Semiótica y multimodalidad

Pragmaticismo, investigación y fijación de la creencia

Para orientarte: Brandom, Sellars e inferencialismo contemporáneo, Arquitectura general de la semiótica de Charles S. Peirce, Semiosis ilimitada y hábito interpretativo, Abducción, deducción e inducción.

Ver secciones del texto
  1. Duda, creencia y pragmaticismo
  2. De la duda a la creencia
  3. Duda genuina y duda de papel
  4. La creencia como hábito
  5. Cuatro métodos para fijar la creencia y el método de la tenacidad
  6. La autoridad y el método a priori
  7. El método científico y el acceso mediado a la realidad
  8. La máxima pragmática y el ejemplo de la dureza
  9. Consecuencias prácticas, pragmatismo y pragmaticismo
  10. Qué aclara la máxima
  11. Operacionalismo, verificacionismo y contrafácticos
  12. Falibilismo y escepticismo
  13. Comunidad de investigación, verdad y opinión final
  14. Ciencia real, internet y autoridad experta
  15. Conceptos clínicos, diagnóstico y escritura científica
  16. Inteligencia artificial y fijación de creencias
  17. El investigador que cambia de opinión y las fórmulas que el pragmaticismo rechaza
  18. De la máxima a una filosofía completa
  19. Referencias

DESARROLLO COMPLETO · BIBLIOGRAFÍA INCLUIDA

Duda, creencia y pragmaticismo

Una persona oye un ruido repetitivo en el motor de su automóvil y al principio no le da importancia. Cuando el ruido persiste, busca explicaciones, pregunta a otras personas, observa cuándo aparece y finalmente lleva el automóvil a revisión, tras cambiar varias veces de opinión. Lo que empezó como una molestia perceptiva se transforma en duda, en búsqueda y, si la investigación funciona, en una creencia nueva que orientará su conducta futura.

Charles S. Peirce situó una dinámica semejante en el centro de su filosofía. Creer no consiste simplemente en tener una proposición mental, porque una creencia estabiliza expectativas y hábitos. La duda altera esa estabilidad y empuja hacia la investigación, que consiste en intentar reemplazar una duda genuina por una creencia suficientemente estable, aunque ninguna creencia empírica quede protegida para siempre contra la revisión.

En esta concepción confluyen varios elementos presentados en las lecturas anteriores. La semiosis produce interpretantes capaces de estabilizarse como hábitos. La sorpresa puede romper esos hábitos y abrir una investigación en la que la abducción propone una explicación, la deducción desarrolla sus consecuencias y la inducción las confronta con la experiencia. Falta todavía establecer qué significa comprender una idea dentro de ese proceso y con qué métodos se fija racionalmente una creencia.

Peirce respondió a lo primero con la máxima pragmática y a lo segundo con una teoría de la investigación. Décadas más tarde llamó pragmaticismo a su propia posición, para diferenciarla de usos más amplios del término pragmatismo. Con ese nombre, deliberadamente poco elegante, pretendía proteger una concepción filosófica específica, según la cual el significado de un concepto se aclara examinando las consecuencias concebibles que tendría para la experiencia y la conducta racional, mientras que la verdad y la investigación exceden cualquier utilidad inmediata.

De la duda a la creencia

En The Fixation of Belief, Peirce (1877) parte de una oposición funcional entre duda y creencia. Quien cree que el puente es seguro lo cruza sin revisar cada vez la ingeniería de toda la estructura, porque la creencia tiene cierta estabilidad y orienta la acción al establecer un hábito. La duda tiene otra fenomenología y otra función, ya que produce una irritación o inquietud que interrumpe el hábito y mueve a esforzarse por alcanzar una nueva creencia. En esquema, el proceso va de la creencia a la expectativa, a la experiencia inesperada, a la duda, a la investigación y a una nueva creencia.

El esquema no implica que toda experiencia inesperada produzca una investigación explícita, porque muchos acontecimientos se absorben dentro de los hábitos existentes y la duda aparece cuando la discrepancia basta para perturbar una creencia. Peirce llama investigación al esfuerzo por pasar de la duda a la creencia. Experimentar una duda perpetua no es su objetivo inmediato, que consiste en alcanzar una opinión capaz de estabilizar la acción. La posibilidad de revisión permanece, pero una persona que dudara activamente de todas sus premisas a la vez sería incapaz de actuar o de investigar.

