La instrucción que nadie formuló
Durante una reunión, la directora de un equipo comenta Sería conveniente que el informe estuviera listo antes del viernes. Mira brevemente a la persona encargada del documento y continúa con el siguiente punto de la agenda. Al terminar, esa persona anota que debe enviarlo el jueves. La frase tenía forma de valoración y fue recibida como una instrucción. Ninguna palabra especificaba quién debía realizar la tarea y, sin embargo, el destinatario resultó reconocible.
Una descripción pragmática del episodio diría que el contenido literal de la oración no agota la acción que se lleva a cabo al pronunciarla. Otra, formulada como un problema de teoría de la mente, diría que el encargado del informe atribuyó a la directora una intención que ella no expresó directamente. Ambas descripciones son correctas y dejan fuera una parte importante de lo sucedido. El lugar institucional de la directora, la mirada, los compromisos anteriores y la posición de la intervención dentro de la reunión contribuyeron a producir la interpretación. El encargado no resolvió un acertijo mental aislado. Actuó dentro de una práctica social que ya distribuía responsabilidades.
Esta es la entrada más útil a la cognición social. Bajo ese nombre se estudian las capacidades para percibir conductas de otros, inferir metas, reconocer relaciones, anticipar acciones y coordinar la propia conducta con ellas. La teoría de la mente, examinada en la lectura Teoría de la mente y pragmática, se concentra en representar creencias, conocimientos, deseos y otros estados mentales. La cognición social abarca además procesos que operan con información menos elaborada, como seguir una mirada, reconocer una invitación, identificar un movimiento dirigido a un objeto, advertir una norma que ha sido vulnerada o ajustar el ritmo de una actividad compartida.
La comunicación humana explota todos estos recursos. Una palabra puede dirigir la atención, pero su fuerza social depende de quién la dice y a quién se dirige. A la inversa, un gesto puede resultar plenamente comunicativo sin acompañamiento verbal. La relación entre lenguaje y cognición social se comprende mejor cuando se parte de acciones situadas y se examina qué inferencias necesita cada una.
Cómo se reconoce una meta en una conducta
Observar un brazo que se desplaza hacia una taza es registrar movimiento. Interpretar que alguien quiere beber, retirar la taza para limpiar la mesa o entregársela a otro exige seleccionar una descripción de acción. La información cinemática restringe las hipótesis y el contexto decide cuál de ellas es plausible. Si el observador sabe que la taza está caliente, también puede anticipar un movimiento de retirada antes de que ocurra.
Los trabajos de Gergely, Nádasdy, Csibra y Bíró (1995) mostraron que bebés de doce meses pueden interpretar ciertas secuencias como acciones orientadas a metas. En experimentos con agentes que evitaban obstáculos para alcanzar un objetivo, la conducta posterior de los observadores resultaba sensible a si la trayectoria seguía siendo racional cuando cambiaban las condiciones. La evidencia sugiere que el sistema infantil dispone de expectativas sobre eficacia instrumental antes de dominar descripciones verbales complejas.
El razonamiento subyacente puede ser bastante económico y reducirse a la expectativa de que un agente que intenta alcanzar algo elegirá una acción compatible con las restricciones y los costos disponibles. Una interpretación teleológica de este tipo no requiere reconstruir explícitamente una proposición como él cree que el objeto sigue detrás del obstáculo. Puede bastar con representar el vínculo entre una meta y los medios adecuados para alcanzarla. En otras situaciones, especialmente cuando la persona actúa sobre información falsa, se necesitan representaciones de conocimiento o creencia más específicas.
Las intenciones difieren también por horizonte temporal y función. Ciaramidaro y colaboradores (2007) estudiaron mediante neuroimagen tareas en las que se inferían metas privadas y sociales, inmediatas o futuras. La clasificación ayuda a distinguir entre anticipar un movimiento, comprender que alguien prepara una acción posterior y reconocer que pretende modificar la conducta de otra persona. Estos problemas pueden coexistir dentro de un episodio. La mano que se acerca a la taza puede querer tomarla para dársela a un invitado.
La pregunta de Premack y Woodruff (1978) sobre si los chimpancés atribuyen estados mentales ayuda a precisar el alcance de estas inferencias. Reconocer una meta visible puede exigir menos que representar lo que un agente sabe de la situación. El salto entre ambas capacidades continúa siendo un problema empírico, especialmente cuando se comparan especies y etapas del desarrollo.
