Semiótica y multimodalidad

Ideología, poder y producción social de significado

Para orientarte: Fuentes, problemas y objeto de estudio, Icono, índice y símbolo, Las tricotomías peirceanas como sistema.

Ver secciones del texto
  1. Apariencia, práctica y hegemonía de Marx a Gramsci
  2. El signo como terreno de disputa
  3. Instituciones, sujetos y autoridad
  4. Discurso, saber y formación de objetos en Foucault
  5. Ideologías lingüísticas
  6. Agencia, presuposición y marcos de interpretación
  7. Categorías expertas y poder documental
  8. Un caso de renovación, desplazamiento y gentrificación
  9. El límite de la inferencia
  10. Referencias

DESARROLLO COMPLETO · BIBLIOGRAFÍA INCLUIDA

En la entrada de un edificio hay un letrero que dice Acceso exclusivo para personal autorizado. A primera vista, la frase parece limitarse a regular el paso, aunque su funcionamiento depende de una organización social previa. Tiene que existir una categoría reconocible de personal, una instancia capaz de autorizar, una diferencia efectiva entre quienes pueden entrar y quienes deben quedarse fuera. El texto no produce por sí mismo esa estructura, pero la presupone y la vuelve operativa cada vez que alguien interpreta la puerta de acuerdo con esas categorías.

Ese ejemplo basta para introducir el problema. Los signos sirven para describir el mundo, pero también ordenan prácticas. Nombran personas, fijan distinciones, hacen visibles ciertas causas y dejan otras en segundo plano. Una palabra, una fotografía, un formulario o una categoría administrativa pueden intervenir en decisiones que distribuyen autoridad y derechos. El poder semiótico aparece precisamente allí, en la capacidad de imponer o estabilizar maneras de clasificar una situación.

Ideología es uno de los términos más cargados de la teoría social. A veces designa un sistema explícito de ideas políticas. En otras tradiciones se refiere a formas más difusas de representación que vuelven razonable un orden social, legitiman ciertas jerarquías o convierten una práctica histórica en algo que parece natural. También existe una concepción más estrecha que identifica ideología con error o distorsión. Ninguna de estas acepciones agota por sí sola el problema.

Para el análisis semiótico es más útil una definición operacional. Puede llamarse ideológica a una organización relativamente estable de categorías y valoraciones que hace inteligible el mundo social desde una posición determinada y que participa en la reproducción o impugnación de relaciones de poder. La definición evita dos extremos. No obliga a tratar toda diferencia discursiva como propaganda y tampoco reduce la ideología a una colección de mentiras conscientes.

Apariencia, práctica y hegemonía de Marx a Gramsci

La historia moderna del concepto está ligada a Marx y Engels. En La ideología alemana, escrita entre 1845 y 1846, criticaron las filosofías que trataban las ideas como fuerzas autónomas y sostuvieron que las formas de conciencia dependen de las condiciones materiales de la vida social (Marx y Engels, 1970). La imagen de la cámara oscura, donde las relaciones aparecen invertidas, se volvió célebre porque condensaba el problema de una representación que oculta las condiciones que la producen.

En El capital la cuestión se vuelve más interesante. El fetichismo de la mercancía no es una falsedad añadida desde fuera a una realidad transparente. Las relaciones entre personas aparecen bajo la forma de relaciones entre cosas porque el intercambio mercantil está organizado de ese modo. La apariencia tiene una base práctica. Esto importa para la semiótica porque una representación puede ser socialmente eficaz aunque nadie haya decidido fabricarla como engaño.

El mismo mecanismo explica por qué la verdad factual no basta para decidir si una formulación tiene una función ideológica. La empresa aumentó su productividad puede ser una afirmación correcta. Aun así, puede participar en un marco que vuelve invisibles la distribución del beneficio, las nuevas exigencias laborales o el costo que asumieron otros actores. En cambio, una fecha equivocada en un informe puede ser simplemente un error. El problema ideológico aparece cuando una forma de representar organiza de manera sistemática la causalidad, la responsabilidad y la legitimidad.