Duda genuina y duda de papel

Peirce desconfiaba de la duda puramente voluntaria, que había asociado con ciertas versiones del cartesianismo. Es posible pronunciar dudo de que exista el mundo externo sin que esa frase modifique ninguna expectativa práctica. Quien la pronuncia sigue evitando automóviles, come cuando tiene hambre y confía en que el suelo sostendrá su peso. Peirce denominó duda de papel a esta actitud, una duda formulada intelectualmente que no altera realmente los hábitos. La duda genuina surge de una fricción efectiva dentro de nuestras expectativas, cuando una observación contradice la teoría, dos fuentes confiables entregan información incompatible, un experimento no se replica o una conducta esperada no ocurre.

No toda duda filosófica es falsa por ello, pero la investigación necesita un problema capaz de modificar realmente nuestras disposiciones inferenciales. La duda metodológica puede ser útil cuando se transforma en pruebas reales. Preguntarse ¿y si el resultado se debe a un sesgo de selección? es una duda productiva si lleva a examinar la selección. Repetir todo podría ser falso sin especificar qué observación distinguiría las alternativas no genera una investigación.

La creencia como hábito

La concepción de la creencia como hábito explica por qué Peirce no reduce la epistemología a estados internos. Creer que una sustancia es inflamable implica esperar ciertos resultados en determinadas condiciones. Creer que una persona llegará a las ocho organiza las decisiones sobre cuándo prepararse o esperar y creer una teoría científica implica aceptar ciertas inferencias, predicciones y procedimientos.

Dos personas pueden repetir verbalmente la misma proposición y mantener hábitos distintos. Alguien puede afirmar que un tratamiento no tiene evidencia y recomendarlo sistemáticamente. Cabe entonces una divergencia entre la creencia verbal declarada y las disposiciones que organizan su conducta. Esa divergencia, que no autoriza a inferir automáticamente que la persona miente porque los seres humanos son inconsistentes, muestra que la creencia tiene para Peirce una dimensión práctica que las declaraciones verbales no agotan.

Cuatro métodos para fijar la creencia y el método de la tenacidad

Peirce analizó cuatro procedimientos con los que las personas intentan estabilizar sus opiniones, que son la tenacidad, la autoridad, el método a priori y el método de la ciencia. No los presentó simplemente como cuatro errores equivalentes, porque cada uno puede generar estabilidad en ciertas condiciones. La pregunta es qué ocurre cuando la creencia entra en contacto con otras personas, con experiencias resistentes y con la necesidad de corregir errores.

El método de la tenacidad consiste en aferrarse a una opinión y evitar aquello que pueda perturbarla. Quien lo practica selecciona fuentes compatibles con su posición, evita los argumentos contrarios y repite la misma creencia hasta convertirla en un hábito firme. El método puede funcionar psicológicamente, porque quien consigue aislarse de la contradicción es capaz de mantener una opinión durante mucho tiempo.

Su debilidad aparece en la vida social, donde otras personas sostienen creencias diferentes y descubrir que individuos aparentemente razonables llegan a conclusiones incompatibles introduce una nueva forma de duda. La tenacidad necesita, por tanto, controlar el entorno informativo. En términos contemporáneos, un ecosistema mediático muy homogéneo puede favorecerla, porque la repetición aumenta la familiaridad y reduce la exposición a evidencia disconfirmatoria. El mecanismo psicológico moderno no formaba parte de la teoría de Peirce, pero el problema estructural es reconocible.

La autoridad y el método a priori

El segundo método traslada la estabilización de la creencia desde el individuo hacia una institución, que define qué opiniones deben sostenerse, enseña determinadas doctrinas y restringe las alternativas. Su estabilidad puede ser mucho mayor que la de la tenacidad individual, porque las instituciones transmiten creencias entre generaciones, coordinan comunidades extensas y establecen procedimientos de corrección, una fuerza que Peirce reconoció implícitamente. Ninguna sociedad está en condiciones de revisar individualmente desde cero cada creencia y gran parte del conocimiento se recibe mediante autoridades epistémicas.

