En una reunión municipal, tres personas intervienen sobre la misma propuesta, que consiste en cerrar una calle durante un mes para reparar un puente. La ingeniera describe el deterioro de la estructura y la incertidumbre de las mediciones, un comerciante pregunta cómo recibirán mercadería los negocios durante las obras y la alcaldesa explica qué decisión debe adoptarse y qué alternativas se han considerado. Los tres hablan de un mismo asunto. Cada uno hace, sin embargo, algo distinto con sus palabras. Mientras la ingeniera intenta establecer qué se sabe acerca del puente, el comerciante vuelve visible una consecuencia distributiva que la propuesta inicial podría haber pasado por alto y la alcaldesa organiza una deliberación en la que pide autorización para actuar. La eficacia de cada intervención depende del público y de las responsabilidades que le corresponden, además de la corrección de los hechos comunicados.
Este tipo de situación pertenece desde hace siglos al territorio de la retórica. La palabra evoca hoy discursos grandilocuentes, fórmulas de persuasión o estrategias para impresionar a una audiencia, aunque en la tradición intelectual que la produjo su alcance es mucho más amplio. La retórica estudia cómo se construyen argumentos ante destinatarios situados, qué recursos vuelven atendible una afirmación, de qué manera se organizan las razones y cómo cambia el valor de un discurso según las circunstancias de su recepción. Junto con la eficacia, examina la relación entre el procedimiento persuasivo y la verdad, la justicia, la educación o el ejercicio del poder.
La práctica pública de hablar antes de una teoría
En las ciudades griegas antiguas, los discursos judiciales y deliberativos tenían consecuencias prácticas inmediatas. Una acusación podía modificar el destino de un ciudadano; un argumento ante la asamblea podía orientar decisiones colectivas. Las condiciones de participación eran, con todo, muy diferentes de las de una democracia contemporánea, pues amplios sectores de la población quedaban excluidos del ejercicio político formal y hablar ante una audiencia con poder de decisión era una prerrogativa socialmente desigual. La historia de la retórica empieza dentro de ese marco. Sería un anacronismo presentarla como una teoría originariamente universal de comunicación entre individuos iguales.
Los maestros que después fueron agrupados bajo el nombre de sofistas enseñaban habilidades propias de la educación, la argumentación y la intervención pública. Esa categoría reúne autores y prácticas heterogéneas, cuya imagen recibimos en buena medida a través de las polémicas de sus adversarios. Reducirlos a técnicos de la mentira reproduce una caricatura que los estudios históricos deben examinar en su contexto.
Los discursos conservados de la Antigüedad muestran que la persuasión era inseparable de instituciones y convenciones, pues un litigante necesitaba organizar hechos, presentar testigos y anticipar las objeciones de la contraparte; quien intervenía en una asamblea, por su parte, debía relacionar su propuesta con valores compartidos, riesgos futuros y experiencias políticas previas. Las habilidades retóricas se desarrollaron antes de su sistematización académica porque respondían a problemas que las comunidades ya tenían.
Platón y el conflicto entre persuasión y conocimiento
Los diálogos de Platón formularon una crítica que reaparece a lo largo de toda la historia del campo. En el Gorgias, Sócrates interroga la pretensión de que la habilidad para persuadir confiera conocimiento sobre aquello de lo que se habla, ya que un orador puede convencer a personas inexpertas acerca de asuntos médicos o políticos sin comprenderlos mejor que el especialista. El problema es la separación posible entre producir asentimiento y disponer de razones verdaderas. La pregunta afecta a cualquier práctica que recompense la apariencia de autoridad.
El diálogo examina, junto con la condena de las palabras persuasivas, la relación entre saber, poder, deseo y justicia. La figura del orador capaz de influir sobre una asamblea plantea la inquietud de que alguien use un talento discursivo para imponer un resultado al margen de su legitimidad. Esos argumentos pertenecen a una confrontación filosófica concreta, distinta de un diagnóstico histórico de todo el oficio retórico.
El Fedro desarrolla una posibilidad distinta. Allí se discute cómo podría haber un arte de hablar que requiriera conocer su objeto y comprender las diferencias entre los destinatarios, de modo que el discurso bien orientado pudiera dar cuenta de sus razones y organizarse de manera adecuada a lo que pretende comunicar. La reflexión amplía así el problema, desde la habilidad para obtener adhesión hacia las condiciones de una comunicación responsable.