Gramsci desplazó el foco hacia la hegemonía. Un orden estable rara vez se sostiene solo por coerción y necesita producir consentimiento suficiente para que muchas de sus categorías parezcan razonables incluso a quienes ocupan posiciones muy distintas dentro de él (Gramsci, 1971). Escuelas, iglesias, medios, asociaciones y prácticas culturales participan en esa elaboración de sentido común.

El sentido común gramsciano es una mezcla de máximas, hábitos, creencias heredadas y evaluaciones que circulan sin requerir una teoría explícita ni formar una doctrina coherente. Su fuerza aparece cuando una descripción deja de sentirse como una posición entre otras y pasa a ser la manera obvia de nombrar las cosas.

La naturalización merece atención porque suele ser más difícil de detectar que una afirmación polémica. Un orden puede presentarse como consecuencia inevitable de la economía, de la tradición o de una supuesta naturaleza humana. En esos casos la disputa política cambia de estatuto y una decisión discutible aparece como dato. El análisis necesita recuperar las alternativas históricas que la formulación ha borrado. Sin esa reconstrucción, llamar ideológica a una expresión por su tono es demasiado fácil.

También hay que evitar una lectura donde toda ideología sea perfectamente funcional para un grupo dominante. Los discursos contienen residuos, contradicciones y vocabularios heredados de épocas distintas. Una institución puede reproducir una categoría que ya no encaja bien con sus prácticas. Un movimiento social puede apropiarse de un término originalmente peyorativo y cambiar su valor. La estabilidad ideológica es siempre relativa.

Por eso las luchas sociales incluyen disputas por el vocabulario. Una conducta que durante años se describió como disciplina familiar puede pasar a clasificarse como violencia intrafamiliar. El cambio lexical adquiere importancia cuando se incorpora a protocolos, estadísticas, normas y decisiones. La palabra nueva no transforma mágicamente la realidad, pero cambia las conexiones que pueden establecerse entre experiencias dispersas y un marco institucional de interpretación.

El signo como terreno de disputa

Valentín Volóshinov formuló una versión radical del vínculo entre signo y vida social, según la cual donde hay signo, hay ideología (Volóshinov, 1973). La frase se entiende mal cuando ideología se lee únicamente como propaganda política. Su idea era que los signos circulan entre hablantes situados, arrastran valoraciones y viven dentro de disputas por su uso.

Orden, reforma o seguridad ilustran bien el problema. Ninguna tiene una ideología fija. Orden puede remitir a estabilidad institucional o a imposición. Reforma puede presentarse como modernización, pérdida de derechos o corrección de una estructura ineficiente. Seguridad cambia de campo según se hable de delitos, trabajo, ingresos o abuso estatal. El valor político de cada término emerge de los contrastes en los que participa y de la historia discursiva que lo acompaña.

Stuart Hall desarrolló un argumento compatible desde los estudios culturales. La representación participa en la producción de los marcos mediante los cuales una realidad se vuelve inteligible (Hall, 1997). El lenguaje no inventa libremente los hechos, pero un hecho social llega al discurso bajo alguna descripción y esa descripción organiza diferencias que importan.

Hall trabajó además con la noción de articulación. Elementos que no están unidos por necesidad pueden asociarse históricamente hasta formar una configuración estable. Una identidad, una práctica económica y un valor moral pueden aparecer juntos durante cierto período sin que esa relación sea eterna. La articulación permite pensar la ideología sin suponer un sistema perfectamente cerrado.

Su modelo de codificación y decodificación añade otra corrección importante. Los productores proponen una lectura, pero las audiencias pueden negociarla o rechazarla (Hall, 1980). El análisis de una pieza mediática identifica recursos y posiciones de lectura probables, aunque la recepción efectiva requiere evidencia sobre los públicos. Confundir significado potencial con efecto demostrado es uno de los errores más frecuentes del análisis ideológico.