La interpretación suele construirse con información incompleta y rara vez se conocen todos los motivos de quien actúa. En la vida social, la inferencia funciona porque da una hipótesis suficientemente adecuada para coordinarse. Ese carácter probabilístico explica tanto su eficacia como sus errores. Una mano extendida puede confundirse con una petición, una pausa con desaprobación o un silencio con falta de interés.
Una señal dirigida a alguien
El gesto de señalar es un caso especialmente revelador. Un niño puede señalar una botella porque desea que se la entreguen o puede señalar un avión porque quiere compartir su descubrimiento. La dirección física del dedo ayuda a identificar el referente y no indica por sí sola qué pretende el niño. En el segundo caso, la acción tiene sobre todo una finalidad social, la de conseguir que otra persona atienda al mismo acontecimiento.
La atención conjunta aparece cuando los participantes coordinan la atención hacia un referente y cuentan, en alguna medida, con que esa coordinación es compartida. El niño mira el avión, vuelve la mirada hacia el adulto y observa su reacción. El adulto puede responder con la mirada, nombrar el objeto o comentarlo. La escena crea un contexto privilegiado para adquirir vocabulario, en el que la nueva palabra queda relacionada con un foco que los participantes han establecido juntos. Esta coordinación no elimina toda ambigüedad referencial, pero reduce notablemente el espacio de alternativas.
Grice (1957) situó el reconocimiento de intención en el centro del significado comunicativo. Scott-Phillips (2015) desarrolló el argumento desde la evolución de la comunicación humana y destacó la flexibilidad con que se interpretan señales nuevas sin disponer de un código previamente fijado para cada mensaje. Esta tradición ayuda a entender por qué un señalamiento idéntico cambia de sentido cuando el destinatario reconoce que está siendo convocado a una interacción.
A la señal que anuncia que alguien intenta comunicarse se la denomina ostensión. Llamar por el nombre, mirar al destinatario o modular la voz pueden cumplir esa función. En el marco de Sperber y Wilson (1995), la comunicación ostensivo-inferencial ocurre cuando el emisor hace reconocible su intención de transmitir información. Una mirada casual hacia la ventana puede dar al observador una pista sobre dónde ocurre algo. Una mirada deliberadamente dirigida al interlocutor y seguida de un gesto invita a interpretarla como parte de un mensaje.
Csibra y Gergely (2009) propusieron que ciertas señales ostensivas tienen una función especial en el aprendizaje humano. Su teoría de la pedagogía natural sostiene que los niños pueden interpretar esas señales como indicios de información cultural generalizable, más allá de un episodio concreto. La propuesta ha sido fértil porque conecta aprendizaje social con comunicación intencional, aunque sus predicciones deben evaluarse según edad, tarea y propiedades del material. No todo contacto ocular es enseñanza ni toda acción demostrativa comunica una regla general.
Tomasello y colaboradores (2005) colocaron la intencionalidad compartida en el centro de la cognición cultural humana. Su argumento distingue actuar junto a otro de participar en una actividad con una meta reconocida como común. Dos personas pueden mover muebles simultáneamente sin cooperar. Al levantar entre ambas una mesa pesada, deben representar tareas complementarias y anticipar ajustes mutuos. La comunicación permite crear y modificar esas metas compartidas, aunque parte de la coordinación se realiza mediante acciones y expectativas aprendidas antes de formularlas verbalmente.
Los estudios de acción conjunta han buscado señales de esa representación compartida en tareas más simples que levantar una mesa. Sebanz, Bekkering y Knoblich (2006) revisaron experimentos en los que dos participantes reparten respuestas que una sola persona podría realizar. Bajo determinadas condiciones, la acción del compañero influye en los tiempos de respuesta propios, incluso cuando las instrucciones permiten atender únicamente al estímulo asignado. La interpretación es que los participantes codifican parcialmente la tarea ajena o las alternativas de acción disponibles en la situación conjunta. El efecto demuestra que la conducta del otro puede entrar en el sistema de selección de la propia respuesta, aunque no prueba que los participantes compartan una intención elaborada.
