras figuras. La relación entre metáfora y psicopatología queda mediada por el contexto conversacional y por el resto de los datos disponibles.

## Metáforas compartidas y repertorios culturales

Una expresión figurada no nace necesariamente de una experiencia privada. Circula en la familia, en la escuela, en la literatura, en los medios y en los discursos médicos. *Dar la batalla*, *tener una recaída*, *caer en un pozo* o *aprender a gestionar las emociones* pertenecen a repertorios que orientan la manera de interpretar el sufrimiento. Con ellos la persona aprende recursos para hacerse entender y hereda al mismo tiempo ciertos supuestos sobre lo que está viviendo. Una metáfora disponible en la cultura facilita el relato sin reflejar necesariamente una estructura individual estable.

El trabajo de Semino y colaboradores (2017) sobre las metáforas de violencia y de viaje en el contexto del cáncer muestra lo que se gana al estudiar usos reales. Aunque pertenece a otro ámbito clínico, permite observar que un mismo repertorio figurativo tiene consecuencias distintas según quién lo use y con qué propósito. Las imágenes de lucha expresan determinación para algunas personas y se convierten en una carga moral para otras. Las de viaje dan continuidad a un relato o sugieren una trayectoria que la experiencia no permite reconocer. Sus resultados no pueden trasladarse sin más a los trastornos psiquiátricos. Muestran, con todo, que la conveniencia de una metáfora se decide en situaciones concretas de comunicación.

Las diferencias culturales afectan también la distribución de las expresiones y su interpretación. Algunas lenguas y comunidades privilegian un vocabulario corporal para el malestar; otras disponen de categorías psicológicas muy difundidas. Traducir *pesadez del corazón*, *nervios* o *vacío* a una etiqueta psicopatológica internacional exige considerar el uso local, sus implicaciones y la posibilidad de que un término abarque fenómenos heterogéneos. Se corre el riesgo de confundir una diferencia de expresión con una diferencia de experiencia, o de suponer que ambas coinciden.

Incluso dentro del español cambian los matices. *Estar colapsado*, *estar superado* y *estar hecho polvo* se superponen en parte, aunque no son intercambiables en todos los países ni en todas las generaciones. Conservar las palabras originales y preguntar por su sentido individual evita equivalencias apresuradas. La precaución vale también para la construcción de corpus multinacionales, donde un recuento de metáforas sin control del repertorio puede terminar midiendo variación dialectal.

## La metáfora del profesional también tiene efectos

El profesional también lleva metáforas a la entrevista. Habla de «controlar» síntomas, «manejar» emociones, «poner límites», «recuperar terreno» o «trabajar» ciertos conflictos. Algunas de estas expresiones pertenecen al lenguaje técnico habitual y parecen neutrales justamente por su frecuencia. Aun así, encuadran la situación de un modo específico. La idea de control pone en primer plano la capacidad de intervenir, mientras la de desequilibrio puede sugerir un modelo causal que la evidencia clínica no ha establecido.

Pensemos en una persona que describe su ansiedad como *una alarma que se dispara*. Si el entrevistador sigue esa imagen, puede explorar qué la activa, cuánto tarda en apagarse y qué ocurre después. La comparación quizá favorezca la comprensión mutua. También puede resultar inadecuada si la persona siente que reduce una experiencia compleja a un mecanismo simple. La utilidad de la metáfora se comprueba en la respuesta del interlocutor y en su capacidad para precisar el fenómeno.

Hay además metáforas que distribuyen responsabilidades. *Debe luchar contra la enfermedad* moviliza a algunas personas y lleva a otras a interpretar sus dificultades como falta de esfuerzo. *Reprogramar el cerebro* promete un control técnico que puede exceder el conocimiento disponible. *Reconstruir la identidad* da continuidad a un proceso de recuperación, aunque presupone que hubo una identidad destruida. Estas expresiones merecen examen, sobre todo cuando las introduce una autoridad sanitaria.

En la práctica, el criterio consiste en escuchar primero las palabras del paciente, comprobar qué alcance tienen para él y usar las figuras propias como hipótesis revisables. El profesional puede proponer otra imagen si la presenta como una posibilidad de interpretación que el paciente está en condiciones de corregir.