El carácter conflictivo del signo se observa con especial claridad en palabras reclamadas por grupos rivales. Libertad, por ejemplo, puede organizarse alrededor de la no interferencia del Estado, de la capacidad material para actuar o de la emancipación frente a relaciones de dominación. Cada uso retoma una historia previa y busca fijar qué contraste debe considerarse relevante. El desacuerdo político puede ser parcialmente semántico sin reducirse a una pelea por definiciones.

Hall insistió en que las representaciones circulan dentro de instituciones y tecnologías concretas. Un noticiero, una campaña publicitaria y una conversación familiar no tienen las mismas posiciones de enunciación ni alcanzan audiencias comparables. La producción de significado tiene una dimensión material. Importa quién dispone de una imprenta, una señal televisiva, una plataforma o un archivo. Esa diferencia de acceso no determina la interpretación final, pero sí modifica qué representaciones pueden repetirse con mayor alcance.

Instituciones, sujetos y autoridad

Althusser llevó el problema hacia las instituciones y los modos de reconocimiento. Su concepto de interpelación describe cómo determinadas prácticas llaman a los individuos a ocupar posiciones de sujeto (Althusser, 1971). El ejemplo clásico es el policía que grita ¡Eh, usted! y obtiene como respuesta que alguien se vuelva. La escena es mínima, pero concentra una relación de autoridad y reconocimiento.

Los formularios cotidianos muestran una versión menos dramática. Un documento que obliga a elegir entre categorías predefinidas registra información y además decide qué diferencias son administrativamente visibles. Esa clasificación puede afectar beneficios, estadísticas o derechos aun cuando nadie haya diseñado el formulario con una intención doctrinaria.

La teoría de Althusser fue criticada por su tendencia al determinismo. Si toda subjetividad aparece como efecto de aparatos ideológicos, queda poco espacio para explicar resistencia, reinterpretación o cambio. Su utilidad aumenta cuando se aplica a procedimientos concretos y no como explicación total de la vida social.

Bourdieu abordó otra dimensión del problema al preguntarse por qué algunas personas pueden imponer clasificaciones con más eficacia que otras. El poder simbólico depende de una autoridad reconocida y de un campo donde ciertos hablantes poseen capital suficiente para hacer valer sus palabras (Bourdieu, 1991). La misma frase cambia de fuerza según quién la pronuncie y desde qué institución.

Un diagnóstico médico, una sentencia judicial o una certificación no son simples descripciones. Se insertan en procedimientos capaces de producir consecuencias. El lenguaje institucional puede modificar la posición de una persona porque existe una organización que reconoce a ciertos agentes el derecho a clasificar. La autoridad no reside exclusivamente en el individuo. Un profesional actúa dentro de credenciales, protocolos, archivos y normas. Esa red institucional explica por qué una declaración adquiere efectos que la misma oración no tendría en una conversación casual.

Bourdieu llamó mercado lingüístico al espacio donde las formas de hablar reciben valores distintos según la situación. La pronunciación, el registro y el vocabulario que producen prestigio en una entrevista laboral pueden sonar afectados o ridículos entre amigos. El valor de una forma no reside enteramente en ella. Depende de quién la usa, frente a quién y en qué campo. La competencia lingüística incluye una competencia para anticipar qué variedades serán reconocidas como legítimas.

Ese mecanismo ayuda a entender la autocorrección social. Un hablante puede evitar su variedad local en una institución sin que nadie se lo ordene en ese momento. Ha aprendido qué formas reciben sanción y cuáles otorgan credibilidad. El poder simbólico puede actuar mediante anticipaciones incorporadas, además de prohibiciones explícitas.

Discurso, saber y formación de objetos en Foucault

Foucault propuso estudiar el discurso sin reducirlo a un conjunto de opiniones. En La arqueología del saber se interesó por las condiciones que hacen posible que ciertos objetos aparezcan como objetos legítimos de conocimiento (Foucault, 1972). Una categoría no existe en el discurso por el solo hecho de que una palabra la nombre. Surge dentro de prácticas que establecen quién puede hablar, con qué instrumentos, a partir de qué datos y bajo qué reglas de formación.