Esta escala mínima sirve para enlazar coordinación motora y conversación. En un diálogo, la intervención del otro delimita alternativas, mientras el hablante prepara una respuesta compatible con ellas. La meta compartida puede ser tan modesta como terminar de concertar una hora y no necesita formularse explícitamente en cada turno. Cuando las expectativas dejan de coincidir, aparecen señales de desajuste, como pausas, solicitudes de aclaración o repeticiones. Esas reparaciones forman parte del mecanismo de coordinación y un modelo ideal de comunicación no debería excluirlas como simples accidentes.
Mirada, gesto y voz como evidencia combinada
Las señales sociales rara vez llegan aisladas. Un oyente interpreta simultáneamente palabras, posición corporal, trayectoria de mirada, gestos, ritmo del intercambio y conocimientos sobre la situación. Cuando todos los canales apuntan hacia una misma acción, la inferencia parece inmediata. Las discordancias obligan a revisar la hipótesis, como ocurre cuando una persona dice Estoy bien mientras llora o cuando otra felicita con una entonación ostensiblemente irónica.
La mirada informa sobre posibles objetos de atención y puede regular también los turnos conversacionales. Cerca del final de una intervención, dirigir los ojos al interlocutor ayuda a cederle la palabra. Su significado, sin embargo, depende de las convenciones locales y de la relación entre participantes. Evitar el contacto ocular puede expresar respeto, incomodidad, esfuerzo cognitivo o solo un hábito. Interpretarlo sin conocer el contexto conduce con facilidad a atribuciones psicológicas injustificadas.
Los gestos añaden información de otra manera. Algunos son deícticos y señalan objetos. Otros representan movimientos, tamaños o trayectorias. Los gestos llamados batónicos acompañan el ritmo del discurso y contribuyen a organizar su prominencia. McNeill (1992) defendió que el habla y el gesto forman partes de un sistema expresivo coordinado, en el que los movimientos de la mano pueden preservar relaciones espaciales que la oración deja implícitas. En ocasiones, las manos anticipan una relación que el hablante todavía intenta verbalizar.
La prosodia completa el cuadro. Ven aquí puede pronunciarse como invitación, urgencia o amenaza. El contorno tonal y la intensidad orientan la interpretación sin ser códigos afectivos infalibles. Algo parecido ocurre con el rostro, donde una ceja fruncida admite lecturas distintas según la situación. El observador utiliza probabilidades aprendidas. En una entrevista clínica sería un error convertir una expresión facial en acceso directo al estado mental privado.
Esta combinación multimodal explica por qué transcribir las palabras de una interacción puede conservar el contenido proposicional y perder la acción realizada. Los registros de conversación que incorporan pausas, solapamientos, mirada o gestos permiten estudiar cómo los participantes llegan a una interpretación y en qué momento la corrigen.
La acción se reconoce en la secuencia
Una pregunta orienta la interacción hacia un conjunto de respuestas posibles. Una oferta abre la posibilidad de aceptar o rechazar. Cuando alguien dice ¿Quieres café? y recibe No, gracias, el segundo turno demuestra cómo se trató el primero. La conversación contiene evidencia pública sobre la interpretación que cada participante atribuye a las acciones del otro.
Esa evidencia es una ventaja metodológica frente a inferir intenciones únicamente desde una frase aislada. El análisis de la conversación examina qué acción se vuelve reconocible por su posición secuencial y qué respuesta suscita. Si el destinatario interpreta Sería bueno tener el informe antes del viernes como una petición y responde Lo envío el jueves, la intervención posterior aporta evidencia de esa lectura. Sigue siendo posible que el emisor tuviera un motivo adicional, pero ese motivo privado es una pregunta diferente.
Las reparaciones son especialmente informativas. Una pregunta como ¿Te refieres al informe preliminar? convierte una interpretación provisional en algo que puede confirmarse o modificarse. Los humanos no necesitan acertar todas las intenciones al primer intento y han desarrollado procedimientos para detectar divergencias y negociarlas. Gran parte del éxito comunicativo depende de esa posibilidad de corrección.
El habla espontánea incorpora también predicciones sobre el fin del turno. Muchas respuestas comienzan después de intervalos breves, lo que indica que el oyente preparó parte de su intervención antes de que terminara la anterior. El contenido lingüístico ayuda a anticipar cómo concluirá una pregunta. La prosodia y los movimientos corporales aportan información sobre cuándo se cederá la palabra. La coordinación temporal se construye, por tanto, con sistemas lingüísticos y sociales en funcionamiento simultáneo.
