Lenguaje, mente y cognición

Cohesión y coherencia en esquizofrenia

Para orientarte: Un marco multinivel para lenguaje y psicopatología, Historia y conceptos del trastorno formal del pensamiento.

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  1. Cuando las oraciones funcionan mejor que el relato
  2. Dos conceptos que conviene mantener separados
  3. La referencia, un problema entre dos personas
  4. Pronombres, entidades activas y cambios de perspectiva
  5. Las asociaciones locales pueden desplazar la pregunta
  6. Tiempo y causalidad en el relato
  7. Construir una representación y sostenerla
  8. Qué explica la atención y qué queda sin explicar
  9. La intensidad de la situación cambia el discurso
  10. La desorganización tiene vecinos clínicos
  11. Cómo obtener una muestra que permita concluir algo
  12. Codificar relaciones sin fingir que son evidentes
  13. Del juicio clínico al análisis computacional
  14. La promesa predictiva y sus límites
  15. Tres discursos y tres problemas diferentes
  16. Qué conviene conservar en una nota clínica
  17. Referencias

DESARROLLO COMPLETO · BIBLIOGRAFÍA INCLUIDA

Cuando las oraciones funcionan mejor que el relato

Al explicar por qué dejó de trabajar, un hombre dice «Me cambiaron el turno. Los turnos dependen del horario. Un reloj antiguo vale más que uno nuevo, aunque mi abuelo tenía uno que nunca funcionó. Él vivía cerca del mar». Las oraciones son comprensibles y casi todas las transiciones admiten una explicación. El turno conduce al horario, el horario al reloj y el reloj al abuelo, recorrido tras el cual el motivo de la consulta ha quedado atrás. El oyente puede seguir la cadena de asociaciones sin conseguir, pese a ello, una respuesta a la pregunta inicial.

En la clínica es habitual resumir este tipo de producción como descarrilamiento o pérdida de meta, descripciones útiles siempre que se conserve lo ocurrido en el discurso. La dificultad no reside necesariamente en las palabras elegidas ni en la gramática de cada frase (Covington et al., 2005). Aparece al intentar construir, a partir de varias frases, una representación estable del asunto tratado. En algunos pacientes se añade otro problema, en el que los pronombres remiten a personas que aún no han sido introducidas, los lugares cambian sin aviso o un episodio se relata dando por sabido algo que el interlocutor desconoce.

Rochester y Martin (1979) estudiaron estos fenómenos con instrumentos del análisis del discurso cuando la investigación experimental sobre esquizofrenia prestaba mucha más atención a palabras aisladas. Su trabajo dejó abierta una cuestión que sigue vigente, la de saber en qué medida el lenguaje desorganizado refleja fallos para establecer relaciones entre segmentos y en qué medida expresa alteraciones más generales de memoria, atención o regulación de la actividad. La distinción entre cohesión y coherencia permite tratar esa cuestión sin utilizar pensamiento desorganizado como explicación de sí mismo.

Dos conceptos que conviene mantener separados

Halliday y Hasan (1976) describieron la cohesión como el conjunto de relaciones que permiten interpretar un elemento del texto por referencia a otro. En «María compró un libro y lo leyó por la noche», el pronombre lo recupera un libro. La repetición, los conectores, la elipsis y las relaciones léxicas crean otros enlaces, procedimientos que pueden localizarse y, con suficientes reglas, codificarse de forma relativamente reproducible.

La coherencia plantea una cuestión más amplia. El oyente necesita establecer de qué trata el discurso, cómo se relacionan sus acontecimientos y por qué una información aparece después de otra. «María compró un libro. El tren llegó tarde» contiene dos oraciones correctas y ninguna relación explícita entre ellas. Si se sabe que María debía leer durante el viaje, la conexión puede recuperarse. La ausencia de un marcador no implica necesariamente ausencia de coherencia; a veces el vínculo depende de conocimiento compartido.

Es posible, por tanto, encontrar enlaces cohesivos numerosos en un discurso que pierde su organización general. Una cadena de palabras relacionadas puede avanzar con fluidez hacia un asunto que ya no guarda relación con la pregunta. También ocurre el fenómeno inverso, el de un relato telegráfico que, con escasos conectores y frases elípticas, puede ser perfectamente comprensible. En «Llegué tarde. Tráfico. Después, consulta. Me indicaron exámenes», la forma local es incompleta y la secuencia global se reconstruye sin gran esfuerzo. En esquizofrenia conviene averiguar cuál de estas propiedades se altera antes de atribuir un resultado a «falta de coherencia».