Estos diálogos introducen también una paradoja. Platón critica la retórica mediante obras literariamente elaboradas, con escenas, voces y desplazamientos argumentativos capaces de producir efectos en el lector. La fuerza comunicativa persiste aun bajo la exigencia de verdad. Lo que cabe examinar es qué relación guarda esa fuerza con lo que se sabe y con aquello que todavía se discute.
Aristóteles y el arte de encontrar recursos persuasivos
En la Retórica, Aristóteles elabora una teoría sistemática de los medios disponibles para persuadir en circunstancias determinadas. Su objeto es comprender por qué ciertos argumentos, caracteres presentados y estados afectivos tienen eficacia ante determinados públicos, algo distinto de fabricar discursos victoriosos en cualquier situación. Aristóteles presenta la retórica como contraparte de la dialéctica, porque ambas trabajan con formas de razonamiento que operan fuera de los dominios donde puede alcanzarse una demostración necesaria.
La teoría distingue tres medios de persuasión que se producen mediante el discurso. El ethos concierne a la credibilidad del hablante tal como se construye en la intervención; el pathos, a los estados afectivos de los oyentes; el logos, a los argumentos que el propio discurso presenta. La distinción es analítica. En la práctica, los tres se entrecruzan. Una explicación estadística puede influir en la confianza atribuida al profesional que la presenta. Reconocer una preocupación compartida, a su vez, puede afectar la manera de valorar sus argumentos. Ninguno de los tres medios asegura la corrección de lo que se defiende.
Aristóteles diferencia también el discurso deliberativo, orientado hacia decisiones futuras; el judicial, que examina acciones y responsabilidades del pasado; y el epidíctico, dedicado especialmente a la alabanza, la censura y la afirmación pública de valores. Cada género corresponde a un tiempo y a una función. En una decisión sobre obras públicas se examinan consecuencias venideras y en un juicio se investiga qué ocurrió y qué responsabilidad corresponde, mientras que en una ceremonia conmemorativa se organizan evaluaciones que expresan y refuerzan una orientación comunitaria.
La distinción da una herramienta de lectura sin convertirse en una clasificación excluyente de todos los discursos actuales. Un informe judicial puede anticipar consecuencias de una sentencia y una ceremonia pública puede incluir una reivindicación política. Los géneros antiguos identifican problemas recurrentes de acción y evaluación, aunque las instituciones contemporáneas los combinen de maneras propias.
Entimema, ejemplo y lugares de argumentación
El razonamiento retórico no adopta siempre la estructura explícita de una demostración formal. Aristóteles asigna un lugar central al entimema, una forma de argumento cuyo funcionamiento depende de premisas compartidas o de relaciones de probabilidad y signo. Con esa noción puede estudiarse por qué un discurso persuade cuando parte de supuestos que el público reconoce sin exigir que se enuncien todos.
Consideremos «El puente muestra daños estructurales; corresponde restringir el tránsito». El argumento presupone una relación entre daño y seguridad que podría ser razonable, aunque necesita concretarse según las condiciones y alternativas disponibles. Si una audiencia comparte esa premisa, la conclusión parece surgir naturalmente. Ante otra audiencia quizá sea necesario explicar la clase de daño, su incertidumbre y las consecuencias de mantener abierto el paso. La economía del entimema depende del conocimiento y de los valores en juego.
Los tópoi, o lugares de argumentación, son puntos desde los cuales buscar razones mediante comparaciones, relaciones de causa, consecuencias, definiciones y otros esquemas. En este sentido técnico, los lugares comunes son recursos de invención que orientan la investigación de qué podría contar como argumento en una controversia, un sentido distante del que hoy tiene la expresión, reservada a las frases gastadas. Su empleo requiere discernimiento porque un esquema puede generar buenas preguntas y también analogías engañosas.
El ejemplo tiene otra función. Una experiencia anterior con el cierre de una calle puede ilustrar un riesgo logístico y ayudar a deliberar, si bien para saber si este caso seguirá el mismo curso hay que comparar las circunstancias de ambos. La retórica permite entender por qué el precedente resulta persuasivo y obliga a examinar qué semejanzas cuentan. La distinción entre argumentar con analogías, generalizar y demostrar causalidad se desarrollará con mayor detalle en el análisis de la argumentación.