El problema surge cuando la institución protege la creencia contra toda experiencia o crítica externa. Las autoridades pueden discrepar entre sí, los viajeros encuentran comunidades con doctrinas diferentes y la historia muestra el cambio de sistemas que parecían definitivos. La comparación reabre la duda. El problema no es la existencia de autoridad en sí misma, porque también la ciencia tiene expertos, revistas, universidades y procedimientos institucionales. La diferencia decisiva es si la autoridad es corregible mediante la evidencia y la crítica.

El tercer método escoge las creencias que parecen más razonables, naturales o agradables a la razón. Ya no se impone una doctrina mediante una institución y los individuos discuten y eligen las teorías que armonizan con sus intuiciones sobre cómo deberían ser las cosas, una dinámica que Peirce veía en buena parte de la metafísica tradicional. El método parece superior a la autoridad porque da cabida a la discusión y a la argumentación. Su dificultad es que las preferencias intelectuales cambian y lo que una época considera evidente puede parecer extraño a otra. Una teoría puede parecer elegante porque coincide con hábitos culturales adquiridos y otra, absurda antes de que existan instrumentos capaces de observar sus consecuencias. La simple razonabilidad intuitiva no garantiza un contacto suficiente con el objeto investigado.

El método científico y el acceso mediado a la realidad

Peirce buscaba un método en el que la conclusión no dependiera únicamente de lo que una persona o una comunidad prefiriera creer. Su propuesta se basa en la existencia de una realidad independiente de nuestras opiniones y capaz de afectar la experiencia. Aunque las personas piensen cosas diferentes sobre un objeto, si investigan en condiciones adecuadas la resistencia del objeto hace posible corregir progresivamente esas interpretaciones. La ciencia institucionaliza esa corrección mediante observación, experimentación, inferencia, crítica pública y revisión. Nada de esto supone que los científicos sean personalmente más racionales, porque pueden ser dogmáticos, competitivos, sesgados o incompetentes. La ventaja metodológica reside en que es posible confrontar las afirmaciones con procesos que no están bajo el control completo del investigador, de modo que una hipótesis puede gustar a quien la propone y fallar.

Peirce sostiene que la realidad es independiente de lo que cualquier individuo crea. Al mismo tiempo, solo se accede a ella mediante signos, inferencias y experiencias interpretadas y ninguna observación está completamente desnuda de teoría. Entre ambas tesis hay una tensión importante, que se resuelve concibiendo la objetividad como corrección progresiva, sin abandonarla.

Que todo acceso esté mediado por signos no significa que todos los signos sean igualmente adecuados. Dos mapas pueden representar el mismo territorio con distinta precisión. Al compararlos con el territorio se detectan sus errores, aunque nunca se deje de usar representaciones. La objetividad no exige ausencia de mediación, aunque sí que la mediación pueda ser corregida por aquello que representa.

La máxima pragmática y el ejemplo de la dureza

En How to Make Our Ideas Clear, Peirce (1878) formuló la regla que más tarde se conocería como máxima pragmática (Hookway, 2012). Su enunciado general dice que, para aclarar nuestra concepción de un objeto, hay que considerar qué efectos concebibles, con consecuencias prácticas, pensamos que ese objeto podría producir. Nuestra concepción de esos efectos es nuestra concepción del objeto. La tesis, semántica y metodológica, es que un concepto se vuelve más claro cuando se especifica qué diferencias produciría en condiciones posibles. La máxima no dice «verdadero = útil» ni «el significado de una palabra es aquello que me conviene hacer».

Si dos teorías emplean palabras distintas y ninguna consecuencia concebible las distingue, Peirce pregunta si existe realmente entre ellas una diferencia de contenido. Con el concepto de dureza muestra la relación entre significado y consecuencias posibles (Peirce, 1878, 1905b). Decir que un diamante es duro implica que resistiría ciertos tipos de rayado en condiciones apropiadas, sin que haga falta rayar efectivamente cada diamante para que tenga dureza. Lo que importa es la disposición contrafáctica, cuya forma es si se realizara determinada prueba, ocurriría cierto resultado. Como el significado incluye esas posibilidades reguladas, además de la conducta actualmente observada, el pragmaticismo se diferencia de un conductismo simple.