La referencia, un problema entre dos personas

Los referentes no se encuentran dentro de las palabras como etiquetas fijas. Él identifica a alguien solo si el interlocutor tiene motivos para reconocer quién es. Compárese «Pedro llegó con Juan porque estaba preocupado» con «Pedro llegó con Juan porque Pedro estaba preocupado». En la primera formulación el sujeto de estaba preocupado puede quedar abierto, cosa que no ocurre en la segunda. Una conversación ordinaria tolera incertidumbres de este tipo, sobre todo cuando la escena o la historia compartida permiten resolverlas.

Docherty dedicó una parte central de su línea de investigación a las perturbaciones de referencia. La propuesta de Docherty (1995) y trabajos posteriores examinaron episodios en que el hablante no proporcionaba información suficiente para que el oyente identificara una entidad, recuperara una conexión o comprendiera el significado de una expresión. La estrategia resultó fecunda porque desplazó el foco hacia dificultades observables en la comunicación. Una referencia puede fallar aunque no exista neologismo, agramatismo ni una asociación clínicamente llamativa.

El carácter interactivo del fenómeno es decisivo. Una mujer puede decir «la tía vino ayer» a su hermana y comunicar sin dificultad. Ante un profesional que no conoce a la familia, esa expresión puede resultar opaca. Lo que el investigador codifica como falta de antecedente depende, en parte, del terreno común disponible. Cuando se utiliza una muestra de habla, es necesario distinguir la información realmente ausente de aquella que el entrevistador no recuperó porque desconocía una historia previa. La evaluación mejora si incluye la reacción del oyente y las oportunidades de reparación.

Pronombres, entidades activas y cambios de perspectiva

Una conversación introduce personas y objetos, los mantiene activos durante cierto tiempo y los retira de primer plano cuando cambia el tema. Los pronombres suelen emplearse cuando el referente continúa suficientemente accesible. La repetición de un nombre puede reintroducir una entidad que dejó de estar activa o distinguirla de otra. Elegir entre el pronombre y el nombre exige estimar el estado del discurso.

En determinados pacientes con esquizofrenia se observan pronombres sin antecedente accesible, referencias vagas o expresiones cuyo significado depende de una historia privada no compartida. Esto no implica que el hablante desconozca a quién alude. Puede saberlo perfectamente y calcular mal cuánta información necesita la persona que lo escucha, o bien perder momentáneamente el registro de lo que ya dijo. Ambas explicaciones generan resultados parecidos y exigen pruebas distintas.

La carga aumenta cuando participan varios personajes. La oración «Laura habló con Isabel después de que María llamó por teléfono» deja al oyente con tres candidatas potencialmente activas, ante las cuales una intervención posterior como «ella no quería ir» puede ser insuficiente. Si el paciente consigue aclararlo ante la pregunta «¿cuál de ellas?», el problema inicial adquiere otro significado que si tampoco logra identificar a la persona. La reparación es parte de la evidencia; una transcripción que excluye las preguntas aclaratorias puede exagerar el grado de desorganización.

La selección referencial depende, además, del estado de atención y de memoria durante la producción. El lenguaje no se genera como una página enteramente planificada antes de comenzar a hablar. Mientras formula una cláusula, el hablante debe sostener los participantes anteriores y preparar los siguientes, un trabajo que se hace visible cuando falla.

Las asociaciones locales pueden desplazar la pregunta

El primer ejemplo de la lectura contiene una continuidad léxica reconocible. Turno, horario y reloj pertenecen a un campo semántico; reloj y abuelo quedan unidos por un recuerdo personal. El oyente puede explicar cada paso y no obtener el dato solicitado. Lo que falta es la subordinación de esas asociaciones a una meta discursiva.

La teoría de las preguntas en discusión, o QUD, da una manera precisa de describir el problema. Si alguien pregunta «¿por qué dejó el trabajo?», las respuestas posibles deben ayudar a identificar una causa. «Me cambiaron el turno» ya es una contestación. Continuar describiendo relojes puede ser una digresión inofensiva si el hablante vuelve pronto al asunto, o bien expresar pérdida de meta cuando la respuesta deriva de manera persistente y la reconducción fracasa. La distinción requiere observar el curso completo de la respuesta, para lo cual el simple recuento de cambios de tema es insuficiente.