Ethos, construcción y discusión de la autoridad
La credibilidad del hablante excede una lista de títulos. En la perspectiva aristotélica, el ethos se construye en parte mediante el discurso mismo, en la manera de presentar los hechos, en el reconocimiento de límites y en la relación que establece con quienes deben juzgar. Una persona de gran prestigio institucional puede perder credibilidad al ocultar información relevante, mientras que otra, sin una posición jerárquica elevada, puede ganar atención cuando explica con precisión algo que conoce de primera mano.
Es útil separar la credibilidad previa, procedente de reputación o cargo, de la que se desarrolla durante una intervención. Un experto que declara su incertidumbre metodológica puede parecer menos categórico y dar, precisamente por eso, razones para ser considerado confiable, mientras que un orador que comunica cifras muy precisas sin explicar su procedencia produce una apariencia de seguridad cuyo valor epistémico el público no tiene cómo evaluar.
El ethos también se distribuye socialmente. A ciertas voces se les atribuye autoridad antes de escuchar sus argumentos; a otras se les exige una carga de prueba desproporcionada, una desigualdad que depende de instituciones, prejuicios y normas de reconocimiento. Analizar la construcción de credibilidad permite, sin aceptar por ello las jerarquías existentes, preguntarse por qué una intervención recibe atención y qué condiciones impiden que otras sean evaluadas según su contenido.
En los documentos científicos y clínicos, la autoridad escrita puede sobrevivir al encuentro original, como cuando una afirmación formulada provisionalmente se incorpora a un informe, aparece después citada por otros profesionales y adquiere un peso que quizá no tenía en la primera consulta. La forma retórica del documento interviene en esa trayectoria. Conservar fuentes, reservas y criterios de corroboración permite que la confianza dependa de razones examinables.
Pathos y reconocimiento de lo que está en juego
La tradición clásica estudió las emociones como componentes de las circunstancias de juicio, porque el temor, la indignación, la compasión y la esperanza pueden modificar la atención que un público presta a determinados aspectos de un problema. Una propuesta de seguridad puede ser evaluada de otro modo después de conocer el relato de una persona que sufrió un accidente. El efecto no es necesariamente ilegítimo. El episodio vuelve visible un daño que una tabla agregada quizá no comunicaba con facilidad. Saber si la propuesta es eficaz exige, en cambio, otra clase de evidencia.
Apelar a las emociones incluye operaciones muy diferentes, desde hacer inteligible la gravedad de un acontecimiento o reconocer una pérdida compartida hasta explotar el miedo mediante amenazas que la evidencia no sostiene. La validez de la apelación depende de su contenido, su proporcionalidad y sus consecuencias, además de su capacidad para movilizar.
Una deliberación enteramente desprovista de valoración sería difícil de comprender. Elegir entre alternativas requiere saber qué resultados se consideran deseables, quién soportará los costos y qué riesgos pesan. Las emociones participan en la identificación práctica de esos intereses, aunque necesitan dialogar con descripciones y pruebas. Presentarlas como enemigas de todo razonamiento oscurece la forma en que las decisiones reales conectan evidencia y valor.
En la escritura de salud mental hay un riesgo específico. Un relato individual muy conmovedor puede promover comprensión y, a la vez, sugerir una generalización epidemiológica injustificada. La retórica responsable conserva el valor de la experiencia y delimita lo que esa experiencia permite inferir. El respeto por una persona y la evaluación de una afirmación poblacional son operaciones distintas.
La retórica romana como formación del orador
Cicerón y Quintiliano ampliaron el lugar de la retórica dentro de la educación y de la vida pública romana. En De oratore, Cicerón presenta el ideal de una formación capaz de integrar competencia verbal, conocimiento de los asuntos humanos y juicio sobre situaciones concretas. El orador que allí se describe interpreta conflictos, organiza respuestas y adecua sus recursos a una comunidad política, tareas que exceden la memorización de fórmulas.