Consecuencias prácticas, pragmatismo y pragmaticismo

La palabra práctico ha producido uno de los mayores malentendidos sobre Peirce. En el lenguaje cotidiano se llama práctica a una idea útil, eficiente o conveniente. En la máxima pragmática, las consecuencias prácticas incluyen las consecuencias posibles que una concepción tendría para nuestra experiencia, inferencia y conducta. Comprender masa exige conocer qué diferencias introduciría en situaciones físicas. Para comprender riesgo hay que saber cómo se relaciona con probabilidades y eventos posibles; para comprender inflamable, qué ocurriría en determinadas condiciones. Ninguna de estas definiciones pregunta si el concepto es personalmente útil, porque el pragmaticismo no es una teoría de la utilidad económica o psicológica de las creencias.

A comienzos del siglo XX, pragmatismo empezó a designar un movimiento amplio asociado con Peirce, William James, John Dewey, F. C. S. Schiller y otros autores, con posiciones divergentes (Misak, 2013). James desarrolló una concepción más ligada a las consecuencias de las creencias para la experiencia humana y popularizó el pragmatismo mucho más que Peirce, quien consideró que el término se había ampliado hasta incluir doctrinas que no representaban su posición. En 1905 propuso llamar pragmaticismo a su propia teoría, con una palabra elegida a propósito porque esperaba que fuera lo bastante poco atractiva para quedar a salvo de apropiaciones (Peirce, 1905a; Peirce, 1905b). La anécdota es graciosa y filosóficamente importante. Peirce no estaba simplemente creando una marca personal, porque quería proteger una máxima de clarificación conceptual ligada a su lógica, su semiótica, su teoría de la investigación y su realismo.

Qué aclara la máxima

Supóngase que dos personas discuten si un algoritmo comprende realmente el lenguaje. Mientras no se especifique qué es comprender, la discusión puede permanecer en el plano verbal. La máxima pragmática obliga a preguntar qué diferencias se esperan entre un sistema que comprende y otro que no, por ejemplo si debería generalizar a casos nuevos, detectar contradicciones, aprender de las correcciones, conectar expresiones con el mundo, justificar sus inferencias o mostrar experiencias conscientes. Distintas teorías seleccionarán consecuencias diferentes. La máxima, cuya función principal es disciplinar los conceptos, no resuelve por sí sola la controversia, aunque la convierte en una pregunta más precisa.

Operacionalismo, verificacionismo y contrafácticos

Entre la máxima pragmática y el operacionalismo del siglo XX hay una semejanza superficial. El operacionalismo intenta definir los conceptos científicos mediante operaciones específicas de medición. Peirce propone algo más amplio, porque un concepto no queda necesariamente reducido a un procedimiento experimental único y sus consecuencias pueden formar una red abierta de experiencias e inferencias posibles. Definir la temperatura únicamente como lo que marca cierto termómetro confundiría el concepto con un instrumento particular. El pragmaticismo pregunta por el conjunto de las consecuencias concebibles pertinentes, que ninguna receta operacional fija agota.

Tampoco sería correcto convertir a Peirce en un positivista lógico anticipado, porque las semejanzas históricas no deben borrar las diferencias. El verificacionismo sostuvo, en algunas versiones, que el significado de una proposición depende de su método de verificación. La máxima pragmática guarda un parentesco general con esa exigencia de conectar el significado con consecuencias observables. Peirce, sin embargo, no reduce el contenido a una verificación efectivamente ejecutable aquí y ahora y trabaja con disposiciones, posibilidades, inferencias y consecuencias concebibles. Su metafísica contiene además categorías y compromisos que el positivismo posterior habría considerado problemáticos.

La estructura de la máxima es contrafáctica, porque comprender una propiedad implica saber qué ocurriría si se cumplieran determinadas condiciones. Una sustancia puede ser soluble aunque nunca se disuelva efectivamente, una persona puede tener una habilidad que nunca necesite utilizar y una teoría, consecuencias observables que todavía no se han medido. El significado incluye una red de posibilidades. Por esa vía se conecta con el hábito, que también es una disposición por la que, en ciertas condiciones, el sistema tendería a responder de cierta manera.

Falibilismo y escepticismo

Peirce sostuvo una forma fuerte de falibilismo, según la cual ninguna creencia empírica queda completamente protegida de la posibilidad de corrección. De ahí no se sigue que todas las creencias sean igualmente dudosas, porque algunas cosas se saben con enorme seguridad práctica y la posibilidad lógica o metodológica de revisarlas no obliga a asignarles una probabilidad del 50 %. El falibilismo se opone a la infalibilidad y es compatible con el conocimiento. Una teoría puede estar extraordinariamente bien confirmada y seguir abierta a revisión ante una evidencia suficientemente fuerte. La actitud racional consiste en calibrar el grado de confianza sin convertirlo en inmunidad.