Los marcadores de conexión tampoco garantizan relaciones adecuadas. Una frase puede contener porque sin que la segunda cláusula dé una causa comprensible, como en «No fui porque el amarillo tiene demasiados lunes», donde el conector anuncia una relación que el contenido no sostiene. En otro caso, dos oraciones sin conector pueden formar una secuencia causal evidente, como «Se cortó la luz. Buscó una linterna». El análisis debe examinar la relación realmente construida entre proposiciones, además de registrar la marca lingüística utilizada.

Tiempo y causalidad en el relato

Una narración obliga a mantener algo más que entidades e implica saber cuándo ocurrió cada acontecimiento y cuál explica a cuál. Si una persona pasa de una hospitalización reciente a una escena de infancia sin indicar el cambio, el oyente puede situar ambos episodios en el mismo período. Si relata una consecuencia antes de introducir su causa, puede estar utilizando una técnica narrativa habitual o haber perdido parte de la organización. El contenido y el género determinan qué interpretación es más razonable.

Los modelos de situación estudiados por Zwaan y Radvansky (1998) describen cómo los lectores integran participantes, tiempo, espacio y causalidad al comprender un texto. Ditman y Kuperberg (2010) utilizaron esa tradición para proponer un marco sobre las relaciones que deben mantenerse al pasar de una cláusula a otra en esquizofrenia. El problema experimental deja de limitarse a la relación entre dos palabras y pasa a ser si el sistema consigue incorporar una nueva proposición a una representación ya iniciada.

Esta aproximación ayuda a distinguir una discontinuidad de contenido de una simple anomalía semántica. El participante puede conocer el significado de hospital, hermana y mañana y perder, pese a ello, qué hermana estaba presente o qué episodio ocurrió primero. Las pruebas de vocabulario resultan insuficientes para estudiar el fenómeno, que necesita secuencias con referentes y relaciones manipuladas deliberadamente.

Construir una representación y sostenerla

Gernsbacher (1990) describió la comprensión como una actividad de construcción de estructuras, en la que el sistema establece una base, incorpora información compatible y abre nuevas subestructuras cuando hace falta. La teoría permite formular hipótesis concretas sobre el discurso desorganizado. Un cambio de tema podría relacionarse con la apertura prematura de una nueva representación, una referencia opaca con la pérdida de una entidad que debería permanecer disponible y una asociación irrelevante con la dificultad para reducir el peso de información activa pero ajena a la meta.

Ninguna de estas propuestas se deduce automáticamente del relato clínico. Dos discursos semejantes pueden proceder de mecanismos distintos. Un paciente puede mantener bien la información en tareas breves y tener dificultades para anticipar qué necesitará conocer su interlocutor. Otro puede diseñar referencias adecuadas cuando la tarea es sencilla y fallar al incorporar varios participantes o al responder preguntas largas. Comparar esas condiciones es más informativo que asignar una causa única a todo el material.

La diferencia entre comprensión y producción también merece conservarse. Las alteraciones se escuchan con facilidad cuando el paciente habla y resultan menos evidentes al evaluar con preguntas cerradas y apoyos del examinador. Sin embargo, algunas dificultades para enlazar cláusulas pueden observarse también durante la comprensión. Una persona puede identificar cada oración y no inferir correctamente la relación que las une. El lenguaje espontáneo y las tareas controladas aportan piezas complementarias de la misma investigación.

Qué explica la atención y qué queda sin explicar

Una explicación recurrente atribuye la desorganización verbal a la atención o a la memoria de trabajo (Docherty et al., 1996). La hipótesis tiene una base razonable, porque al hablar es preciso retener la pregunta, conservar referentes y descartar asociaciones que dejaron de ser útiles. El problema surge cuando funciones cognitivas generales se invocan como si fueran causas ya demostradas.

Docherty (2005) examinó 47 pacientes con esquizofrenia y 36 controles mediante medidas de atención, secuenciación y comunicación. Las capacidades cognitivas explicaron una proporción sustancial, cercana al 38 %, de la variación en perturbaciones comunicativas, mientras aportaron mucho menos a otras medidas de trastorno formal del pensamiento o desorganización conceptual. El resultado impone una distinción dentro del propio objeto de estudio, pues los errores que impiden transmitir información referencial no se comportan necesariamente como los síntomas clínicos más amplios agrupados bajo FTD.