Quintiliano, en la Institutio oratoria, desarrolló un programa educativo extenso. Su ideal del vir bonus dicendi peritus, el hombre bueno diestro en hablar, liga la excelencia retórica con el carácter. Esa aspiración necesita leerse dentro de su horizonte histórico. Expresa la exigencia normativa de que la educación del hablante forme también su carácter, sin dar por sentado que quien domina técnicas de expresión vaya a actuar justamente.
La tradición latina sistematizó operaciones de preparación que suelen enseñarse como cinco cánones, la inventio o búsqueda de argumentos, la dispositio u ordenamiento, la elocutio o elección y configuración verbal, la memoria o preparación para recordar y la actio (o pronuntiatio), que es la realización oral. Se trata de categorías históricas de trabajo, cuya distribución exacta cambió entre autores y épocas, útiles para comprender que el discurso puede evaluarse en etapas distintas.
Esas categorías conservan uso actual, porque preparar una exposición académica requiere decidir qué evidencia merece inclusión, organizar su jerarquía y encontrar una formulación inteligible; la presentación oral exige además recordar el contenido y administrarlo ante el público. La calidad de una diapositiva pertenece a una dimensión diferente de la validez de la investigación que presenta, aunque ambas influyan en la comunicación del resultado.
Elocución, figuras y efectos de estilo
La elocutio se ocupa de la elección y disposición de recursos expresivos. En la enseñanza corriente se la identifica con figuras como metáfora, antítesis, paralelismo, anáfora o pregunta retórica, pero su repertorio comprende también registros, ritmos, claridad, propiedad terminológica y adecuación. Identificar una figura dice poco sobre su aporte, que depende de la relación entre forma, asunto y destinatario.
«El presupuesto es una manta demasiado corta» puede comunicar que existen necesidades que no pueden satisfacerse simultáneamente. La metáfora concentra en una imagen el problema de la escasez y puede, al mismo tiempo, ocultar decisiones distributivas sobre quién recibe protección, qué alternativas existen y por qué unas necesidades se consideran prioritarias. Una figura puede facilitar el acceso al problema y dejar fuera distinciones que el público necesitaría recuperar.
La repetición merece el mismo examen. En un discurso oral ayuda a conservar una idea y a organizar la atención de oyentes que no pueden volver a leer la oración anterior, mientras que en un artículo científico puede volverse redundante cuando cada párrafo repite, con palabras distintas, una promesa que ya se formuló. El ritmo adecuado depende del soporte y de la actividad. Cuando se confunde elegancia con ornamentación, se añaden recursos en lugares donde lo que falta es una relación argumentativa.
Edad Media, escuelas y transformación de los géneros
Durante la Edad Media, la retórica continuó transmitiéndose dentro de las artes liberales y se articuló con nuevas prácticas de enseñanza y escritura. La organización del trivium, que comprendía gramática, retórica y dialéctica, situó los problemas de expresión y razonamiento en una formación compartida. Hay que evitar una imagen de estancamiento uniforme. Los usos dependían de instituciones, regiones y periodos diversos y la tradición clásica se modificó al entrar en contextos jurídicos, religiosos y administrativos.
El ars dictaminis desarrolló convenciones para redactar cartas dentro de circuitos donde la escritura coordinaba peticiones, órdenes y relaciones de autoridad. Otras tradiciones, como las artes de la predicación y de la composición, ampliaron los recursos para organizar intervenciones dirigidas a públicos específicos. El soporte material y las reglas institucionales condicionaban la forma, de manera que una carta que solicite un favor a una autoridad y una instrucción dirigida a un subordinado pueden compartir vocabulario y necesitar, sin embargo, movimientos retóricos distintos.
El humanismo renacentista revaloró ciertos modelos clásicos, expandió la enseñanza de la composición y promovió debates sobre la relación entre elocuencia y formación intelectual. La imprenta alteró las condiciones de circulación de textos y manuales, sin producir de inmediato una cultura homogénea de lectura; la retórica se desplazó entre la enseñanza de la palabra pública, la escritura epistolar, la predicación, la literatura y las controversias eruditas.
