Lo que recordamos de un accidente
En español podemos decir Se rompió el vaso o María rompió el vaso. Las dos frases pueden describir el mismo acontecimiento, pero distribuyen la atención de manera diferente. La segunda identifica al agente y la primera permite presentar el resultado sin atribuir explícitamente quién lo produjo. El inglés tiene construcciones comparables y, en descripciones de accidentes, utiliza con frecuencia formas más agentivas que el español. Queda por saber si esa diferencia habitual puede influir en el recuerdo de quién estaba presente.
Fausey y Boroditsky (2011) estudiaron expresiones de eventos intencionales y accidentales en hablantes de inglés y español. Encontraron diferencias en la manera de describir los accidentes, seguidas de diferencias en el recuerdo de sus agentes. La asociación conecta gramática, atención y memoria, aunque no permite inferir que el español suprima el concepto de responsabilidad o que sus hablantes sean incapaces de recordar un agente accidental. La diferencia observada es bastante más delimitada. Ciertas convenciones de descripción se relacionan con qué información queda disponible después.
El experimento es una forma contemporánea de estudiar la relatividad lingüística. Se formula una hipótesis sobre una diferencia lingüística conocida y se busca una consecuencia cognitiva medible (Lucy, 1992). Esa forma de trabajo ha reemplazado gradualmente las versiones más espectaculares de una idea antigua, la de que la lengua en que crecemos puede influir en nuestros hábitos de pensamiento.
La lectura Lenguaje y percepción examinó los efectos del lenguaje sobre discriminación y percepción. Aquí el alcance es más amplio e incluye memoria de eventos, orientación espacial, tiempo, número, inferencia y categorías sociales, además de la propia tarea de formular una oración. El riesgo común es confundir tres afirmaciones de distinta fuerza. La primera sostiene que dos lenguas describen de manera diferente un fenómeno, la segunda que sus hablantes muestran estrategias cognitivas distintas en ciertas tareas y la tercera que cada lengua produce una forma general y permanente de pensamiento.
Una genealogía menos simple que «Sapir-Whorf»
Las relaciones entre lengua y pensamiento se discutían antes de Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf. Wilhelm von Humboldt había defendido una concepción de las lenguas como modos históricamente desarrollados de organizar la experiencia. Franz Boas mostró, desde la lingüística antropológica, la importancia de describir cada sistema gramatical en sus propios términos. Comparar lenguas mediante las categorías del latín o del inglés podía convertir una diferencia de estructura en una supuesta carencia.
Sapir (1929) consideró que los hábitos lingüísticos de una comunidad forman parte de sus prácticas de interpretación. Whorf desarrolló después argumentos más explícitos acerca de cómo patrones gramaticales repetidos podían guiar la atención hacia ciertas relaciones (Whorf, 1956). La etiqueta «hipótesis de Sapir-Whorf» apareció retrospectivamente y reúne afirmaciones que ninguno de los dos formuló conjuntamente como una teoría experimental única (Kay y Kempton, 1984).
Parte de la fama del tema proviene de una lectura determinista, según la cual los hablantes solo podrían pensar aquello para lo que su idioma tiene palabras o categorías. Esta interpretación extrema es difícil de sostener (Wolff y Holmes, 2011). Aprendemos conceptos nuevos mediante explicación, construimos términos científicos y comprendemos distinciones que nuestra lengua no lexicaliza con una palabra breve. Un hablante de español puede entender Schadenfreude después de que alguien le explique el placer ante la desgracia ajena. Carecer de una etiqueta monolexémica no lo vuelve incapaz de experimentar o representar ese estado.
El caso del hopi muestra otra dificultad histórica. Algunas formulaciones whorfianas sobre tiempo se apoyaron en análisis que posteriores trabajos lingüísticos cuestionaron. Malotki (1983) documentó recursos temporales del hopi incompatibles con la caricatura de una lengua que no permitiría concebir el tiempo. El desacuerdo recuerda que cualquier teoría cognitiva construida sobre diferencias lingüísticas depende de una descripción gramatical fiable.