Su análisis de la medicina, la prisión y la sexualidad llevó esa intuición hacia el vínculo entre saber y poder. El poder prohíbe, pero también produce clasificaciones, procedimientos de examen, registros y normas de conducta (Foucault, 1977, 1980). La vigilancia o la evaluación son eficaces porque hacen observables aspectos de las personas que luego pueden compararse.

Esta perspectiva es especialmente útil para estudiar documentos. Una historia clínica, un expediente judicial o una base administrativa transforman eventos continuos en campos discretos. El registro permite ordenar, comparar y decidir. También pierde información. Una categoría puede ser necesaria para actuar y, al mismo tiempo, alterar aquello que vuelve visible.

El argumento requiere disciplina. Que una categoría tenga una historia no demuestra que su referente sea ficticio. Que un procedimiento ejerza poder tampoco lo vuelve automáticamente ilegítimo. La pregunta foucaultiana se refiere a cómo se constituyó un campo de objetos y qué prácticas lo sostienen. La evaluación empírica de esos objetos exige otras herramientas.

El vocabulario foucaultiano de normalización es útil cuando una práctica compara individuos con una distribución o con un estándar. La escuela puntúa, el hospital clasifica, la prisión registra conductas y la burocracia transforma historias en expedientes. Las medidas pueden cumplir funciones necesarias y aun así crear nuevas maneras de verse a uno mismo. Una puntuación, un diagnóstico o una categoría administrativa pueden entrar después en la biografía de quien fue clasificado.

La idea no obliga a sospechar de toda medición, pero sí a mirar el circuito completo, es decir, cómo se produce el dato, qué umbral lo convierte en categoría, quién tiene acceso al registro y qué decisión se deriva de él. La semiótica social (Hodge y Kress, 1988) se vuelve más precisa cuando sigue esa cadena sin atribuir al término abstracto poder una capacidad explicativa ilimitada.

Ideologías lingüísticas

Las ideologías lingüísticas son concepciones socialmente compartidas acerca de las lenguas, las variedades y sus hablantes (Woolard y Schieffelin, 1994). Expresiones como hablar bien, tener acento, usar un español correcto o sonar poco educado condensan juicios que mezclan propiedades lingüísticas con valoraciones sociales.

Una variedad de prestigio no es estructuralmente más compleja ni más lógica que una variedad estigmatizada. Su prestigio depende de la historia de quienes la usan, de instituciones educativas y de medios que la convierten en modelo. Cuando una forma recibe el rótulo de incorrecta, la sanción puede recaer sobre una regla efectivamente ajena al estándar escrito. El paso adicional consiste en convertir esa desviación en una conclusión sobre inteligencia, educación o confiabilidad del hablante.

Irvine y Gal (2000) describieron tres procesos útiles para este análisis. La iconización transforma una diferencia lingüística en señal aparente de la esencia de un grupo. La recursividad fractal proyecta una oposición social sobre otras escalas. El borramiento hace invisibles los casos que contradicen la clasificación dominante. Estos procesos ayudan a explicar cómo una diferencia de habla puede adquirir un significado social mucho mayor que su función gramatical.

La estandarización también tiene beneficios claros. Facilita la enseñanza, la administración y la comunicación escrita entre comunidades amplias. El problema comienza cuando la utilidad de una norma se convierte en una jerarquía natural entre hablantes.

La marcación social puede ser asimétrica. El hablante que usa la variedad prestigiosa suele ser percibido como alguien que simplemente habla normal; el acento se atribuye al otro. Del mismo modo, una categoría mayoritaria puede aparecer sin etiqueta mientras las minoritarias necesitan especificación. Esa asimetría es una pista empírica de qué rasgos se toman como norma tácita.

Las ideologías lingüísticas afectan además la evaluación de competencias. Un acento regional puede reducir la credibilidad atribuida a una respuesta aunque el contenido sea idéntico. En educación, las diferencias dialectales pueden confundirse con errores de razonamiento. El análisis necesita distinguir entre el dominio de la variedad estándar y la capacidad lingüística general.