El estudio tampoco autoriza a localizar cada error en un circuito ejecutivo concreto. Hay relaciones estadísticas entre tareas y el investigador debe todavía demostrar qué operación conecta una dificultad atencional con determinado fallo verbal. La memoria puede ser necesaria para mantener referentes, pero eso no convierte toda referencia ambigua en síntoma de memoria defectuosa. El análisis lingüístico afina las preguntas que después deben responder los experimentos cognitivos.

La intensidad de la situación cambia el discurso

El habla producida en una entrevista tranquila no es idéntica a la que aparece durante una discusión familiar o al relatar una experiencia emocionalmente intensa. Docherty y colaboradores (1994) y Docherty y Hebert (1997) observaron que algunas perturbaciones comunicativas aumentan bajo determinadas condiciones afectivas. La intensidad emocional puede ocupar recursos de atención, favorecer recuerdos intrusivos o modificar la prioridad asignada al tema. El fenómeno es relevante porque una muestra aislada puede hacer pasar una alteración variable por una propiedad estable de la persona.

En esquizofrenia tampoco todos los pacientes presentan desorganización discursiva marcada. Algunos muestran principalmente síntomas negativos y producen muestras muy breves, mientras otros hablan extensamente y conservan buena coherencia. La fase aguda, el nivel cognitivo, el tratamiento y las demandas de la tarea modifican el perfil. Los estudios de familiares no afectados han encontrado perturbaciones comunicativas sutiles en algunos grupos (Docherty et al., 1997), resultado compatible con componentes dimensionales de vulnerabilidad. Su magnitud grupal impide convertir esas diferencias en una prueba individual de riesgo hereditario.

En el plano metodológico, el discurso necesita describirse junto con el estado clínico y las circunstancias de elicitación. Un investigador que analiza transcripciones desprovistas de esos datos puede medir una regularidad real y atribuirla a una causa equivocada.

La desorganización tiene vecinos clínicos

La esquizofrenia ocupa un lugar central en la historia del trastorno formal del pensamiento y no tiene el monopolio de la incoherencia. Durante una manía pueden aparecer asociaciones rápidas y pérdida de meta. El discurso se acompaña entonces de mayor velocidad, presión del habla y un síndrome afectivo cuya temporalidad ayuda a interpretar la forma. Una transcripción que elimina ritmo e interrupciones puede volver artificialmente parecidos dos cuadros clínicos distintos.

Otro contraste lo da el delirium, en el que la persona puede perder referentes porque su atención fluctúa y la conversación cambia mucho entre momentos del día. En la enfermedad de Alzheimer, las repeticiones y la reducción de información pueden relacionarse con memoria episódica y acceso semántico. Un paciente con afasia puede omitir conectores o palabras funcionales y conservar una representación global bastante clara de lo ocurrido. Las similitudes superficiales exigen reconstruir mecanismos y trayectorias.

El contraste con el lenguaje ordinario es indispensable. Las digresiones forman parte de una conversación viva y las asociaciones inesperadas sostienen el humor y la literatura. Una respuesta lateral puede tener una función perfectamente inteligible para alguien que conoce el contexto. La frecuencia de las rupturas, su efecto sobre la comunicación y la posibilidad de reparación son mejores criterios que la simple rareza de una transición.

Cómo obtener una muestra que permita concluir algo

Una descripción de una lámina impone referentes comunes, aunque depende de percepción visual. Una historia autobiográfica exige selección desde memoria y puede quedar organizada por convenciones familiares. Una explicación de un problema abstracto requiere definir relaciones conceptuales. En una entrevista cerrada, buena parte de la estructura la dan las preguntas del profesional. Las tareas no son variantes equivalentes de una misma medida.

Para estudiar referencia conviene que la muestra incluya suficientes participantes y oportunidades de reintroducirlos. Para estudiar coherencia global hace falta una tarea que genere discurso prolongado con un propósito identificable. Si la consigna es demasiado abierta, determinar cuándo una digresión dejó de ser pertinente exige más juicio; si es demasiado estrecha, el examinador puede sostener la organización que pretendía medir.