El escepticismo global pregunta si es posible conocer algo. El falibilismo peirceano toma otra dirección y sostiene que se puede conocer precisamente porque existen procedimientos de corrección. Una medición imperfecta es mejorable mediante la calibración, una teoría con errores es revisable y una comunidad que se equivoca es capaz de encontrar mecanismos para detectar el error. La posibilidad de equivocarse no destruye el conocimiento y forma parte de su arquitectura. Un sistema incapaz de reconocer errores sería epistemológicamente más frágil que otro explícitamente revisable.

Comunidad de investigación, verdad y opinión final

Peirce asignó un lugar central a una comunidad de investigadores extendida en el tiempo. La investigación individual está limitada por la vida, los recursos, los sesgos y la experiencia de una persona. Una comunidad permite distribuir observaciones, replicar resultados, criticar inferencias y continuar después de la muerte de sus miembros. El conocimiento se vuelve así transgeneracional. La comunidad no garantiza la verdad por votación, porque mil investigadores pueden estar equivocados. Su importancia radica en que permite una investigación indefinidamente prolongada en la que las afirmaciones quedan expuestas a correcciones procedentes de múltiples fuentes. Es una condición de la autocorrección sin ser una fuente infalible de verdad.

En varios textos Peirce vinculó la verdad con aquello hacia lo cual tendería una investigación suficientemente desarrollada (Hookway, 2000). Esta formulación se ha resumido a veces de manera demasiado simple como «verdadero es aquello en lo que todos terminarán creyendo». La tesis necesita más cuidado, porque no se refiere al consenso efectivo alcanzado por una comunidad histórica ni predice que la humanidad vaya a llegar a una opinión final sobre cada asunto. La idea es la de un horizonte regulativo. Si la investigación pudiera continuar en condiciones adecuadas y responder a la realidad, algunas opiniones deberían estabilizarse porque la resistencia del objeto restringe progresivamente las alternativas. La verdad no se crea mediante el consenso y el consenso ideal es una consecuencia esperada de una investigación exitosa acerca de una realidad independiente.

En muchas cuestiones no hay una comunidad infinita ni un tiempo ilimitado. La humanidad puede extinguirse antes de resolver un problema, un archivo puede perderse y ciertos acontecimientos históricos dejan una evidencia insuficiente. La concepción peirceana no obliga a sostener que toda pregunta tendrá una respuesta accesible, porque la noción de límite describe una orientación normativa. La práctica exige decidir con información finita y distinguir con cuidado entre la verdad, la mejor creencia actualmente justificada y el consenso actual, que pueden coincidir y no tienen por qué hacerlo.

Ciencia real, internet y autoridad experta

La ciencia contemporánea incluye mecanismos que encajan bien con la imagen peirceana, como replicación, revisión por pares, prerregistro, análisis estadístico, publicación de datos y crítica metodológica. Peirce no diseñó estos procedimientos en su forma contemporánea, pero su filosofía ayuda a comprender su valor, pues convierten creencias individuales en afirmaciones sometidas a controles públicos. La existencia formal de un procedimiento tampoco garantiza su funcionamiento. La revisión por pares puede fallar, una replicación puede estar mal diseñada y un consenso puede depender de datos sesgados. Una institución científica merece confianza en la medida en que conserva canales efectivos de corrección.

El entorno digital hace muy visible la competencia entre los cuatro métodos de Peirce. Una persona puede practicar la tenacidad mediante la selección algorítmica de contenidos congruentes, seguir la autoridad de líderes, instituciones o comunidades virtuales, preferir las teorías que le parecen intuitivamente razonables o buscar evidencia independiente y procedimientos de contraste. Los cuatro métodos pueden coexistir dentro de una misma plataforma y una misma persona. La tecnología no produce automáticamente un método de investigación y una enorme disponibilidad de información puede fortalecer tanto la corrección como la tenacidad.