## Identificar metáforas en un corpus clínico

La investigación lingüística necesita procedimientos más explícitos que la impresión de que un relato «suena metafórico». El *Metaphor Identification Procedure* (MIP) del Pragglejaz Group (2007) y su desarrollo MIPVU, descrito de forma sistemática por Steen y colaboradores (2010), permiten identificar usos de palabras relacionados con la metáfora. El analista delimita unidades léxicas, establece su significado contextual y examina si existe un significado más básico, por lo general más concreto, con el que pueda establecerse una comparación. Aplicarlos requiere manuales de codificación, entrenamiento y evaluación de la concordancia entre anotadores.

Llevar un procedimiento de este tipo a la psiquiatría introduce problemas propios. La transcripción debe conservar suficiente contexto para distinguir el habla del paciente de la del entrevistador. Hay que registrar si la expresión fue espontánea o surgió después de una pregunta que sugería un marco. También debe anotarse si el hablante corrigió de inmediato su propia palabra. *Es como si estuviera muerto, aunque sé que no es exactamente eso* es pragmáticamente distinto de *estoy muerto* pronunciado como afirmación literal. Un recuento automático de la palabra *muerto* borraría esa diferencia.

La unidad de análisis puede ser una palabra, una expresión, una secuencia conversacional o una familia de imágenes recurrentes. Cada elección responde a preguntas distintas. El número de expresiones por mil palabras estima la frecuencia relativa. El análisis de una secuencia muestra cómo se acepta, se discute o se abandona una imagen a lo largo de la conversación. El estudio longitudinal permite investigar si una misma persona cambia de repertorio con el tiempo. Ninguna de estas medidas reemplaza a las otras.

Supongamos que dos codificadores discrepan ante *estoy vacío*. Uno considera que *vacío* es un uso lexicalizado para estados afectivos; el otro ve una metáfora espacial activa. La discrepancia obliga a revisar los criterios a la luz del contexto y a documentar la decisión, que nadie puede zanjar declarando que la palabra «es metafórica» por definición. Una buena concordancia entre anotadores indica que el procedimiento se aplicó con cierta consistencia. Que la categoría corresponda a una dimensión clínica real es una cuestión aparte.

## Del análisis de palabras a una entrevista más precisa

Consideremos un ejemplo enteramente ficticio. Una paciente afirma que su vida «se quedó detrás de un vidrio». El entrevistador podría traducir la frase a *ánimo deprimido* y seguir adelante. Obtendría así una categoría conocida y dejaría sin explorar el rasgo principal del enunciado, la existencia de una barrera que permite ver y dificulta participar. Una pregunta abierta como «¿Qué significa ese vidrio para usted?» permite distinguir varios escenarios.

Si responde «veo que los demás disfrutan, pero a mí ya no me llega nada», la imagen se acerca a una alteración de la resonancia afectiva. Otra respuesta posible, «sé que todo está aquí, pero lo siento irreal», obliga a explorar una desrealización. Cuando explica, en cambio, que no puede hablar con nadie porque nadie la escucha, el centro podría estar en la experiencia interpersonal. Las respuestas pueden superponerse. La metáfora deja abierta la interpretación y ayuda a formular preguntas que diferencian posibilidades.

El registro debería conservar la expresión original, las aclaraciones obtenidas y el fenómeno clínico que se considera mejor sustentado. En la ficha puede mantenerse una cita breve seguida de una descripción que no reduzca todo el relato a esa cita. Una redacción posible sería *Describe pérdida de resonancia afectiva ante actividades habituales; utiliza la expresión «detrás de un vidrio» para comunicar que observa los acontecimientos sin participar emocionalmente en ellos*. Así se separa el habla de la paciente de la inferencia del profesional. La inferencia queda abierta a revisión cuando aparezcan nuevos datos.

Una documentación bien hecha preserva también los límites de la exploración. Si no se preguntó por percepción de irrealidad, no corresponde afirmar que fue negada. Si una imagen es ambigua, puede anotarse la ambigüedad. El propósito es ganar precisión y mantener visible el camino que llevó de lo dicho por la persona a la descripción clínica, sin pretender traducir cada experiencia a términos técnicos.

## Variación personal y seguimiento longitudinal

Las metáforas adquieren a veces un valor especial dentro de una historia individual. Una persona que durante meses habló de *encierro* para describir su vida empieza a decir que «la puerta aparece a veces». El cambio interesa porque ocurre dentro de un repertorio relativamente estable. Puede expresar posibilidades nuevas, una modificación emocional, un aprendizaje discursivo o simplemente otra elección de palabras. Para interpretarlo hay que cotejar la situación de entrevista, las actividades de la persona y otros indicadores clínicos.