El tiempo de la grabación y la extensión obtenida también importan. Un paciente con alogia puede producir menos transiciones problemáticas simplemente porque habla menos. Comparar recuentos absolutos de errores entre discursos de longitud muy diferente puede inducir conclusiones absurdas. Las tasas y proporciones corrigen parte de esa desigualdad, aunque una muestra diminuta sigue siendo estadísticamente inestable.

La transcripción debe conservar aquello que se pretende investigar. Una versión ortográfica puede bastar para estudiar pronombres; las pausas, autocorrecciones y solapamientos requieren otra notación si interesan al análisis. Cuando una intervención del entrevistador repara un referente ambiguo, conviene mantenerla, porque excluirla cambia la estructura observable de la interacción.

En español aparece una exigencia adicional, ya que el sujeto puede omitirse cuando la flexión verbal o el discurso permiten recuperarlo. Una secuencia como «Llegó tarde. Dijo que vendría» puede ser perfectamente natural con un referente activo. Un sistema de codificación elaborado para inglés podría tratar algunas elipsis habituales en español como ausencias patológicas. La validación entre lenguas requiere revisar qué expresiones cumplen funciones equivalentes y cuáles dependen de recursos gramaticales particulares. Una comparación internacional que ignore esta diferencia corre el riesgo de medir tipología lingüística y tomarla por desorganización.

El dialecto y la relación social también afectan el grado de explicitud. En una entrevista clínica, un paciente puede hablar con fórmulas de su comunidad y el evaluador interpretar algunas conexiones como insuficientes. Antes de crear una categoría de error es preferible verificar que los hablantes competentes de esa variedad compartirían la misma lectura. Las normas de un género formal no sirven siempre para medir una conversación espontánea.

Codificar relaciones sin fingir que son evidentes

La codificación manual permite registrar pronombres sin antecedentes recuperables, referencias con múltiples candidatos y expresiones insuficientemente especificadas para un oyente determinado, junto con cambios de tópico o fallos para resolver la pregunta inicial. Cada categoría necesita ejemplos y reglas que permitan decidir qué cuenta como caso.

Los sistemas basados en el Communication Disturbances Index intentan justamente hacer reproducible una parte del juicio sobre comunicación. El precio de esa precisión es restringir el constructo. Un índice de referencia puede ser muy útil para medir fallos comunicativos y decir poco sobre ilogicidad, presión del habla o contenido delirante. Hay que resistir la tentación de interpretar una puntuación de un dominio como si abarcara todo el trastorno formal del pensamiento.

Lundin, Cowan, Singh y Moe (2023) aplicaron herramientas automáticas a narrativas de vida y encontraron diferencias grupales de cohesión y uso de primera persona. El resultado amplía el tipo de material disponible para estudiar la organización discursiva. También advierte contra generalizar resultados obtenidos en una descripción de imagen a relatos autobiográficos, dado que los géneros movilizan recursos distintos.

Del juicio clínico al análisis computacional

Elvevåg et al. (2007) emplearon análisis semántico latente para cuantificar incoherencia en muestras de habla. El procedimiento representaba segmentos como vectores en un espacio construido a partir de regularidades de uso y estimaba su proximidad. Su interés histórico está en mostrar que una propiedad percibida clínicamente podía investigarse mediante medidas continuas, sin depender exclusivamente de puntuaciones globales de un evaluador.

Los modelos posteriores emplearon representaciones distribucionales más complejas, capaces de estimar la semejanza entre oraciones consecutivas, la estabilidad temática o la relación de un segmento con la consigna. El progreso técnico es sustancial, pero la distancia vectorial solo cubre una parte de la coherencia. «El vaso cayó. María fue por una escoba» puede contener escasa superposición lexical y una relación causal perfectamente clara. «El hospital hizo un informe sobre el informe hospitalario» contiene mucha semejanza y aporta escaso avance discursivo.

Un sistema que mida únicamente continuidad semántica puede confundir creatividad, cambio legítimo de escena y referencia cultural con patología. Hace falta una teoría explícita sobre qué relación debería mantenerse. Las representaciones automáticas producen rasgos y es el investigador quien decide qué propiedades del discurso justifican utilizar esos rasgos como medidas.

La promesa predictiva y sus límites

Bedi et al. (2015) estudiaron 34 jóvenes considerados de alto riesgo clínico de psicosis. Cinco desarrollaron un episodio psicótico durante el seguimiento. Una combinación de medidas de coherencia semántica y complejidad sintáctica clasificó correctamente los resultados observados mediante validación cruzada dentro de aquella muestra. La cifra de exactitud fue llamativa y suele citarse sin recordar que el grupo de transiciones contenía solo cinco personas.