Pickering y Garrod (2004) propusieron el alineamiento interactivo para explicar por qué los interlocutores tienden a reutilizar palabras, estructuras sintácticas y modelos de situación. Cuando ambos aceptan llamar el patinador a una figura ambigua, la expresión puede estabilizarse durante el intercambio. Parte de esa convergencia surge de priming, repetición y aprendizaje reciente. No hace falta postular una negociación deliberada de cada elección lexical.
La inferencia de intención y el alineamiento cooperan. La primera ayuda a anticipar qué acción es relevante y el segundo facilita que los participantes utilicen representaciones compatibles. Una conversación eficaz puede contener pocos razonamientos explícitos sobre la mente del otro y depender, aun así, de una sensibilidad continua a sus respuestas.
Cooperar, competir y atribuir responsabilidad
El trabajo compartido no siempre es altruista ni toda comunicación busca informar. Un vendedor pretende persuadir, un jugador puede fingir una trayectoria y dos colegas pueden competir por reconocimiento. La capacidad de anticipar metas ajenas sirve tanto para cooperar como para detectar engaños.
La vida social exige además construir representaciones relativamente duraderas de las personas. Una conducta generosa puede influir en la confianza que se deposita en alguien y varias conductas similares pueden dar origen a un juicio de rasgo. El lenguaje acelera esta generalización. Entregó el informe con retraso describe un episodio; es irresponsable convierte el episodio en una propiedad estable del agente. La segunda formulación puede orientar futuras decisiones y exagerar la evidencia disponible.
Las reputaciones circulan mediante conversaciones sobre terceros, que transmiten información sobre cooperación y normas a personas que no estuvieron presentes. Este intercambio también introduce problemas de procedencia. Es posible que una evaluación reputacional se origine en observación directa, rumor, rivalidad o una interpretación inadecuada. La habilidad social que permite aprender de otros puede también multiplicar errores compartidos.
Las normas modifican, por otra parte, la lectura de una intención. Salir abruptamente de una reunión puede considerarse descortés si todos debían permanecer, pero apropiado si la persona fue llamada a una urgencia. Para juzgar la conducta hacen falta expectativas del rol y conocimiento de las circunstancias. En la evaluación moral y jurídica, la distinción entre un daño accidental, negligente o deliberado modifica decisivamente la atribución de responsabilidad.
El problema tiene una dimensión lingüística concreta. Las oraciones Rompió el vaso, se le rompió el vaso e intentó romperlo distribuyen de manera distinta la agencia, el control y la intención. Esas expresiones pueden describir acontecimientos relacionados y orientar valoraciones diferentes. El analista necesita distinguir qué información se encuentra en la frase y cuál aporta el intérprete desde su conocimiento de la situación.
Una dificultad persistente es la tendencia a atribuir rasgos estables donde bastaría una explicación situacional. La psicología social ha documentado variantes de ese sesgo bajo el nombre de error fundamental de atribución. No aparece con la misma fuerza en todas las culturas ni en todas las tareas, pero recuerda que la lectura de intenciones no es una ventana transparente a las causas de la conducta.
Del cerebro que observa al cerebro que participa
Los estudios de cognición social señalan un conjunto distribuido de regiones (Frith y Frith, 2007). El surco temporal superior participa en el procesamiento de señales dinámicas, entre ellas movimiento biológico y mirada. La unión temporoparietal se ha relacionado con inferencias sobre perspectivas y creencias. Sectores prefrontales mediales aparecen en tareas de razonamiento sobre personas y rasgos. La amígdala contribuye a evaluar determinados estímulos social y afectivamente relevantes. Las funciones varían dentro de cada territorio y según el contraste empleado.
Frith y Frith (2012) propusieron distinguir mecanismos sociales relativamente automáticos, presentes en muchas especies, de formas de inferencia reflexiva que aprovechan capacidades humanas más complejas. En un metaanálisis de estudios sobre rasgos, intenciones y conocimiento social, Van Overwalle (2009) mostró regularidades anatómicas junto con diferencias según el tipo de inferencia. Ciaramidaro y colaboradores (2007) encontraron perfiles distintos en tareas que exigían atribuir intenciones sociales frente a intenciones privadas.