La investigación actual utiliza una tesis más modesta y comprobable. Según ella, una distinción habitual, obligatoria o especialmente accesible en una lengua puede cambiar el peso de determinadas dimensiones durante algunas operaciones cognitivas. Lo que el experimento busca establecer es la naturaleza y la magnitud de ese cambio.
Pensar para hablar y pensar fuera del habla
Dan Slobin (1996) propuso la noción de thinking for speaking, según la cual, cuando preparamos una oración, seleccionamos información de acuerdo con lo que nuestra lengua permite y exige expresar. Si el sistema verbal obliga a marcar aspecto, persona, fuente de información o cierta relación espacial, el hablante debe atender a esos rasgos al formular el mensaje.
Este enfoque tiene una ventaja teórica. La influencia lingüística no necesita extenderse a todos los momentos de la vida mental y puede surgir durante la planificación del habla. En español se puede describir una acción como entró corriendo, codificando trayectoria en el verbo y manera en un complemento; el inglés favorece en muchos casos formulaciones como ran into, donde la manera aparece en el verbo. Estas preferencias se reflejan en qué detalles destacan los hablantes al narrar movimiento.
Aun así, una diferencia narrativa no demuestra una diferencia perceptiva. Las personas pueden haber observado el mismo movimiento y seleccionar después propiedades distintas para expresarlo. La primera tarea de la investigación es medir precisamente esas selecciones durante el habla. La segunda pregunta, más exigente, es si la práctica acumulada con cada sistema deja huellas fuera de la formulación verbal.
En este terreno pueden distinguirse tres planos. En el primero, la gramática afecta qué atendemos para hablar. En el segundo, las categorías lexicales influyen en tareas cognitivas en curso, incluso cuando la respuesta solicitada es motora o visual. En el tercero se propone que las lenguas cambian representaciones conceptuales duraderas, disponibles con independencia de hablar o nombrar. La evidencia del primer plano es amplia y la del segundo depende de dominios y tareas. Las afirmaciones del tercero requieren diseños que excluyan estrategias verbales inmediatas y diferencias culturales alternativas.
La distinción entre necesidad y utilidad ayuda. No necesitamos disponer de un término para aprender que una sustancia conduce electricidad, aunque una palabra técnica permite conservar esa propiedad como concepto, enseñarla y usarla con rapidez en razonamientos posteriores. El lenguaje puede ser una herramienta cognitiva poderosa sin ser el requisito de toda cognición.
Color, un efecto local de amplio alcance teórico
El color se convirtió en un campo clásico porque parece dar una prueba controlable. Las personas comparten gran parte de la fisiología de la visión cromática, mientras sus lenguas dividen el espacio de colores de maneras diferentes. Berlin y Kay (1969) encontraron regularidades en las categorías básicas. La investigación posterior ha descrito sistemas de gran diversidad dentro de restricciones perceptivas y comunicativas (Lindsey y Brown, 2021).
La frontera rusa entre goluboy y siniy ilustra un efecto específico. Winawer y colaboradores (2007) registraron una ventaja de velocidad en discriminaciones que cruzaban esa distinción en hablantes de ruso, en comparación con discriminaciones internas a las categorías. La interferencia verbal redujo esa ventaja. Los participantes de lengua inglesa distinguían igualmente los colores, aunque no mostraban el mismo perfil temporal asociado con la frontera rusa.
El experimento permite hablar de participación de categorías lexicales durante la discriminación y deja abiertas varias explicaciones, entre ellas la activación de las palabras, la atención aprendida a la frontera, la memoria categorial o la retroalimentación perceptiva. Los estudios electrofisiológicos de Thierry y colaboradores (2009) y Athanasopoulos y colaboradores (2010), tratados en la lectura anterior, ayudan a restringir el momento de algunos efectos, sin resolver por sí solos toda la arquitectura.