Agencia, presuposición y marcos de interpretación

Las elecciones gramaticales distribuyen atención. La policía detuvo a veinte manifestantes nombra un agente. Veinte manifestantes fueron detenidos mantiene el hecho principal y omite al agente. En un contexto concreto, esa diferencia puede obedecer a la estructura informativa. Si se repite sistemáticamente según quién realiza la acción, adquiere otro interés.

La nominalización produce un efecto parecido. La reducción de personal fue necesaria transforma una serie de decisiones en una entidad abstracta. La frase puede ser perfectamente adecuada. Lo que cambia es el acceso a la agencia. Ya no se dice quién decidió, quién ejecutó la decisión ni qué alternativas existían.

Fowler, Hodge, Kress y Trew (1979) llevaron esta pregunta al análisis lingüístico sistemático. Mostraron que elecciones aparentemente pequeñas, como la transitividad, la pasiva o la nominalización, cambian la manera en que un texto distribuye participantes y procesos. La utilidad de este enfoque está en comparar opciones disponibles dentro de una misma lengua. Si dos periódicos describen el mismo episodio con estructuras distintas, la diferencia deja de ser una impresión estilística y puede examinarse de forma concreta.

Van Leeuwen (2008) desarrolló después un inventario más fino para estudiar la representación de actores sociales. Un actor puede aparecer nombrado, clasificado por función, agregado a una cifra o eliminado de la frase. Tres funcionarios autorizaron el pago y se autorizó el pago comparten parte del contenido, pero abren rutas distintas para atribuir responsabilidad. La descripción de estas transformaciones es lingüística. La conclusión sobre poder requiere todavía comparar quién aparece y quién desaparece a lo largo de una muestra suficiente.

Las presuposiciones trabajan de otra manera. ¿Cuándo dejó de desperdiciar recursos el ministerio? introduce como trasfondo que los desperdiciaba. Quien responde puede aceptar esa premisa sin discutirla. Las preguntas, los titulares y los formularios pueden así organizar el campo de lo discutible antes de que aparezca una aserción explícita.

La modalidad distribuye autoridad epistémica. Los datos demuestran, los resultados sugieren y es posible que expresan compromisos distintos. En el discurso público, presentar una hipótesis como certeza o una decisión política como necesidad técnica altera la fuerza de la propuesta. El análisis debe atender a quién habla y en qué evidencia apoya su conclusión.

Las metáforas también orientan inferencias. Describir una epidemia como guerra vuelve salientes enemigos, frentes, sacrificios y victorias. Hablar de ola enfatiza propagación y temporalidad. Lakoff y Johnson (1980) mostraron que muchas metáforas organizan familias enteras de expresiones. Su efecto político depende de cómo se estabilizan dentro de un contexto y no de la presencia aislada de una palabra figurada.

El concepto de framing de Entman (1993) integra varios de estos mecanismos. Un encuadre selecciona ciertos aspectos de una situación y les da prominencia para definir un problema, proponer causas o orientar una evaluación. Una manifestación masiva puede narrarse desde el tamaño de la convocatoria o desde una vitrina rota. Las dos imágenes pueden ser auténticas, pero cambia la proporción del acontecimiento que ocupa el primer plano.

El encuadre también opera por omisión, aunque una omisión aislada es difícil de interpretar. Todo texto excluye información. El dato se vuelve significativo cuando la exclusión sigue una regularidad, por ejemplo cuando las pérdidas económicas reciben siempre agente y las decisiones que las produjeron aparecen como procesos impersonales. Allí la comparación entre casos pesa más que la intuición sobre una frase.

La secuencia importa tanto como la elección lexical. Un reportaje puede abrir con una acusación, dedicar varios minutos a imágenes del daño y presentar la respuesta del acusado al final. Aunque incluya formalmente las dos versiones, la organización temporal condiciona qué marco recibe primero la atención del público. El análisis ideológico necesita estudiar orden y jerarquía, más allá de las palabras sueltas.

Categorías expertas y poder documental

Las categorías institucionales merecen un análisis propio porque producen consecuencias. Una compañía de seguros decide qué códigos reconoce, un hospital define prioridades y una universidad establece qué cuenta como plagio. Estas clasificaciones pueden estar bien justificadas y seguir siendo formas de poder, precisamente porque permiten actuar sobre personas y casos.