Razón, gusto y lenguaje público en la modernidad
Los cambios intelectuales de los siglos XVII y XVIII modificaron la posición de la retórica. El desarrollo de prácticas científicas, las críticas al estilo artificioso y las nuevas concepciones de la evidencia impulsaron una exigencia de claridad que, en algunas tradiciones, se presentó en oposición a los procedimientos persuasivos. La relación histórica fue más compleja, porque las nuevas formas de argumentar también necesitaron géneros, audiencias, metáforas, controversias y convenciones de presentación.
Una descripción experimental sigue dependiendo de la retórica aun cuando elimine adornos, porque alguien debe decidir qué materiales exponer, cómo construir la secuencia, qué incertidumbre declarar y qué objeciones anticipar. La evidencia puede ser sólida y requerir trabajo retórico para hacerse inspeccionable. El problema es mantener separadas la accesibilidad de la formulación y la suficiencia probatoria.
La idea de buen gusto, las discusiones sobre estilo y las normas de urbanidad reorganizaron también lo que distintas comunidades consideraban una intervención aceptable. Algunas exigencias favorecieron la claridad y la cooperación; otras codificaron jerarquías de clase, educación y acceso a instituciones. Una historia crítica necesita preguntarse quién definía la forma correcta y qué hablantes quedaban desautorizados por no dominarla.
El siglo XX y una nueva teoría de la argumentación
Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca (1958/1969) publicaron el Traité de l'argumentation, conocido en inglés como The New Rhetoric. Su proyecto buscó comprender las formas de razonamiento que persiguen la adhesión de un auditorio y que no pueden reducirse a una demostración formal, formas en las que cuentan los destinatarios, los puntos de acuerdo, los valores y las maneras de justificar una conclusión en condiciones de discusión.
La noción de auditorio ocupa el centro de la propuesta. Un argumento se construye pensando en quienes deben aceptarlo, con sus conocimientos, compromisos y criterios de razonabilidad. Perelman y Olbrechts-Tyteca distinguen los auditorios particulares de la construcción de una idea de auditorio universal, figura normativa que el hablante construye y que ninguna población real de oyentes encarna. Esa construcción permite interrogar la pretensión de validez que un hablante atribuye a sus razones, sin ofrecer por ello una garantía de imparcialidad.
Stephen Toulmin, en The Uses of Argument (1958), también cuestionó que todas las formas de justificación puedan evaluarse mediante un único ideal formal desligado de sus campos de uso. Su propuesta desarrolló un vocabulario para examinar afirmaciones, datos, garantías y otras funciones del argumento, que se estudia en la lectura siguiente; en este punto cuenta el movimiento histórico que comparte con la nueva retórica, el de volver a describir cómo justificamos efectivamente conclusiones ante personas capaces de discutirlas.
En estas propuestas, la adhesión de un auditorio es un hecho que debe explicarse, distinto de un criterio de verdad, ya que un auditorio puede estar convencido por razones deficientes del mismo modo que un argumento sólido puede ser rechazado. Estudiar la dimensión persuasiva permite reconocer las condiciones del juicio público y evaluar cuándo la presentación facilita o distorsiona el examen de la evidencia.
Kenneth Burke y la identificación
Kenneth Burke amplió la perspectiva retórica al estudiar el lenguaje como acción simbólica. En A Grammar of Motives (Burke, 1945) examinó formas de describir las motivaciones de la conducta; en A Rhetoric of Motives (Burke, 1950) situó la identificación en el centro de su reflexión. Junto con las razones explícitas, la persuasión puede apoyarse en que los participantes reconocen pertenencias, valores y experiencias que les permiten interpretar una intervención como dirigida a ellos.
La identificación puede construirse mediante expresiones aparentemente sencillas. «Quienes trabajamos en este servicio conocemos el problema» presenta al hablante y a su audiencia como integrantes de una comunidad de experiencia. La frase puede aportar una base legítima de conocimiento compartido y también excluir a quienes no pertenecen a ese grupo o convertir una posición discutible en supuesta opinión colectiva. Analizar el recurso exige preguntar quién queda incluido, quién habla en nombre de quién y qué diferencias internas se borran.
Burke permite considerar como retóricas prácticas que no adoptan la forma de un discurso persuasivo clásico, como las ceremonias, los símbolos institucionales y ciertas narraciones, capaces de producir identificación sin presentar una tesis explícita. De ahí que el análisis retórico se extienda a la cultura, a la literatura y a las formas ordinarias mediante las cuales los grupos se presentan a sí mismos. En el terreno de la novela, Booth (1961/1983) había mostrado que las técnicas narrativas son también recursos retóricos con los que el autor orienta el juicio del lector.