La variación cromática también da evidencia contra una partición arbitraria del mundo. Regier, Kay y Khetarpal (2007) exploraron cómo los sistemas de nombres de color pueden aproximarse a particiones óptimas de un espacio perceptivo de forma irregular. Las lenguas desarrollan soluciones distintas a un problema comunicativo parecido, bajo las mismas restricciones generales del sistema visual humano. El resultado conjunto es más interesante que cualquiera de los extremos históricos. Las categorías lingüísticas afectan algunas decisiones cromáticas y, a su vez, las categorías que terminan consolidándose están restringidas por propiedades de la percepción.
Orientación geográfica y representación espacial
Los marcos de referencia espacial son otro dominio de estudio. En español usamos con frecuencia relaciones centradas en el cuerpo o en otro objeto, como a mi izquierda, detrás de la mesa o junto a la puerta. Muchas comunidades utilizan además direcciones absolutas o geocéntricas para describir objetos cotidianos. Levinson (2003) estudió la diversidad de marcos relativos, intrínsecos y absolutos. En lenguas cuya descripción ordinaria recurre intensamente a orientaciones geográficas, los hablantes pueden necesitar registrar con precisión su posición respecto de puntos cardinales incluso a escala doméstica.
Un experimento típico muestra una disposición de objetos, hace girar al participante y le pide reconstruirla. Una solución egocéntrica preserva la relación izquierda-derecha respecto de su nueva posición. Una solución geocéntrica conserva la orientación de los objetos respecto del entorno. Las diferencias entre grupos en esta tarea han coincidido con sus sistemas lingüísticos habituales (Majid et al., 2004).
El desafío es interpretar esa coincidencia. Las comunidades no se diferencian solo por palabras. Prácticas de navegación, características del paisaje y exigencias cotidianas de orientación pueden producir habilidades que, a su vez, favorecen determinados sistemas de referencia (Gleitman y Papafragou, 2005). La lengua refuerza el hábito porque obliga a utilizarlo repetidamente, pero no necesariamente es su causa inicial o exclusiva. Un mismo niño puede aprender coordenadas espaciales nuevas si cambia de entorno. La flexibilidad de la orientación humana aconseja descartar la idea de mundos espaciales mutuamente inaccesibles y hablar de preferencias y entrenamiento.
El tiempo representado mediante espacio
Las expresiones temporales recurren constantemente al espacio. El futuro puede estar delante, un evento se acerca y una dificultad queda atrás. Los modelos de metáfora conceptual, desarrollados en la lectura siguiente, explican estas correspondencias mediante mapeos entre dominios. Boroditsky (2001) examinó relaciones entre expresiones espaciales del mandarín y del inglés y tareas de razonamiento temporal. Algunos resultados sugirieron que ciertas metáforas habituales podían favorecer distintas disposiciones al ordenar acontecimientos. Esa línea de trabajo generó debates de replicación, rediseños y nuevas hipótesis sobre la contribución de la escritura y de la experiencia cultural.
El caso de los hablantes de kuuk thaayorre descrito por Boroditsky y Gaby (2010) es particularmente expresivo. Al ordenar imágenes que representaban secuencias temporales, los participantes tendían a orientarlas de este a oeste, con cambios según la dirección física en que estaban sentados. La representación no coincidía simplemente con la izquierda o derecha del propio cuerpo. Ese patrón es compatible con el uso habitual de coordenadas geocéntricas en prácticas lingüísticas y espaciales. Para atribuirlo exclusivamente a la gramática haría falta separar el efecto de la navegación cotidiana, las convenciones culturales y la experiencia con distintos sistemas gráficos.
La dirección de escritura añade otra capa. Lectores habituados a escrituras de izquierda a derecha suelen organizar secuencias temporales de esa manera en tareas gráficas. Otras direcciones de lectura favorecen disposiciones diferentes. Un efecto así pertenece a prácticas de alfabetización tanto como a lengua hablada. La categoría general «lenguaje» oculta mecanismos distintos si no se especifica qué parte del sistema produce el cambio. La plasticidad de las representaciones temporales muestra que el cerebro dispone de varias maneras de organizar una relación abstracta. Una convención puede convertirse en la opción más accesible sin excluir las otras.