La ciencia tampoco habla desde un espacio ajeno a toda historia social. Sus métodos buscan controlar sesgos mediante evidencia, crítica y replicación, sin que eso vuelva neutrales todas las categorías con las que trabaja. Normal puede referirse a una distribución estadística, a un intervalo de referencia o a una evaluación cotidiana. Cuando esos sentidos se mezclan, una descripción numérica puede transformarse inadvertidamente en juicio normativo.

En la clínica hay ejemplos especialmente delicados. Paciente manipulador, poco colaborador o buscador de atención resumen conductas y, al mismo tiempo, orientan la lectura de lo que ocurra después. Una etiqueta documental circula entre profesionales y puede modificar la credibilidad que se atribuye al paciente. Una redacción más trazable conserva la secuencia observable. Solicita reiteradamente modificar la indicación y eleva el tono cuando se mantiene el límite permite que el lector sepa qué ocurrió antes de aceptar una interpretación. Las categorías clínicas siguen siendo necesarias, pero hay que ajustar su fuerza a los datos y distinguir la observación de la inferencia.

La historia de la psiquiatría obliga además a reconocer que algunas categorías han interactuado con normas culturales. De ello no se deriva que los trastornos sean meras invenciones discursivas. El sufrimiento, la discapacidad y ciertas regularidades clínicas imponen restricciones reales a cualquier clasificación. La tarea crítica consiste en estudiar cómo se trazan los límites y qué consecuencias tienen, sin borrar el fenómeno que motivó la categoría.

Un caso de renovación, desplazamiento y gentrificación

Supóngase que un municipio anuncia un proyecto de renovación urbana. El comunicado promete recuperar espacios degradados, atraer inversión y mejorar la seguridad. Los residentes que se oponen hablan de desplazamiento, desalojo y gentrificación.

Cada vocabulario selecciona relaciones distintas. Renovación presupone una dirección de mejora y recuperar sugiere que algo legítimo se había perdido. Espacios degradados concentra la evaluación en el lugar y puede reducir la presencia de quienes viven allí. Desplazamiento devuelve la atención a las personas que deberán mudarse. Desalojo nombra una acción institucional y gentrificación conecta el episodio con un proceso socioeconómico más amplio.

Ninguna palabra resuelve el caso. La evaluación necesita datos sobre precios, propietarios, compensaciones, inversión, seguridad y expulsiones. La semiótica muestra qué preguntas vuelve más accesibles cada marco y los datos permiten decidir qué descripción tiene mejor respaldo.

Este tipo de caso también muestra cómo debe trabajar el análisis crítico del discurso. Fairclough (1989, 1992), van Dijk (1998) y los enfoques reunidos por Wodak y Meyer (2009) estudian la relación entre lenguaje, desigualdad y poder, pero una lectura crítica necesita comparación. Una frase aislada rara vez basta. Conviene examinar corpus, contrastar instituciones, identificar regularidades y comprobar si el patrón cambia con el actor o la situación.

El análisis gana fuerza cuando admite resultados que podrían contradecirlo. Si toda forma pasiva se interpreta como ocultamiento, toda nominalización como ideología y toda discrepancia como confirmación de una estructura invisible, la hipótesis deja de correr riesgo empírico. Una teoría crítica necesita exactamente lo contrario. Debe especificar qué evidencia la apoyaría y qué hallazgos la debilitarían.

La comparación temporal agrega otra prueba. Si una institución cambia su vocabulario después de una reforma legal o de una controversia pública, puede observarse cómo se reorganiza el marco. Términos que antes aparecían sin explicación empiezan a recibir definiciones y otros desaparecen. La variación histórica convierte el discurso en un objeto observable y evita tratar las categorías presentes como si hubieran existido siempre.

También conviene comparar géneros. Una misma institución puede hablar de un problema de manera distinta en un reglamento, una campaña pública y un documento interno. Las diferencias no son necesariamente inconsistencias. Cada género tiene tareas propias. Precisamente por eso el análisis debe distinguir lo que proviene del género de lo que pertenece a una política sostenida de representación.