La prueba de concepto demostró que el discurso podía aportar información cuantificable y potencialmente relevante para pronóstico. Su rendimiento no puede trasladarse directamente a consultas, lenguas o poblaciones no estudiadas. Con pocos eventos, una regla que funciona en una cohorte puede cambiar mucho ante casos nuevos. La validación externa es la etapa que separa una señal prometedora de un instrumento clínico.

También deben examinarse fuentes de confusión. Una métrica puede reconocer diferencias en duración de entrevista, escolaridad, estilo narrativo o condiciones del micrófono. Si se utiliza una transcripción automática, los errores de reconocimiento de habla alterada pueden fabricar anomalías lexicales. Un sistema más sofisticado en apariencia necesita controles igualmente más rigurosos.

Tres discursos y tres problemas diferentes

Una respuesta con pronombres opacos sería «Fui con Pedro a ver a Juan porque él estaba preocupado; después ellos dijeron que ya sabían». El entrevistador necesita averiguar quién estaba preocupado y quiénes eran ellos. Si el hablante lo aclara sin dificultad, la falla puede localizarse en la formulación inicial para un oyente específico.

En otro caso, el paciente dice «Dejé el medicamento porque me mareaba. El mareo es como estar en un barco. Los barcos cruzan océanos. Mi tío trabajó en un puerto». Aquí cada asociación tiene sentido local, la respuesta se aleja de la cuestión sobre la medicación y el problema visible es la organización global.

Finalmente, una persona relata «Llegué. Mucho tráfico. Después el médico. Exámenes mañana». Aunque faltan recursos gramaticales y conectores, el oyente puede reconstruir la secuencia. Una evaluación que contabilice solamente el número de enlaces explícitos confundirá pobreza de cohesión superficial con pérdida de coherencia.

Los ejemplos muestran por qué los fenómenos deben describirse antes de asignarles un mecanismo. La misma etiqueta clínica puede incluir perfiles que responderían de manera distinta a pruebas de memoria, semántica o pragmática.

Qué conviene conservar en una nota clínica

Una documentación informativa podría decir «Durante el discurso espontáneo mantiene oraciones gramaticales. Introduce referencias pronominales sin antecedente compartido y realiza cambios frecuentes de tópico mediante asociaciones lexicales localmente comprensibles. En dos ocasiones no retorna a la pregunta inicial pese a una reformulación». La descripción permite distinguir problemas de referencia y pérdida de meta y muestra también en qué condiciones aparecieron.

Decir solamente «pensamiento disgregado» deja al lector sin evidencia para evaluar esa síntesis. Añadir ejemplos breves hace posible comparar entrevistas posteriores y evita que la etiqueta absorba toda la interpretación. En investigación rige un principio equivalente, según el cual un índice de coherencia debe especificar qué relación cuantifica y qué otros procesos podrían producir el mismo resultado.

Queda todavía una pregunta más elemental, la de qué hace que una palabra active ciertos conceptos y no otros y cómo influye el contexto en esa activación. La tradición de las asociaciones laxas situó allí una posible explicación de algunos saltos discursivos. La lectura Semántica, asociaciones y desorganización trata los experimentos de priming, la N400 y los modelos de selección semántica que intentan poner a prueba esa hipótesis. El problema discursivo estudiado en esta lectura es el fenómeno que tales mecanismos aspiran a explicar.

Referencias

Bedi, G., Carrillo, F., Cecchi, G. A., Fernández Slezak, D., Sigman, M., Mota, N. B., Ribeiro, S., Javitt, D. C., Copelli, M., y Corcoran, C. M. (2015). Automated analysis of free speech predicts psychosis onset in high-risk youths. npj Schizophrenia, 1, 15030.

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Lundin, N. B., Cowan, H. R., Singh, D. K., y Moe, A. M. (2023). Lower cohesion and altered first-person pronoun usage in the spoken life narratives of individuals with schizophrenia. Schizophrenia Research, 259, 140-149.

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REFERENCIA DE LA EDICIÓN WEB

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Cohesión y coherencia en esquizofrenia. (2026). Lingüística y Semiótica. https://linguisticaysemiotica.org/temas/cohesion-y-coherencia-en-esquizofrenia

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