El uso de metáforas temporales refuerza esa flexibilidad. Una reunión puede acercarse a nosotros o podemos avanzar hacia ella. Ambas expresiones funcionan en español y no obligan a adoptar siempre la misma representación del movimiento. Incluso dentro de una lengua, el contexto puede desplazar cuál de las dos perspectivas predomina. Los experimentos que buscan efectos translingüísticos necesitan modelar esa variación interna para evitar tratar a cada comunidad como cognitivamente uniforme.
Número y tecnología simbólica
Los sistemas de numerales plantean una prueba especialmente exigente del papel del lenguaje. Ciertas lenguas disponen de secuencias extensas de palabras numéricas exactas. Otras usan términos aproximados para cantidades mayores y no tienen un procedimiento lexical habitual para representar cardinalidades arbitrarias.
Frank, Everett, Fedorenko y Gibson (2008) estudiaron tareas de correspondencia numérica con hablantes pirahã. Sus resultados diferenciaron situaciones en que los objetos podían compararse directamente de otras en que era necesario conservar la cardinalidad a través de intervalos o cambios de disposición. Los participantes podían lograr correspondencias exactas con conjuntos grandes cuando la tarea permitía un emparejamiento directo. Su rendimiento caía al exigir mantenimiento de cantidades precisas en memoria. La interpretación propuesta fue que los numerales son una tecnología cognitiva que facilita mantener y manipular cantidades exactas más allá de lo que permiten mecanismos aproximados o correspondencias perceptivas inmediatas.
De ello no se sigue que alguien sin numerales complejos «no entienda cantidades». Los humanos y otras especies distinguen diferencias numéricas aproximadas. Incluso los niños preverbales muestran sistemas para pequeñas cantidades y magnitudes. Los numerales amplían las operaciones exactas accesibles y permiten construir prácticas como cálculo escrito, medidas y contabilidad. En este dominio la influencia del simbolismo sobre el pensamiento adopta una forma más fuerte. Una herramienta lingüística puede alterar radicalmente la facilidad con que se realizan ciertos cálculos. La existencia de capacidades numéricas previas impide convertir esa influencia en determinismo absoluto.
Gramática que obliga a distinguir
Las lenguas difieren también en lo que su gramática obliga a codificar. Algunas exigen marcar distinciones que otras dejan opcionales. Los sistemas de evidencialidad marcan de manera gramatical o convencionalizada si una afirmación se basa en observación directa, inferencia o reporte. Otras lenguas sitúan esas distinciones fuera de la morfología obligatoria y permiten expresarlas con fórmulas como lo vi, me dijeron o parece.
Es razonable suponer que una comunidad que debe seleccionar regularmente un evidencial practica más a menudo la identificación de fuentes. Demostrar un efecto general en memoria de procedencia requiere algo más, como pruebas no verbales o comparaciones que controlen escolaridad y contextos de comunicación. El problema es análogo al del tiempo y del espacio. La obligación gramatical es observable y la modificación cognitiva es una hipótesis adicional.
El aspecto verbal organiza otras diferencias. Las lenguas pueden requerir o favorecer indicar si una acción está concluida, en curso o es habitual. Slobin (1996) mostró cómo las elecciones gramaticales influyen en los detalles incluidos en narraciones de movimiento y eventos. La pregunta cognitiva es si tales elecciones generan hábitos estables de atender al resultado, a la trayectoria o a la manera.
También se han investigado efectos del género gramatical sobre asociaciones atribuidas a objetos. Algunos experimentos hallan respuestas congruentes con el género de los sustantivos, mientras otros muestran una dependencia importante de las instrucciones, los materiales o la tarea. El género de puente o llave pertenece a un sistema de concordancia y sería impropio tratarlo como una creencia explícita de que el objeto tiene sexo biológico. La experiencia gramatical puede modificar asociaciones y disponibilidad de rasgos. La magnitud de esos cambios debe medirse sin traducir automáticamente una obligación morfológica a una ontología mental.