El seguimiento exige resistir una tentación frecuente, la de dar dirección clínica positiva a cualquier imagen de apertura y negativa a cualquier imagen de cierre. Una puerta abierta puede significar una oportunidad o una amenaza. *Ya no siento la carga* puede describir alivio, pérdida afectiva o indiferencia. Incluso una metáfora en apariencia esperanzadora puede pronunciarse con ironía. El sentido depende del uso y de la trayectoria de cada hablante.

El valor más firme de conservar las expresiones personales suele ser comunicativo. Permite que el paciente reconozca en la entrevista siguiente la continuidad de su relato y que el profesional compruebe si todavía elige la misma imagen. Una pregunta como «La vez anterior habló de un vidrio; ¿sigue siendo la mejor manera de explicarlo?» abre la posibilidad de confirmar o de corregir. La persona puede rechazar la imagen antigua, matizarla o sustituirla. El seguimiento se vuelve así más sensible a la fenomenología individual, sin pretender que cada variación verbal indique un cambio de estado patológico.

## Alcances y límites de una psicopatología atenta a las metáforas

El análisis de las metáforas favorece la comprensión de experiencias difíciles de nombrar. Conserva distinciones que algunas categorías clínicas comprimen y permite examinar cómo pacientes y profesionales construyen juntos sus descripciones. Rinde más cuando se articula con la pragmática conversacional y con el estudio de la experiencia vivida, porque una misma expresión cumple funciones distintas y algunas experiencias llegan al lenguaje por aproximaciones sucesivas que solo la conversación permite reconstruir.

Sus límites también son claros. Una metáfora no es una prueba diagnóstica. La frecuencia de imágenes corporales tampoco cuantifica la intensidad de una emoción. Una formulación inusual puede coexistir con un pensamiento bien organizado, del mismo modo que una formulación convencional puede acompañar una vivencia extraordinaria. Hay ocasiones en que lo pertinente es examinar una sensación somática, una creencia sostenida literalmente o una alteración observable de la comunicación. En ellas la lectura figurativa pasa a segundo plano.

La investigación futura podría comparar las metáforas de una misma persona a lo largo del tiempo, separar las imágenes espontáneas de las que introduce el entrevistador y evaluar la concordancia entre el análisis lingüístico y descripciones fenomenológicas obtenidas de manera independiente. Para eso tendrá que conservar suficiente contexto y reconocer las diferencias entre lenguas y entre situaciones de habla. Los procedimientos capaces de localizar cientos de expresiones figuradas en un corpus pueden perder lo que vuelve clínicamente significativa a una de ellas, que es el sentido que adquiere en una conversación concreta. El problema reaparece con más fuerza cuando el lenguaje se somete a procedimientos computacionales, asunto del texto siguiente.

## Referencias y lecturas

- de Haan, S. (2020). *Enactive Psychiatry*. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781108685214
- Kövecses, Z. (2000). *Metaphor and Emotion: Language, Culture, and Body in Human Feeling*. Cambridge University Press.
- Lakoff, G., & Johnson, M. (1980). *Metaphors We Live By*. University of Chicago Press. Edición con epílogo (2003): https://doi.org/10.7208/chicago/9780226470993.001.0001
- Pragglejaz Group. (2007). MIP: A method for identifying metaphorically used words in discourse. *Metaphor and Symbol, 22*(1), 1–39. https://doi.org/10.1080/10926480709336752
- Ratcliffe, M. (2015). *Experiences of Depression: A Study in Phenomenology*. Oxford University Press.
- Semino, E., Demjén, Z., Demmen, J., Koller, V., Payne, S., Hardie, A., & Rayson, P. (2017). The online use of Violence and Journey metaphors by patients with cancer, as compared with health professionals: A mixed methods study. *BMJ Supportive & Palliative Care, 7*(1), 60–66. https://doi.org/10.1136/bmjspcare-2014-000785
- Stanghellini, G. (2004). *Disembodied Spirits and Deanimated Bodies: The Psychopathology of Common Sense*. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/med/9780198520894.001.0001
- Steen, G. J., Dorst, A. G., Herrmann, J. B., Kaal, A. A., Krennmayr, T., & Pasma, T. (2010). *A Method for Linguistic Metaphor Identification: From MIP to MIPVU*. John Benjamins. https://doi.org/10.1075/celcr.14
- Talmy, L. (1988). Force dynamics in language and cognition. *Cognitive Science, 12*(1), 49–100. https://doi.org/10.1207/s15516709cog1201_2

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