La perspectiva también tiene límites. Para atribuir al hablante motivos psicológicos privados a partir de una expresión de identidad compartida se necesita otra clase de evidencia, ya que un grupo puede repetir una consigna por obligación, ironía, hábito o adhesión genuina. La interpretación retórica necesita observar los usos y, cuando sea posible, las respuestas de los destinatarios.
Situación retórica, necesidad, público y restricciones
Lloyd Bitzer (1968) propuso estudiar la situación retórica como un conjunto de circunstancias que hacen pertinente una respuesta discursiva. Su formulación distingue una exigencia o problema susceptible de modificación, una audiencia capaz de intervenir en esa modificación y restricciones que condicionan las respuestas disponibles. La propuesta desplaza la atención desde el orador aislado hacia los acontecimientos, las relaciones y las condiciones bajo las cuales hablar puede producir efectos.
La idea permite examinar nuestra reunión sobre el puente. La situación incluye un problema de seguridad y una decisión pública pendiente; el auditorio relevante comprende, entre otros, a quienes tienen capacidad de autorizar o modificar la intervención. Las restricciones abarcan normas técnicas, recursos económicos, responsabilidades y efectos del cierre sobre los usuarios. Una intervención sobre el puente puede ser impecable como exposición de ingeniería y resultar insuficiente como propuesta municipal si no explica qué decisión se requiere.
El modelo ha recibido críticas porque la relación entre situación y discurso va en ambas direcciones, ya que los hablantes también definen públicamente qué cuenta como problema, a quién corresponde resolverlo y por qué una circunstancia merece urgencia. Una comunidad puede discutir si lo principal es el deterioro del puente, la distribución desigual de los costos o la falta de mantenimiento anterior. El discurso contribuye a configurar la situación que después se presenta como su origen.
Esta tensión resulta especialmente visible en documentos institucionales. Un formulario determina qué preguntas se consideran pertinentes y un informe puede convertir una dificultad heterogénea en una categoría única que habilita cierta intervención. Analizar la situación retórica exige seguir ese trabajo de delimitación, sin dar por natural el problema tal como lo enuncia quien dispone de autoridad para registrarlo.
Género retórico y acción social
Carolyn Miller (1984) propuso comprender el género como una forma de acción social reconocible dentro de situaciones recurrentes, algo que excede una estructura formal y un conjunto de rasgos estilísticos. Una disculpa institucional, una convocatoria científica, un informe clínico y una apelación administrativa hacen cosas diferentes. Sus formas se estabilizan porque responden a necesidades de coordinación que las comunidades reconocen.
La perspectiva modifica lo que significa aprender a escribir. Dominar un género implica comprender qué propósito cumple, qué cuenta como evidencia y qué respuestas puede provocar. Una carta de rechazo puede ser gramaticalmente impecable y fallar en su función si omite explicar una decisión que el destinatario tiene derecho a conocer, del mismo modo que una introducción académica puede contener antecedentes relevantes sin llegar nunca a formular el problema de investigación que organiza el artículo.
Los géneros también producen efectos sobre quienes participan. Un formulario con casillas predeterminadas permite comparar casos y puede dejar sin lugar experiencias que desbordan esas categorías; una plataforma digital modifica cuándo una intervención se considera presentada, leída o aceptada. Las convenciones hacen posible la acción y delimitan qué acciones quedan disponibles, por lo que estudiar su retórica requiere examinar texto, soporte y organización institucional.
Una forma puede repetirse mientras su función cambia. Los mensajes instantáneos transformaron algunas convenciones de la carta; los sistemas de publicación científica incorporaron nuevas declaraciones y modalidades de revisión. Las formas cambian con la actividad y con los medios aunque continúen usando nombres conocidos, de modo que el género es una regularidad histórica que necesita observarse en una comunidad concreta.