Aun dentro de una misma lengua, la obligación gramatical no determina qué se recordará. Un hablante puede seleccionar correctamente una terminación de tiempo verbal sin conservar después el intervalo exacto del acontecimiento. Producción automatizada y atención consciente son procesos distintos. La hipótesis de que marcar reiteradamente una distinción modifica la memoria debe probarse con tareas que midan memoria, no deducirse de la existencia de la marca.
Acción, responsabilidad y memoria de los eventos
Las convenciones de descripción también aparecen en la semántica del movimiento. Talmy (1985) distinguió lenguas en las que el verbo principal suele lexicalizar manera, como correr o deslizarse, de otras que favorecen codificar trayectoria y expresar la manera en elementos adicionales. Slobin (1996) mostró diferencias correlativas en la cantidad de detalles sobre movimiento incluidos en narraciones. Cuando el hablante planifica una oración, la estructura disponible hace más fácil mencionar unas propiedades que otras. Esto es thinking for speaking en un sentido directo. Su extensión hacia memoria o categorización no verbal debe investigarse separadamente.
Las expresiones sobre accidentes muestran el mismo mecanismo potencial en un contexto socialmente más sensible. En el trabajo de Fausey y Boroditsky (2011), la elección lingüística se relacionó con recuerdo de agentes cuando los sucesos eran accidentales, mientras las descripciones y el recuerdo de agentes intencionales mostraron otro patrón.
La investigación jurídica y clínica puede beneficiarse de esta observación sin convertirla en una regla determinista sobre los testigos. La pregunta ¿Quién rompió el vaso? dirige atención hacia un agente; ¿Cómo se rompió? favorece una reconstrucción del mecanismo. Las preguntas pueden influir en la información que se selecciona para responder y posiblemente en los recuerdos posteriores.
No sería legítimo, sin embargo, afirmar a partir de una sola tarea que un idioma causa una mayor propensión moral a responsabilizar a otros. Una diferencia de memoria no equivale a una diferencia de juicio moral. El nivel de la conclusión debe conservar la escala del experimento.
La falta de equivalente lexical exacto ocupa un lugar desproporcionado en la divulgación del relativismo. Se citan términos como saudade o Schadenfreude y se concluye que otras comunidades no conocen esas experiencias. La inferencia confunde una forma económica de comunicación con la existencia del concepto.
La ausencia de una palabra puede aumentar el esfuerzo de describir algo y dificultar su aprendizaje explícito y su recuperación posterior, aunque no prueba que la experiencia sea imposible. Cuando una comunidad incorpora una distinción nueva mediante contacto cultural o especialización científica, sus hablantes pueden aprenderla, traducirla y utilizarla.
El olfato es un caso menos trivial. Majid y Burenhult (2014) hallaron una capacidad de denominación olfativa mucho mayor en hablantes jahai que en hablantes estadounidenses de inglés, relacionada con un sistema lexical olfativo elaborado. El dato contradice la idea de una imposibilidad humana general para hablar de olores. No demuestra por sí solo que los participantes tengan receptores más sensibles.
Las palabras especializadas de ciencia y medicina funcionan de modo parecido. Aprender disprosodia, interocepción o anomia vuelve fácil reconocer como categoría un patrón antes descrito con expresiones amplias. El término también puede inducir sesgos, en especial cuando el observador empieza a encajar casos ambiguos en la categoría que acaba de aprender. El vocabulario amplía la resolución con la que describimos y recuperamos diferencias. La descripción lexical y la estructura conceptual siguen siendo niveles distinguibles.
Cómo establecer una influencia causal
Comparar hablantes de dos lenguas parece un experimento natural y contiene muchas variables adicionales. Los grupos pueden diferir en educación, ecología, escritura, práctica profesional, vida urbana y experiencia con materiales de laboratorio. Una diferencia cognitiva observada entre ellos no identifica de manera automática a la lengua como causa.
Los diseños con bilingües reducen parte de este problema porque una misma persona utiliza sistemas lingüísticos distintos. Si el desempeño cambia según la lengua de la tarea o la activación de categorías específicas, existe evidencia más cercana a un efecto lingüístico en línea. El aprendizaje de nuevas categorías mediante entrenamiento permite estudiar cambios longitudinales. Las tareas de interferencia verbal prueban si la disponibilidad del lenguaje durante el experimento es relevante.