La ciencia depende inevitablemente de la división del trabajo epistémico. Nadie puede verificar personalmente cada resultado de física, medicina, climatología y biología, por lo que se confía en los expertos. Cabría pensar que con ello se vuelve al método de autoridad. La diferencia está en la estructura de la autoridad, porque una autoridad científica es defeasible y sus afirmaciones deberían poder conectarse con evidencia, métodos y comunidades capaces de criticarlas. Confiar en un experto no equivale a afirmar que cualquier cosa que diga se vuelve verdadera, porque la confianza racional depende del dominio, la competencia, la independencia, la evidencia y los mecanismos de corrección disponibles.

Conceptos clínicos, diagnóstico y escritura científica

Supóngase que dos clínicos usan el término desorganización y que uno incluye en él cualquier respuesta extensa, mientras el otro reserva el concepto para alteraciones específicas en la relación entre ideas. La discrepancia parece terminológica, pero la máxima pragmática obliga a preguntar qué casos clasificaría cada uno, qué hallazgos contarían como evidencia, qué diagnósticos modificaría la categoría y qué decisiones podrían seguirse. Las diferencias de aplicación revelan diferencias conceptuales. Una definición clínica que no modifica ninguna clasificación, inferencia o decisión puede ser verbalmente sofisticada y operacionalmente vacía.

Una categoría diagnóstica puede convertirse en hábito interpretativo cuando el clínico, después de diagnosticar un trastorno, empieza a interpretar la información nueva bajo ese marco. El hábito puede mejorar la sensibilidad a ciertos patrones y producir ceguera frente a las alternativas. El falibilismo exige conservar mecanismos de reapertura. Un diagnóstico estable no debe revisarse arbitrariamente en cada consulta ni volverse inmune a la evidencia contradictoria. La buena práctica, de un modo muy peirceano, combina la estabilidad suficiente para actuar con la revisabilidad suficiente para corregirse.

En la escritura científica, una afirmación debería mostrar qué diferencia introduce. El constructo X mejora la validez decisional es difícil de evaluar mientras no se especifique qué decisiones cambian, mediante qué mecanismo y bajo qué observaciones. La máxima pragmática puede utilizarse como herramienta editorial. Ante un concepto nuevo conviene preguntar qué casos incluye y excluye, qué inferencias autoriza, qué predice, qué observación lo distinguiría de los conceptos vecinos y qué cambiaría si fuera verdadero. Si las respuestas no se distinguen de las que daría otro término, quizá se ha creado una diferencia verbal sin una diferencia conceptual suficiente.

Inteligencia artificial y fijación de creencias

Un sistema conversacional puede modificar las creencias de su usuario aunque no tenga autoridad formal. Su fluidez, su disponibilidad inmediata y su apariencia de seguridad pueden convertirlo en una fuente habitual. La repetición crea hábitos epistémicos. El problema no consiste únicamente en si cada respuesta es verdadera, porque importa qué método de fijación promueve la interacción. Un sistema que presenta afirmaciones sin fuentes puede favorecer una autoridad artificial y otro que adapta continuamente sus respuestas para coincidir con el usuario puede favorecer la tenacidad. Uno que muestra evidencia, incertidumbre y alternativas puede apoyar una dinámica más cercana a la investigación. El diseño conversacional tiene consecuencias epistemológicas.

Si un usuario expresa una hipótesis débil y el sistema, por complacencia, la confirma repetidamente, cada respuesta parece provenir de una segunda fuente, aunque en realidad se está adaptando a la premisa inicial. El intercambio puede generar así una ilusión de corroboración en la que la persona encuentra su creencia reflejada por un sistema que parece independiente. Funcionalmente se ha construido un circuito de tenacidad distribuida. La capacidad de un asistente para discrepar, pedir evidencia y mostrar alternativas no se limita a una propiedad estilística y puede ser un mecanismo de corrección.

Usada de otro modo, la misma tecnología puede fortalecer el método científico. Un sistema es capaz de generar hipótesis rivales, explicitar predicciones, detectar contradicciones, localizar literatura y resumir evidencia. El beneficio depende de que sus productos vuelvan a conectarse con fuentes independientes. La generación artificial de una explicación no es una nueva observación, como tampoco es una replicación el resumen generado por otro modelo. La arquitectura peirceana exige mantener la relación con el objeto y con procedimientos externos de control.