Retórica, ciencia y comunicación de la incertidumbre
La ciencia ilustra bien el sentido amplio de la retórica. Un artículo organiza observaciones dentro de argumentos que otros investigadores deben poder revisar, con apartados de métodos, resultados y discusión que distribuyen responsabilidades y con tablas, cifras, gráficas y referencias bibliográficas que crean vías específicas para sustentar afirmaciones. El estudio retórico puede examinar cómo se presentan esos recursos sin sustituir la evaluación científica de su validez.
Supongamos dos formulaciones, «La intervención produjo una mejoría» y «Se observó una reducción de la puntuación media durante el seguimiento». La primera atribuye causalidad y emplea una valoración general; la segunda describe un resultado limitado a una medida y a un periodo. La elección tiene consecuencias retóricas y epistémicas, pues orienta lo que el lector puede considerar demostrado y modifica la fuerza de la inferencia. Una redacción más convincente puede ser menos fiel a la evidencia.
Una discusión responsable debe exponer también las alternativas plausibles, ya que pérdidas de seguimiento, cambios de medicación o diferencias basales pueden alterar la interpretación. La posición que ocupan las reservas también cuenta, porque una limitación relegada al final puede recibir menos atención que la misma limitación incorporada a la conclusión que afecta. La retórica de la ciencia incluye, por eso, el análisis de cómo se administra la incertidumbre y de quién debe responder por cada afirmación.
En divulgación, la dificultad cambia. El público puede desconocer vocabulario y procedimientos que el artículo científico presupone. Explicar exige seleccionar y traducir conservando las diferencias entre un hallazgo exploratorio, una asociación replicada y una aplicación demostrada. La eficacia pública puede medirse por comprensión, por capacidad de discutir razones o por comportamiento, según la actividad, con medidas que captan aspectos distintos.
Un caso con tres discursos sobre una misma decisión
Volvamos al puente que requiere reparación e imaginemos tres fragmentos elaborados exclusivamente para este ejercicio.
Ingeniera: «La inspección identificó daños en dos apoyos. No podemos estimar con suficiente seguridad cuánto resistirán bajo el tránsito actual. Recomiendo una restricción preventiva mientras completamos la evaluación».
Comerciante: «Comprendo la necesidad de seguridad. Si la calle se cierra sin un acceso alternativo, nuestros locales dejarán de recibir mercadería. Necesitamos saber qué ruta quedará disponible».
Alcaldesa: «La prioridad es prevenir accidentes. Propongo aprobar una restricción temporal condicionada a habilitar un acceso de abastecimiento y publicar el calendario de obras».
La ingeniera produce un ethos técnico mediante la precisión de lo observado y el reconocimiento de la incertidumbre. Su recomendación conecta un riesgo con una acción prudente sin declarar que el colapso sea inevitable, pues el fundamento de la medida es precisamente la imposibilidad de asegurar una operación normal con los datos actuales.
El comerciante modifica el marco inicial. Acepta la relevancia de la seguridad y agrega una consecuencia para un grupo afectado. Su intervención podría analizarse como una concesión seguida de una condición práctica, que acepta el diagnóstico técnico y hace visible un costo que debe incorporarse a la decisión. La posición del hablante introduce una fuente de conocimiento situada, la de quien conoce la logística cotidiana de los negocios.
La alcaldesa intenta convertir las posiciones anteriores en una propuesta institucional con condiciones. Su discurso deliberativo trata seguridad y abastecimiento como objetivos compatibles y formula una medida temporal junto con una exigencia de implementación. La legitimidad de la propuesta dependerá de si el acceso alternativo es viable, si los plazos son realistas y si el procedimiento decisorio cumple las normas pertinentes, cuestiones que la formulación retórica facilita discutir y que habrá que evaluar después.
El ejemplo muestra por qué un análisis restringido a contar apelaciones emotivas sería insuficiente, ya que las intervenciones producen diferentes derechos de conocimiento, expresan intereses parcialmente convergentes y construyen un problema común que se modifica durante el intercambio. Indica también los límites del analista, que para atribuir a cada participante una intención privada, o para juzgar si la decisión fue la mejor de las disponibles, necesitaría información que los fragmentos no contienen.