Cada estrategia tiene sus límites. Un bilingüe no es necesariamente dos monolingües reunidos en una persona. En cada hablante varían la competencia, la dominancia y la frecuencia de uso de sus lenguas. Entrenar una etiqueta durante una sesión no reproduce décadas de uso cotidiano. La interferencia verbal también ocupa atención y memoria, de modo que debe compararse con interferencias no verbales razonablemente equivalentes.
La equivalencia de los estímulos merece igual cuidado. Una frase natural en español puede sonar artificiosa al traducirse literalmente al inglés. Un término frecuente en una lengua puede ser raro en otra. En estudios sobre tiempo, la dirección de lectura puede influir tanto como la metáfora verbal. En estudios de espacio, la experiencia de navegación puede pesar tanto como las preposiciones.
La inferencia causal mejora especialmente cuando un estudio obtiene predicciones convergentes mediante diseños con limitaciones diferentes. Una comparación entre lenguas señala dónde buscar; una manipulación de etiquetas muestra qué cambia al activar una categoría; un estudio longitudinal examina si el aprendizaje modifica el desempeño; una tarea no verbal permite estimar cuánto se extiende el efecto fuera del habla. Si los cuatro resultados coinciden, la explicación lingüística dispone de más apoyo que si solo existe una diferencia entre dos poblaciones.
El control de estas alternativas no garantiza que toda influencia quede aislada, aunque permite estimar con más precisión qué interpretación soportan los resultados. Además, la replicación independiente y la publicación de efectos nulos son esenciales en un campo donde los resultados llamativos reciben mucha atención.
Restricciones universales y evolución de los léxicos
La evidencia relativista convive con capacidades compartidas. Los seres humanos perciben regularidades cromáticas por una fisiología visual semejante. Los bebés y animales categorizan eventos y cantidades sin un lenguaje humano adulto. Las personas con afasia grave pueden conservar formas complejas de razonamiento no verbal.
Fedorenko, Piantadosi y Gibson (2024) reunieron argumentos de neurociencia y conducta en favor de que la red cerebral del lenguaje se especializa primordialmente en comunicación y se distingue de redes necesarias para muchas formas de pensamiento. Su tesis no niega que las herramientas lingüísticas modifiquen lo que podemos aprender o calcular. Debilita la suposición de que pensar y formular oraciones sean el mismo proceso.
La lingüística tipológica añade una dimensión histórica. Los sistemas lexicales no se diseñan de forma arbitraria, puesto que deben aprenderse, utilizarse y transmitir información con un costo manejable. Kemp, Xu y Regier (2018) analizaron cómo léxicos de diferentes dominios reflejan compromisos entre complejidad e informatividad. Los sistemas resultantes pueden divergir culturalmente y permanecer restringidos por la cognición común de los hablantes.
Esta explicación es bidireccional. Las capacidades cognitivas y necesidades comunicativas influyen en qué distinciones terminan nombrándose. Una vez que la lengua las estabiliza, esas distinciones pasan a formar parte del ambiente de aprendizaje de la generación siguiente. Para hablar de causa en este terreno es necesario reconocer ese circuito histórico.
La relatividad lingüística deja así de enfrentarse al universalismo como si uno de los dos tuviera que ser falso. Un sistema perceptivo compartido puede aprender a prestar distinta atención a sus dimensiones, del mismo modo que un conjunto universal de capacidades hace posible desarrollar tecnologías simbólicas distintas. Una lengua se practica con palabras, gestos, convenciones gráficas y tecnologías. Muchos efectos atribuidos de manera genérica al lenguaje pueden proceder de una de estas capas.
La escritura es un ejemplo claro. Aprender a leer de izquierda a derecha convierte esa dirección en un eje frecuente de ordenamiento. Las secuencias temporales dibujadas por lectores alfabetizados pueden seguir hábitos de lectura sin que la gramática hablada incluya una regla explícita que determine la dirección del tiempo.