Estos datos no justifican afirmar que existe una región cerebral donde «se entiende a los demás». Muchas áreas participan en tareas no sociales y su respuesta depende de las operaciones solicitadas. La lectura Neuroimagen, causalidad y límites de inferencia explicó por qué una activación es una asociación experimental que no equivale a una prueba inmediata de necesidad causal. Las lesiones, las intervenciones y los diseños que separan componentes cognitivos siguen siendo esenciales para construir una explicación funcional.
La mayor parte de la neuroimagen social tradicional estudió a una persona mirando fotografías, videos o historias. Schilbach y colaboradores (2013) observaron que responder a alguien que a su vez puede respondernos introduce propiedades que esas tareas no capturan. Esta perspectiva, denominada neurociencia de segunda persona, considera la reciprocidad como parte del fenómeno investigado. Mirar unos ojos en una pantalla no es psicológicamente idéntico a saber que una persona real nos mira y adaptará su conducta a la nuestra.
Esta perspectiva no pide abandonar los experimentos controlados, que siguen siendo indispensables para aislar variables. El problema es confundir el reconocimiento de señales sociales con la coordinación que ocurre cuando las señales son recíprocas. Ambos fenómenos requieren estudio y probablemente incorporan mecanismos parcialmente diferentes.
Qué revela la sincronización entre personas
El hyperscanning registra actividad de dos o más participantes durante una interacción. En experimentos de conversación, aprendizaje o cooperación pueden observarse dependencias temporales entre señales neurales de distintos cerebros. Hasson y colaboradores (2012) propusieron estudiar este acoplamiento como parte de los mecanismos mediante los cuales las personas comparten información y coordinan conducta.
La propuesta abre preguntas interesantes. Si una narración se comprende, ciertas variaciones en la actividad del hablante y del oyente pueden mostrar relaciones temporales. Si dos músicos coordinan un ritmo, sus señales cerebrales pueden contener una estructura común. El hallazgo no demuestra que una mente transmita directamente información a otra por una vía misteriosa. Ambos sistemas están vinculados mediante estímulos y acciones observables.
La sincronización puede aparecer porque las dos personas escuchan la misma música, siguen un ritmo impuesto desde fuera o realizan tareas semejantes. Para atribuirle una función específicamente interactiva hay que comparar condiciones con estímulos compartidos pero sin reciprocidad, manipular el grado de contingencia y examinar si la señal predice algo que las medidas conductuales no explican.
En investigaciones de comunicación, una buena medida neural debería complementar lo que ya se sabe por turnos, mirada, prosodia y conducta. Una correlación entre cerebros puede describir coordinación y todavía dejar abierta la explicación de cómo se produjo. Esa limitación asigna al método un lugar dentro de una cadena de evidencia sin volverlo inútil.
Diferencias y alteraciones de la comunicación social
Las personas pueden tener una gramática conservada y dificultades para interpretar intenciones en situaciones sociales. Después de algunas lesiones derechas o frontales aparecen alteraciones de prosodia, integración contextual, inferencia o regulación de la conducta. Las tareas tradicionales de denominación y repetición pueden pasar por alto esos problemas. La observación de una conversación revela más, aunque por sí sola suele identificar mal el mecanismo.
En la variante conductual de la demencia frontotemporal pueden alterarse sensibilidad a normas, reconocimiento de señales sociales, empatía y regulación interpersonal mientras otras habilidades lingüísticas permanecen relativamente bien durante etapas iniciales. En cambio, una persona con afasia puede comprender la situación social y no disponer de los recursos gramaticales necesarios para responder. La misma interacción fallida podría surgir de operaciones diferentes.
La atribución de intención también se ha estudiado en psicosis. Determinados grupos de pacientes muestran dificultades para interpretar escenas sociales ambiguas y pueden atribuir motivos hostiles o autorreferenciales en ciertas condiciones experimentales. Estos resultados son heterogéneos y el curso clínico, la memoria, la atención y el contexto cambian el desempeño. Una creencia persecutoria no se explica simplemente como un exceso de teoría de la mente.
En autismo, las diferencias de comunicación se interpretaron durante mucho tiempo casi exclusivamente como déficit de mentalización. Esa formulación omite perfiles diversos y el carácter recíproco de la interacción. El problema de la doble empatía, introducido por Milton (2012), llama la atención sobre malentendidos que pueden surgir entre personas con repertorios comunicativos diferentes. Reconocer esa reciprocidad no exige negar que algunos individuos encuentren difíciles determinadas tareas sociales. Exige precisar la tarea, el interlocutor y las condiciones en que aparece la dificultad.