El límite de la inferencia

Un signo restringe interpretaciones, pero rara vez revela por sí solo la psicología completa de quien lo produjo. Una metáfora no demuestra una ideología coherente, una fotografía recortada no prueba manipulación deliberada y una categoría administrativa no demuestra opresión. La intención requiere evidencia adicional.

La misma cautela vale para el relativismo. Que una descripción esté situada no vuelve equivalentes todas las descripciones. Una imagen puede estar manipulada, una estadística puede ser incorrecta y una afirmación puede carecer de evidencia. El análisis social del significado se suma a la evaluación factual sin reemplazarla.

Hay además una diferencia entre la ideología como objeto de análisis y la posición política del analista. Un estudio puede mostrar que cierto vocabulario favorece una atribución de responsabilidad sin decidir todavía si esa atribución es justa. Mantener separadas ambas preguntas mejora la crítica. Primero se reconstruye el funcionamiento del discurso y después se discute su relación con la evidencia y con los valores en juego.

Estas preguntas pueden extenderse a un dominio donde la selección y la perspectiva son literalmente visibles. Fotografías, mapas y diagramas organizan el mundo mediante encuadres que no funcionan igual que una oración. La lectura Fundamentos de semiótica visual introduce los fundamentos de la semiótica visual.

Referencias

Althusser, L. (1971). Ideology and ideological state apparatuses. En Lenin and philosophy and other essays (pp. 127–186). Monthly Review Press.

Bourdieu, P. (1991). Language and symbolic power. Harvard University Press.

Entman, R. M. (1993). Framing: Toward clarification of a fractured paradigm. Journal of Communication, 43(4), 51–58.

Fairclough, N. (1989). Language and power. Longman.

Fairclough, N. (1992). Discourse and social change. Polity Press.

Foucault, M. (1972). The archaeology of knowledge. Pantheon Books.

Foucault, M. (1977). Discipline and punish: The birth of the prison. Pantheon Books.

Foucault, M. (1980). Power/knowledge: Selected interviews and other writings, 1972–1977. Pantheon Books.

Fowler, R., Hodge, B., Kress, G., y Trew, T. (1979). Language and control. Routledge & Kegan Paul.

Gramsci, A. (1971). Selections from the prison notebooks. International Publishers.

Hall, S. (1980). Encoding/decoding. En S. Hall, D. Hobson, A. Lowe y P. Willis (Eds.), Culture, media, language (pp. 128–138). Hutchinson.

Hall, S. (Ed.). (1997). Representation: Cultural representations and signifying practices. Sage.

Hodge, R., y Kress, G. (1988). Social semiotics. Polity Press.

Irvine, J. T., y Gal, S. (2000). Language ideology and linguistic differentiation. En P. V. Kroskrity (Ed.), Regimes of language: Ideologies, polities, and identities (pp. 35–84). School of American Research Press.

Lakoff, G., y Johnson, M. (1980). Metaphors we live by. University of Chicago Press.

Marx, K., y Engels, F. (1970). The German ideology (C. J. Arthur, Ed.). International Publishers. (Trabajo original escrito 1845–1846)

van Dijk, T. A. (1998). Ideology: A multidisciplinary approach. Sage.

van Leeuwen, T. (2008). Discourse and practice: New tools for critical discourse analysis. Oxford University Press.

Volóshinov, V. N. (1973). Marxism and the philosophy of language. Seminar Press. (Trabajo original publicado en 1929)

Wodak, R., y Meyer, M. (Eds.). (2009). Methods of critical discourse analysis (2.ª ed.). Sage.

Woolard, K. A., y Schieffelin, B. B. (1994). Language ideology. Annual Review of Anthropology, 23, 55–82.

REFERENCIA DE LA EDICIÓN WEB

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Ideología, poder y producción social de significado. (2026). Lingüística y Semiótica. https://linguisticaysemiotica.org/temas/ideologia-poder-y-produccion-social-de-significado

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