Los gestos también revelan información que el habla omite. Una persona puede narrar un desplazamiento sin mencionar la trayectoria y reproducirla con la mano. Comparar gesto, frase y respuesta no verbal ayuda a establecer hasta dónde llega una selección propia de la formulación lingüística.
Vygotsky (1934/1986) defendió que el habla interna permite organizar y regular actividades. Esa influencia del lenguaje sobre el pensamiento no depende necesariamente de diferencias entre español, ruso o mandarín. Las palabras dan medios para mantener instrucciones, comparar alternativas y construir explicaciones. Los numerales y la escritura muestran cuánto pueden ampliarse operaciones cognitivas cuando aparecen símbolos culturalmente aprendidos. La pregunta adecuada para cada dominio es qué recursos añade el sistema y qué propiedades podrían mantenerse sin ellos.
Clasificar personas, síntomas y agentes artificiales
Los vocabularios especializados guían observaciones. Un psiquiatra entrenado puede distinguir bloqueo, tangencialidad, alogia y perseveración allí donde un observador sin formación escucha simplemente «habla extraña». Las categorías permiten comunicar y comparar fenómenos, aunque también introducen posibilidades de error cuando su disponibilidad se confunde con evidencia suficiente.
El diagnóstico puede llegar a ser un filtro interpretativo. Una persona clasificada previamente bajo una etiqueta clínica puede ser escuchada con expectativas que favorecen esa categoría. Esto es un problema de inferencia con posibles componentes atencionales y mnésicos, que no prueba que la gramática del clínico determine su percepción.
La inteligencia artificial plantea una versión tecnológica. Los modelos de lenguaje se entrenan en corpora con distribuciones de conceptos y categorías que varían entre lenguas. Un sistema multilingüe puede aprender asociaciones específicas de ciertos idiomas y también representaciones parcialmente compartidas. La influencia de corpus dominantes, traducciones y prácticas de anotación puede producir aparentes equivalencias que borran diferencias conceptuales reales.
La evaluación debe distinguir la representación estadística de una palabra, la tarea que resuelve el sistema y las categorías de quienes anotaron los datos. Un embedding que acerca médico y hospital refleja relaciones de uso y no demuestra que ambos pertenezcan a la misma clase conceptual. Los modelos son instrumentos para estudiar regularidades lexicales y su transferencia, aunque su arquitectura y sus experiencias difieren de las humanas.
Una tesis graduada y comprobable
Quedan varias afirmaciones que conviene mantener separadas. Las lenguas obligan a prestar atención a propiedades diferentes durante la formulación, algunas diferencias lexicales modifican discriminación, memoria y elección en tareas determinadas y las herramientas simbólicas permiten cálculos y coordinaciones que serían más costosos sin ellas. Cada afirmación tiene tipos de evidencia y exigencias causales distintos.
Lo que no puede sostenerse es que la ausencia de una palabra vuelva impensable un concepto o que cada comunidad habite un universo perceptivo cerrado. El bilingüismo, el aprendizaje de categorías nuevas y la flexibilidad contextual hacen poco plausible esa imagen. Tampoco existe motivo para jerarquizar lenguas por una supuesta superioridad cognitiva general, puesto que facilitan distinciones diferentes en prácticas diferentes.
Para evaluar una hipótesis relativista se necesita describir rigurosamente la diferencia lingüística, formular una predicción que no repita simplemente esa descripción y diseñar pruebas que distingan la lengua de sus correlatos culturales. Después corresponde identificar el mecanismo, sea la selección al hablar, la atención, la memoria, la inferencia o el aprendizaje estable. La conclusión debe conservar exactamente la amplitud de lo medido.
La relatividad lingüística contemporánea resulta más convincente cuando abandona las afirmaciones absolutas y se convierte en una investigación sobre hábitos cognitivos adquiridos, plasticidad y tecnologías simbólicas. La lectura Metáfora conceptual y cognición examina uno de los recursos con los que las lenguas organizan esos hábitos, las metáforas que trasladan relaciones de la experiencia corporal y espacial hacia dominios conceptuales abstractos.
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