La evaluación funcional distingue varias fuentes posibles, como no percibir una señal, percibirla y atribuirle un significado atípico, comprenderla correctamente pero no producir una respuesta o sostener una interpretación que la conversación posterior ya ha desmentido. Una etiqueta global como «déficit de cognición social» describe poco sin estas distinciones.
Lo que puede y no puede afirmar una entrevista
Una médica pregunta por qué un paciente no ha asistido a sus controles. El paciente mira al suelo y responde No tenía cómo llegar. La profesional observa la mirada baja y la respuesta breve. Puede inferir vergüenza, evitación, desconfianza o cansancio. Ninguna de esas hipótesis está confirmada. El dato lingüístico dice que el paciente invocó un problema de transporte; la mirada aporta otra observación que admite varias explicaciones.
La formulación clínica evita la mirada por desconfianza transforma dos registros conductuales en una causa psicológica no demostrada. Sería preferible consignar la conducta y explorarla si resulta relevante. La siguiente pregunta podría ser ¿Tuvo dificultades con el transporte o hubo algo más que le impidiera venir? El intercambio permite que el paciente corrija las hipótesis de la entrevistadora.
Este ejemplo muestra el valor y el riesgo de la inferencia social en profesiones que requieren comprender a otros. Los clínicos necesitan atribuir intenciones para sostener una entrevista; también necesitan saber cuándo una atribución es solo una conjetura. Una conducta puede ser intencional en un nivel sin serlo en otro. Responder con monosílabos puede ser una elección, una consecuencia de fatiga o una limitación lingüística que el paciente no controla por completo.
El mismo problema aparece al evaluar colaboración, consentimiento o adherencia. Una persona puede rechazar una propuesta porque no comprende su alcance, porque no comparte sus objetivos, porque teme sus consecuencias o porque tiene otras prioridades. Clasificar todas esas respuestas como «poca motivación» impide identificar qué debe aclararse. Multiplicar las inferencias no vuelve más rigurosa la cognición social, cuyo rigor depende de ajustar la confianza de cada inferencia a la evidencia disponible.
La estructura secuencial de la entrevista da un recurso sencillo. Una interpretación puede proponerse al paciente como candidata, por ejemplo con la fórmula Entiendo que el principal problema fue el traslado; ¿es así? La respuesta introduce evidencia nueva y conserva al interlocutor como participante en la construcción del significado. El mecanismo es el mismo que en una conversación ordinaria, aunque las consecuencias clínicas vuelven más exigente la precisión.
Agentes artificiales y atribuciones humanas
Un asistente conversacional recuerda que el usuario prepara una presentación, adapta el registro y responde a una pregunta de seguimiento. Es probable que el interlocutor humano lo trate como un agente que conoce el objetivo y coopera en su ejecución. La contingencia, la selección de información relevante y la capacidad para reparar malentendidos activan expectativas que normalmente se aplican a personas.
La interacción puede funcionar con éxito sin que el sistema posea los estados mentales humanos que su lenguaje sugiere. Cuando un modelo afirma elegí esta respuesta porque me preocupaba tu reacción, produce una explicación en primera persona. Para tomarla como una descripción causal de su funcionamiento haría falta evidencia sobre la arquitectura que generó la salida. La frase puede ser una convención conversacional aprendida y resultar útil como cortesía, sin ser un testimonio introspectivo.
La comunicación humano-máquina obliga a separar agencia funcional, intención atribuida y experiencia subjetiva. Un GPS da indicaciones que coordinan conductas, un robot puede dirigir una mirada simulada hacia una herramienta y un sistema de diálogo puede administrar turnos. En todos esos casos, las personas obtienen ventajas al utilizar predicciones sobre la conducta del sistema. De ahí no se deduce que la organización psicológica sea igual a la de una persona.
Tampoco conviene hablar de la intención del usuario como si el modelo la conociera directamente. Puede equivocarse al inferir objetivos desde mensajes, archivos y contexto. Un diseño comunicativo responsable deja espacio para revisar su interpretación y explica qué información utilizó para actuar. La buena coordinación depende de esa capacidad de corrección, tanto en interacciones entre humanos como en aquellas mediadas por tecnologías.