El investigador que cambia de opinión y las fórmulas que el pragmaticismo rechaza

Supóngase que un investigador defiende durante años una hipótesis hasta que aparecen varios estudios bien diseñados con resultados incompatibles. Tiene tres respuestas psicológicamente posibles, que son proteger su posición agregando excepciones, desacreditar cada estudio sin criterios simétricos y revisar la hipótesis. Solo la última preserva plenamente la capacidad autocorrectiva de la investigación cuando la evidencia adversa es suficiente. Cambiar de opinión no es un fracaso de la racionalidad y en una epistemología falibilista puede ser una de sus expresiones más fuertes.

Varias fórmulas frecuentes sobre el pragmaticismo deben rechazarse. La fórmula «Algo es verdad si funciona» olvida que la utilidad inmediata no define la verdad y «Todos tenemos nuestra propia verdad», que la realidad restringe las opiniones. Afirmar que «Una creencia solo significa sus conductas observables» ignora que las consecuencias incluyen disposiciones e inferencias posibles. Decir que «El consenso crea la verdad» desconoce que el consenso ideal es el horizonte de una investigación controlada por el objeto. Frente a «Como todo puede revisarse, nada se sabe», el falibilismo admite un conocimiento sólido sin infalibilidad. Tampoco es cierto que «Pragmaticismo significa escoger lo práctico», porque se trata de una teoría de clarificación conceptual integrada en una lógica de la investigación.

De la máxima a una filosofía completa

La máxima pragmática parece una regla pequeña, la de examinar las consecuencias concebibles de una idea para entenderla. Dentro del sistema de Peirce adquiere un alcance mucho mayor. Los signos producen interpretantes, los interpretantes modifican hábitos y los hábitos generan expectativas que la experiencia puede frustrar, con lo que surge la duda (Short, 2007). La abducción genera entonces hipótesis, la deducción desarrolla sus consecuencias y la inducción las contrasta, hasta que la investigación modifica las creencias y crea hábitos nuevos. El pragmaticismo describe la articulación conceptual de ese ciclo.

La filosofía de Peirce no toma como punto de partida una mente aislada que contempla representaciones privadas y parte de organismos y comunidades que interpretan signos, actúan, cometen errores y corrigen sus hábitos en interacción con un mundo que no depende de sus preferencias. El bloque peirceano queda así conceptualmente completo. La lectura Alcances, límites y malentendidos del Peirce contemporáneo examina qué aspectos de esta arquitectura conservan hoy mayor fuerza, cuáles dependen de compromisos metafísicos discutibles y qué distorsiones aparecen cuando Peirce se reduce a una clasificación de iconos, índices y símbolos, a una teoría de la utilidad o a una defensa de la interpretación infinita.

Referencias

Hookway, C. (2000). Truth, rationality, and pragmatism: Themes from Peirce. Oxford University Press.

Hookway, C. (2012). The pragmatic maxim: Essays on Peirce and pragmatism. Oxford University Press.

Misak, C. (2013). The American pragmatists. Oxford University Press.

Peirce, C. S. (1877). The fixation of belief. Popular Science Monthly, 12, 1-15.

Peirce, C. S. (1878). How to make our ideas clear. Popular Science Monthly, 12, 286-302.

Peirce, C. S. (1905a). What pragmatism is. The Monist, 15(2), 161-181.

Peirce, C. S. (1905b). Issues of pragmaticism. The Monist, 15(4), 481-499.

Peirce, C. S. (1931-1958). Collected papers of Charles Sanders Peirce (C. Hartshorne, P. Weiss y A. W. Burks, Eds.; Vols. 1-8). Harvard University Press.

Peirce, C. S. (1992). The essential Peirce: Selected philosophical writings. Volume 1, 1867-1893 (N. Houser y C. Kloesel, Eds.). Indiana University Press.

Peirce, C. S. (1998). The essential Peirce: Selected philosophical writings. Volume 2, 1893-1913 (Peirce Edition Project, Ed.). Indiana University Press.

Short, T. L. (2007). Peirce's theory of signs. Cambridge University Press.

REFERENCIA DE LA EDICIÓN WEB

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Pragmaticismo, investigación y fijación de la creencia. (2026). Lingüística y Semiótica. https://linguisticaysemiotica.org/temas/pragmaticismo-investigacion-y-fijacion-de-la-creencia

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