Medios digitales y persuasión automatizada
Las plataformas actuales cambian las condiciones de circulación de los discursos. Una publicación puede dirigirse inicialmente a una comunidad pequeña y alcanzar después audiencias desconocidas; los sistemas de recomendación influyen en qué mensajes se muestran y en qué orden. El registro permite medir reacciones, visualizaciones y compartidos, aunque esas cifras dicen poco sobre comprensión, acuerdo o cambio de convicción. Una afirmación difundida masivamente puede haber circulado por controversia, ironía o rechazo.
Las interfaces aportan recursos retóricos propios. El tamaño de un botón, la disposición de las alternativas y el modo en que se formula una solicitud pueden modificar las decisiones de los usuarios, un efecto que exige un análisis capaz de incorporar lenguaje y diseño material. La palabra escrita en una pantalla no agota la situación si el destinatario carece de una oportunidad real de revisar las condiciones o de rechazar lo propuesto.
Los modelos generativos plantean otro problema. Un sistema puede producir explicaciones con tono profesional, adaptarse a la lengua del usuario e introducir fuentes con apariencia académica, propiedades capaces de generar credibilidad sin que las afirmaciones hayan sido verificadas. El ethos textual de una respuesta y el estatuto epistémico del procedimiento que la produjo pertenecen a planos distintos; si el modelo presenta una inferencia como dato confirmado, una buena organización retórica aumenta el riesgo de que el error pase inadvertido.
La vigencia de una tradición discutida
La historia de la retórica conserva interrogantes que no desaparecen con nuevos medios, porque una comunidad necesita decidir sobre hechos inciertos, escuchar voces que tienen conocimientos diferentes y expresar razones con suficiente claridad para que otros puedan discutirlas. En cada intervención se distribuyen autoridad, atención y oportunidades de respuesta. La organización del discurso influye sobre ese proceso, incluso cuando nadie pretende pronunciar un gran discurso público.
La tarea crítica consiste en poder decir qué hace un discurso, por qué ciertas formas favorecen una interpretación y qué razones existen para aceptar o rechazar sus afirmaciones. Saber reconocer un recurso retórico aumenta nuestra capacidad para escribir y leer con cuidado, mientras que decidir si una proposición es verdadera requiere examinar la relación entre las afirmaciones, sus garantías y sus posibles objeciones, tarea que pide un análisis más detallado de la argumentación.
Referencias
- Aristóteles. (s. IV a. C.). Retórica (ediciones y traducciones diversas). Para un estudio de sus categorías: Stanford Encyclopedia of Philosophy, «Aristotle's Rhetoric». https://plato.stanford.edu/entries/aristotle-rhetoric/
- Bitzer, L. F. (1968). The rhetorical situation. Philosophy & Rhetoric, 1(1), 1–14. https://www.jstor.org/stable/40236733
- Booth, W. C. (1983). The Rhetoric of Fiction (2.ª ed.; obra original publicada en 1961). University of Chicago Press. https://press.uchicago.edu/ucp/books/book/chicago/R/bo5965941.html
- Burke, K. (1945). A Grammar of Motives. Prentice-Hall.
- Burke, K. (1950). A Rhetoric of Motives. Prentice-Hall. Edición disponible en University of California Press. https://www.ucpress.edu/books/a-rhetoric-of-motives/paper
- Cicerón. (s. I a. C.). De oratore (ediciones y traducciones diversas).
- Miller, C. R. (1984). Genre as social action. Quarterly Journal of Speech, 70(2), 151–167. https://doi.org/10.1080/00335638409383686
- Perelman, C., & Olbrechts-Tyteca, L. (1969). The New Rhetoric: A Treatise on Argumentation (J. Wilkinson & P. Weaver, trads.; obra original publicada en 1958). University of Notre Dame Press. https://doi.org/10.2307/j.ctvpj74xx
- Platón. (s. IV a. C.). Gorgias y Fedro (ediciones y traducciones diversas). Para el debate filosófico: Stanford Encyclopedia of Philosophy, «Plato on Rhetoric and Poetry». https://plato.stanford.edu/entries/plato-rhetoric/
- Quintiliano. (s. I d. C.). Institutio oratoria (ediciones y traducciones diversas). Edición de consulta: https://penelope.uchicago.edu/Thayer/E/Roman/Texts/Quintilian/Institutio_Oratoria/home.html
- Toulmin, S. E. (1958). The Uses of Argument. Cambridge University Press.