Del reconocimiento a la coordinación
En el episodio del informe, la directora expresó una preferencia, miró al responsable y continuó con otros asuntos. Él respondió a esa combinación como si fuera una petición. La interpretación dependió de expectativas compartidas sobre roles y tareas. Si la directora hubiera querido decir algo distinto, una aclaración posterior habría permitido corregir el compromiso.
Los modelos de cognición social han identificado capacidades diferentes detrás de este episodio, que son interpretar movimientos como acciones, reconocer señales dirigidas al interlocutor, anticipar metas, utilizar conocimiento de normas y coordinar una respuesta. Ninguna necesita ocupar siempre el centro de la explicación. En una situación puede bastar una señal ostensiva, en otra hay que razonar sobre una creencia equivocada y en una tercera la convención institucional decide casi toda la interpretación.
El lenguaje humano amplía la escala de esas operaciones. Permite formular compromisos futuros, transmitir reputaciones, negociar normas y hacer explícita una intención que el gesto solo sugería. También da los medios para atribuir intenciones injustificadas y convertir hipótesis sobre otros en hechos aparentes. Por eso comprender la comunicación social exige estudiar simultáneamente las inferencias y los procedimientos mediante los cuales los participantes pueden comprobarlas.
Hasta aquí se ha considerado cómo se infieren metas y estados de otras personas. La comunicación también requiere interpretar señales menos visibles, las que proceden del propio cuerpo. La lectura Emoción, interocepción y lenguaje examina cómo una palpitación, una sensación visceral o un cambio respiratorio se integran con categorías emocionales y cómo las palabras participan en esa experiencia.
Referencias
Ciaramidaro, A., Adenzato, M., Enrici, I., Erk, S., Pia, L., Bara, B. G., y Walter, H. (2007). The intentional network: How the brain reads varieties of intentions. Neuropsychologia, 45(13), 3105-3113.
Csibra, G., y Gergely, G. (2009). Natural pedagogy. Trends in Cognitive Sciences, 13(4), 148-153.
Frith, C. D., y Frith, U. (2007). Social cognition in humans. Current Biology, 17(16), R724-R732.
Frith, C. D., y Frith, U. (2012). Mechanisms of social cognition. Annual Review of Psychology, 63, 287-313.
Gergely, G., Nádasdy, Z., Csibra, G., y Bíró, S. (1995). Taking the intentional stance at 12 months of age. Cognition, 56(2), 165-193.
Grice, H. P. (1957). Meaning. The Philosophical Review, 66(3), 377-388.
Hasson, U., Ghazanfar, A. A., Galantucci, B., Garrod, S., y Keysers, C. (2012). Brain-to-brain coupling: A mechanism for creating and sharing a social world. Trends in Cognitive Sciences, 16(2), 114-121.
McNeill, D. (1992). Hand and mind: What gestures reveal about thought. University of Chicago Press.
Milton, D. E. M. (2012). On the ontological status of autism: The ‘double empathy problem’. Disability & Society, 27(6), 883-887.
Pickering, M. J., y Garrod, S. (2004). Toward a mechanistic psychology of dialogue. Behavioral and Brain Sciences, 27(2), 169-190.
Premack, D., y Woodruff, G. (1978). Does the chimpanzee have a theory of mind? Behavioral and Brain Sciences, 1(4), 515-526.
Schilbach, L., Timmermans, B., Reddy, V., Costall, A., Bente, G., Schlicht, T., y Vogeley, K. (2013). Toward a second-person neuroscience. Behavioral and Brain Sciences, 36(4), 393-414.
Scott-Phillips, T. C. (2015). Speaking our minds: Why human communication is different, and how language evolved to make it special. Palgrave Macmillan.
Sebanz, N., Bekkering, H., y Knoblich, G. (2006). Joint action: Bodies and minds moving together. Trends in Cognitive Sciences, 10(2), 70-76.
Sperber, D., y Wilson, D. (1995). Relevance: Communication and cognition (2.ª ed.). Blackwell.
Tomasello, M., Carpenter, M., Call, J., Behne, T., y Moll, H. (2005). Understanding and sharing intentions: The origins of cultural cognition. Behavioral and Brain Sciences, 28(5), 675-691.
Van Overwalle, F. (2009). Social cognition and the brain: A meta-analysis. Human Brain Mapping, 30(3), 829-858.